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dijous 31 d'octubre de 2013
Comercio Internacional.
La crisis como excusa para aumentar la huella ecológica y favorecer a las grandes empresas.
Luis González Reyes
per  Ecologistas en Acción

Luis de Guindos: "Hace 5 años, España se basaba en el ladrillo, ahora en las exportaciones de bienes y servicios". En septiembre de 2012, el Ministro de Economía y Competitividad nos anunciaba “la luz al final del túnel de la crisis”. Poco antes, el Secretario de Estado de Comercio, Jaime Lagaz, sacaba pecho: “España es la única de las grandes economías de la zona euro que registra crecimiento en exportaciones”.

El reajuste de la balanza comercial española está siendo celebrada con gran entusiasmo por el gobierno, ávido de demostrarnos que sus medidas nos están sacando de la crisis. Pero si analizamos bien las causas y consecuencias de ese reajuste dudamos que haya mucho que festejar.

En primer lugar, los años de burbuja inmobiliaria provocaron un déficit de balanza comercial muy grande (casi 10 mil millones de € a principios de 2008), fruto de una economía basada mucho más en la especulación que en la base productiva, lo que obligaba a importar mucho. Este desequilibrio aumentó con el exceso de liquidez de aquellos años. Era obvio que la crisis obligaba a disminuir esa desmesura, afectando especialmente las importaciones, con lo que la crisis la balanza se tenía que equilibrar. Dado que las exportaciones no estaban tan ligadas al sector especulativo, su caída en el momento de la crisis no fue tan fuerte como la de las importaciones y posteriormente han crecido a mayor ritmo. Este “milagro” se debe, en parte, a la precarización de los puestos de trabajo para hacernos más competitivos y a la búsqueda de mercados extranjeros para suplir la baja demanda interna.

En términos ecológicos, una economía basada en el comercio internacional supone una mayor movilización de materiales y energía, algo bastante cuestionable ante problemas como el cambio climático, o el agotamiento de los recursos naturales, ya que hay una relación directa entre la huella ecológica y el comercio internacional. De hecho, el balance físico (en toneladas métricas) de comercio de la economía española sigue siendo deficitario e importamos mucho más material del que exportamos. La caída de las importaciones en términos físicos no ha sido tan grande pues el Estado español sigue requiriendo grandes cantidades de materias primas, lo que causa una deuda ecológica con los países del Sur. El auge de las exportaciones viene a mover más material, pero no a disminuir la deuda ecológica.

En términos sociales, el comercio internacional suele destruir el pequeño comercio local, en favor de las grandes empresas y las multinacionales, concentrando aún más el enorme poder que ya ejercen. No en vano, mientras los recortes afectan a varios sectores de la economía española el sector de la exportación sigue recibiendo ayudas públicas (a través de COFIDES y los fondos FIEX, y FONPYME, el ICEX, etc.) y todo el apoyo político que requiere.

Más allá de si merece la pena degradar las condiciones sociales, laborales y ambientales para reactivar la economía española (en las repúblicas bananeras, las exportaciones de bananos también eran un importante motor económico), la economía de la exportación, al igual que la economía del ladrillo (y toda economía basada en un pilar) no está exenta de riesgos. El comercio internacional está sujeto a múltiples vaivenes, los equilibrios de la competencia mundial son delicados y apostarlo todo a esa carta puede explotar también, al igual que cualquier burbuja especulativa.

Con todo ello, ¿cabe alegrarnos de este auge de las exportaciones? No sabemos si lo que ve De Guindos es la luz al final del túnel o el tren del libre comercio que nos viene de frente.



 
7 de juny
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concepció&disseny: miquel garcia "esranxer@yahoo.es"