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divendres 14 d'abril de 2017
ESTRATEGIAS PARA TIEMPOS DE COLAPSO CIVILIZATORIO
Rutas y retos para la transición en la era del colapso energético
Luis González Reyes*
per  Ecologistas en Acción

La revista Viento Sur publica en su Sección PLURAL un especial dedicado a: “Rutas y retos para la transición en la era del colapso energético”.

Vivimos las primeras etapas de un cambio civilizatorio de grandes proporciones. Dos de sus características básicas son una reducción de la energía y de los materiales disponibles. Esto va a suponer una mayor simplificación social (menos personas, interconexiones y especialización social). En este proceso, viviremos la quiebra del capitalismo global, un alza de los conflictos por el control de los recursos, una fuerte reconfiguración del Estado con una merma de su capacidad de acción, una pérdida sustancial de información, un descenso demográfico o una “re-ruralización” social (un éxodo al campo y una apuesta fuerte por la producción alimentaria dentro de las ciudades). Este colapso es inevitable, pero no voy a justificarlo (1), sino que parto de él para abordar algunas reflexiones estratégicas.

Que el colapso de la civilización industrial sea inevitable no significa que el futuro esté escrito. Dentro del campo de posibilidades físicas que tengamos (determinado por la materia y la energía disponibles) la velocidad, profundidad y cómo se reconfigurarán los ecosistemas y las sociedades humanas dependerá en gran medida de lo que hagamos aquí y ahora. Es más, el colapso brindará oportunidades inéditas para la articulación de sociedades más justas, solidarias e, inevitablemente, sostenibles. Estas oportunidades serán más cuanta menor degradación social y ambiental se produzca. Es decir, que “cuanto peor, peor”.

En un mundo en fuerte reconfiguración, nuestra capacidad como movimientos sociales de influir en ese cambio será probablemente mayor que la que hemos tenido en muchas décadas. Esto no quiere decir que tengamos tiempo para una transición ordenada, pues esta es una oportunidad que pasó allá por los años setenta. El escenario puede ser como un descenso por aguas bravas, en el que no se puede controlar la dirección de la marcha (el colapso de la civilización industrial) y donde la opción es construir barcas y evitar que se estrellen. Estas barcas serán alternativas, nuevas instituciones. En este escenario tremendamente fluido e incontrolable, las políticas a implantar encajarán más en la lógica de poner nuevas reglas de relación social y económica, que en un intento de planificación real, que no va a ser posible.

Estado de emergencia

Tenemos que poner en marcha medidas de “estado de emergencia”. Esto es aplicable a las instituciones, al conjunto del cuerpo social y, por supuesto, a los movimientos sociales. Este “estado de emergencia” debería dar la vuelta a las prioridades sociales mayoritarias desde la Revolución industrial. No es el momento de poner delante las luchas por mejorar la calidad de vida de los seres humanos frente a la conservación de ecosistemas equilibrados. Es el tiempo de colocar en el centro los temas ambientales, pues de ellos depende la supervivencia de la mayoría de la población. De este modo, hay cuatro desafíos que deberían ser centrales:

- Transición energética hacia un modelo basado en las renovables. Este modelo podrá ser en una primera (y breve) fase de renovables basadas en altas tecnologías (como las actuales), pero a medio plazo tendrá que evolucionar hacia renovables más sencillas. Esto implicará sociedades en las que el consumo será mucho menor y más dependiente de los flujos naturales (2).

- Pasar de una economía de la extracción a una economía de la producción. Es decir, de una economía basada en la extracción de materiales no renovables del subsuelo, a otra en la que, gracias a su integración con el resto de los ecosistemas, se puedan cerrar los ciclos. Esto significa que el metabolismo tendrá que evolucionar de industrial a agrario. También que habrá que dedicar muchos esfuerzos a este cierre de ciclos (3).

- Evitar que se activen los bucles de realimentación positivos del cambio climático. Es decir, conseguir que no se pongan en marcha los procesos por los cuales el clima evolucionaría hacia un nuevo equilibrio 4-6 ºC superior al actual, independientemente de lo que hiciésemos los seres humanos (4).

- Frenar la pérdida de biodiversidad, el desequilibrio de los ecosistemas, y con ello la pérdida de funciones ecosistémicas de las que dependemos.

Pero poner en el centro los temas ambientales no quiere decir descuidar los sociales.

Si esto ocurriese, lo que surgirían serían sociedades de corte ecoautoritario o ecofascista. A la vez que afrontamos estos desafíos, hay que redistribuir la riqueza y el poder. Es más, sin sociedades justas y democráticas no habrá sociedades sostenibles, pues la dominación entre los seres humanos y sobre el resto de los seres vivos están interrelacionadas.

Dicho con ejemplos, no es el momento de luchar por los puestos de trabajo en las minas, sino de invertir fuertemente en renovables; no es el tiempo de perseguir una mejor retribución para los jornales del sistema agroindustrial, sino de apostar fuerte por la agroecología; no toca invertir en transporte y comunicación, sino en hacerlo en autonomía local; no hay que recalificar a urbanizable más territorio, sino iniciar el desmontaje de las metrópolis.

La concepción social e institucional de que vivimos un “estado de emergencia” es lo que podrá hacer concebible lo impensable. Es lo único capaz de centrar las fuerzas colectivas en lo importante. Hay precedentes históricos que muestran la fuerza de esta percepción. Por ejemplo, durante la II Guerra Mundial esto sucedió en Reino Unido y EE UU, lo que permitió que las personas redujesen voluntariamente su consumo, floreciesen huertos urbanos o se apostase por fuentes energéticas alternativas.

En general, las sociedades y las instituciones trabajaron en el mismo sentido (una pena que fuese el bélico). Pero estamos lejos de que exista esta percepción, ¿cómo puede suceder?

Sensibilización por los hechos

El intento de que se conciba este “estado de emergencia” (aunque sea en versiones suaves) ha sido uno de los ejes principales del trabajo del ecologismo. Creo que debemos asumir nuestro fracaso histórico. No hemos conseguido evitar el colapso civilizatorio ni ecosistémico. De este modo, esta sensibilización probablemente va a llegar “por los hechos”, es decir, conforme la quiebra del orden socioeconómico y ambiental se haga cada vez más patente. Tal vez esa labor de sensibilización, que tantos esfuerzos nos ha supuesto, no sea el momento de priorizarla.

La “sensibilización por los hechos” no es una buena noticia, pues generará desesperación y la desesperación es muy mala compañera para cambios sociales emancipadores. Por ejemplo, podrá alentar un “sálvese quien pueda” que sería fatal, pues las salidas serán inevitablemente colectivas. No se podrá sobrevivir con dignidad de forma individual o en grupos muy pequeños (familias). Frente a la desesperación, será fundamental ayudar a la población a mantener seguridad. Hay tres elementos que podrían contribuir a este fin.

En primer lugar, sentimos más seguridad si, aunque no podamos controlar lo que ocurre, por lo menos lo entendemos. De este modo, es fundamental ayudar a que las personas construyan marcos explicativos holísticos de la crisis sistémica. El análisis y explicación de lo que sucede es mucho más que un acto intelectual, es un mecanismo de seguridad.

La segunda idea es que necesitamos emociones que nos sirvan de pértiga para saltar sobre la desesperación. Una fundamental es la esperanza.

Eso es justo lo que estuvo detrás del éxito de lemas como “sí se puede” u “otro mundo es posible”, que fueron capaces de retirar la losa del “no hay alternativa” del neoliberalismo. La esperanza no se construye sobre la nada, sino que requiere de razones sobre las que sostenerse. Y las hay. Por ejemplo, las crisis, además de dolor, también traen esperanza. Implican una catarsis rápida, personal y social. Los procesos que se ven lejanos, ajenos y complicados se entienden y sienten de golpe. El cambio cobra sentido. Además, las crisis provocan que las viejas formas de actuar dejen de funcionar y de ser creíbles, dando oportunidades a otras nuevas.

A esto se añade que el formato social al que se encamina la humanidad será de dimensión más reducida, y lo pequeño es potencialmente más democrático. Lo mismo se podría decir de sociedades con menos energía disponible y basadas en renovables. Y de aquellas en las que la tecnología será más sencilla y de acceso más universal.

Pero lo que más seguridad nos proporciona es tener formas de mantener una vida digna. Así, será fundamental el sostenimiento de los servicios sociales hasta donde sea posible por un Estado que tendrá cada vez menos recursos. Pero, por encima de ello, en la medida que el Estado y el mercado irán siendo cada vez más incapaces de proveer servicios básicos, será imprescindible la creación de nuevas instituciones, de alternativas. Cuando un sistema se descompone, la reconstrucción de algo nuevo es clave.

Construcción de economías y sociedades viables en un escenario de colapso

Una primera cuestión está en qué se puede esperar del Estado y de las nuevas instituciones no estatales creadas por movimientos sociales en los escenarios por venir. La propuesta sería que el papel de las instituciones estatales sería el de facilitar o, por lo menos, dejar hacer, mientras que el de las nuevas sería hacer. Veamos por qué.

No cambiamos nuestros valores y, a partir de ahí, modificamos nuestros actos. El sistema funciona más bien al revés. Cambiamos las prácticas y adaptamos nuestra visión del mundo a ellas. De este modo, la creación de nuevos contextos de vida que gratifiquen valores colectivos no es solo un requisito para tener una existencia digna en medio del colapso civilizatorio, sino que es un elemento necesario para que cambien las personas. Sin participación directa, sin vivencia de nuevas formas de relación social, no habrá cambios sociales. Los cambios profundos no vendrán desde arriba (mediante políticas estatales), sino que tendrán que nacer de la autoorganización social (5). Las sociedades son los motores del cambio, mientras las instituciones actuales podrán ser los catalizadores.

La segunda razón es que la creación de nuevas instituciones, de alternativas, tiene lógicas distintas que intentar construir a partir de las existentes. La gestión de un Estado necesita de la creación de mayorías y requiere, por tanto, de cuerpos sociales más o menos homogéneos. En contraposición, la creación de instituciones puede no ser estatocéntrica. No necesitan convencer al grueso del cuerpo social, no tienen que construir una hegemonía, simplemente pueden funcionar, si tienen la fuerza suficiente, desde la autonomía, conviviendo de forma más fácil con otras formas de organizar la sociedad. Así pueden adaptarse mejor a un mundo de cambios rápidos y donde será casi imposible planificar. Por supuesto, esto con claros límites en un entorno con unas desigualdades de poder nunca antes conocidas y marcado por elementos como el cambio climático, que tienen una influencia planetaria. Desde ahí, cobra sentido aprender del zapatismo, que construye su autonomía económica, educativa, política o sanitaria conviviendo con otras comunidades que no son zapatistas. Las ciudades en transición son una iniciativa a este lado del Atlántico con algunas lógicas parecidas.

Si la creación de nuevas instituciones es imperiosa, ¿qué hace falta para conseguirlo? Un primer requisito es que estas alternativas tendrán que ser autónomas, solo así podrán sobrevivir. Para ello, el mundo laboral es fundamental, pues en el capitalismo la salarización ha permitido atar a gran parte a las personas. Si el principal argumento que sufrimos desde el ecologismo es el de la pérdida (o creación según el caso) de empleos es porque es muy real

Podríamos aprender de los movimientos campesinos, que han tenido una mayor capacidad de resistencia, entre otras cosas porque han tenido una mayor autonomía respecto al empleo cuando han poseído la tierra y las herramientas. Desde ese prisma, el nuevo cooperativismo cumple un papel central (aunque probablemente necesita pensar más si algunas de sus prácticas son realmente anticapitalistas).

Otra reflexión sobre las alternativas es que, en tiempos de fuertes cambios que no sabemos hacia donde pueden evolucionar, una estrategia es maximizar la diversidad (la misma que usa la naturaleza para conseguir seguridad). Crear muchas alternativas diferentes para tener más probabilidades de que alguna tenga éxito.

También necesitamos dar saltos de escala, algo que había sido resuelto tradicionalmente por el Estado. Los grupos de consumo son muy interesantes, pero no permiten abastecer a grandes colectividades, ni sirven para la restauración colectiva. Estos saltos de escala, que ya se están dando en varios campos, pueden surgir de la agregación de experiencias pequeñas que adquieran la masa crítica necesaria para estos cambios cualitativos. Tendrán que crear mecanismos que generen confianza, como etiquetas ecosociales y auditorías; ser capaces de aglutinar cantidades apreciables de ahorro colectivo; crear economías de escala, aunque sea pequeña; o articular monedas sociales. También tendrán que tomar decisiones colectivas en ámbitos, al menos, de nivel medio, algo que las opciones autoritarias solucionan de forma más expeditiva. Además, será necesaria la desmercantilización de las relaciones sociales, siguiendo el ejemplo del movimiento obrero, que alcanzó victorias gracias a que sacó del mercado los servicios públicos (en parte) y consiguió que la negociación del salario también fuese (parcialmente) algo ajeno al mercadeo gracias a la negociación colectiva.

Pero el colapso no es un hecho súbito, sino un proceso, por lo que la construcción de alternativas requiere facilitar los contextos para que puedan suceder.

Parar la degradación socioambiental

Como dijimos, desde el punto de vista social “cuanto peor, peor”. Esto requiere actuar sobre asuntos del siglo XX, pero que no serán del siglo XXI. Por ponerlo con un ejemplo, probablemente en unos años no tendrá sentido luchar contra los tratados de libre comercio, entre otras cosas porque el transporte será caro, lo que cortocircuitará el intercambio global. Pero hoy sí es fundamental hacerlo para frenar la degradación socioambiental. Es decir, que tendremos que seguir muchas de las campañas típicas del siglo pasado.

Pero nuestras miradas tendrán que ser las del siglo XXI, las de un colapso que se va profundizando. Una implicación de esto es que las campañas deberán estar atravesadas por la urgencia de la creación de los nuevos sistemas socioeconómicos ya nombrados. Otra es que ahora probablemente el tiempo corra a nuestro favor. En el siglo XX, las luchas que se alargaban mucho producían un fuerte desgaste que, en bastantes ocasiones, era un elemento central de las derrotas. Pero en el siglo XXI, cuanto más se alarguen las luchas “del siglo XX”, más oportunidades habrá de ganarlas, pues los proyectos irán teniendo menos sentido en un contexto de quiebra del capitalismo global.

Volviendo al principio, ¿“cuánto peor, peor”?

Se puede poner en duda el presupuesto inicial con el que comenzaba el texto, porque no está tan claro que la opción de un colapso rápido y temprano (6) no sea la más deseable desde una mirada macro. Esto se parecería bastante a “cuanto peor, mejor”. Un colapso rápido y temprano permitiría que los ecosistemas se degradasen menos. Esto es especialmente patente en el cambio climático. Es ahora cuando todavía hay alguna posibilidad de que no se disparen los bucles de realimentación positiva y, para que esto ocurra, es imprescindible una reducción muy fuerte y acelerada de las emisiones de gases de efecto invernadero. Este colapso rápido y temprano permitiría que los contextos de vida para el conjunto de los seres vivos se pareciesen más a los actuales. Sería más sufrimiento a corto plazo pero, desde una perspectiva histórica, colocaría a la biosfera en mejores condiciones. En realidad, a nivel ecosistémico los resultados serían más o menos equivalentes a los que se podrían conseguir si se pusiese en marcha el “estado de emergencia” nombrado antes (7).

.. el colapso no es un hecho súbito, sino un proceso”

Pero esta equivalencia sería solo a nivel ecosistémico, ni mucho menos a nivel social. Un colapso rápido y temprano aumentaría los grados de sufrimiento social y las posibilidades de que los órdenes que emergiesen se basasen en nuevos autoritarismos o fascismos.

Vistas así las cosas, ninguna de estas dos opciones son deseables desde el punto de vista humano (no así para la mayoría del resto de seres vivos, que claramente “preferirían” el colapso rápido y temprano). Por ello, cobra más relevancia aún que seamos capaces de conseguir que el “estado de emergencia” sea una realidad y podamos poner en marcha toda una serie de políticas acordes.

(1) Lo hemos hecho en Fernández Durán, R.; González Reyes, L. (2014) "En la espiral de la energía" . Libros en Acción y Baladre. Madrid. (2) Las renovables, por múltiples razones que argumentamos en "En la espiral de la energía", proporcionan menos energía que los combustibles fósiles. Además, el futuro pasará por formatos tecnológicamente más sencillos. (3) En realidad, estos dos primeros desafíos son transiciones inevitables que van a suceder en el colapso que estamos viviendo. (4) Algunos de estos bucles serían la liberación del metano contenido en el suelo helado (permafrost) y los lechos oceánicos, y el deshielo de amplias regiones blancas. (5) Esto no quiere decir que los Estados no puedan crear nuevos contextos, que pueden, sino que los cambios personales y sociales que así se generan son más reducidos y menos profundos. Al obligar a las personas a actuar de una determinada manera sin dejarles elegir, pierden muchas posibilidades de que los cambios tengan sentido, que es lo que genera las mutaciones reales. (6) De Castro, C. (2015): “En defensa de un colapso de nuestra civilización rápido y temprano”. http://www.15-15-15.org/webzine/2015/04/26/en-defensa-de-un-colapsode-nuestra-civilizacion-rapido-y-temprano/ (7) Solo más o menos pues, por ejemplo, los agrosistemas se desestabilizarían sin la intervención humana. Para ellos, un colapso más ordenado sería preferible.

Luis González Reyes es miembro de Ecologistas en Acción. *Luis González Reyes es doctor en ciencias químicas y miembro de Ecologistas en Acción. Participa en su Secretaría Confederal desde su fundación, y fue durante nueve años co-coordinador de la organización. Actualmente es parte de Garúa S. Coop. Mad.,

#OtraEconomíaEstáEnMarcha2017 ["Qué hacer en un momento de crisis civilizatoria."- https://youtu.be/wQ95tL9em2k]



 
10 de juny
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