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divendres 22 de juny de 2007
Las Instituciones de la Globalización
G8 y el Imperio del Lucro
Iolanda Fresnillo
per  Observatorio de la Deuda en la Globalización

Un club de ricos

El 25 de marzo de 1973, George Shultz, secretario del Tesoro de EE.UU., convocó a los ministros de finanzas francés, británico y alemán a una discusión informal en Washington, a la biblioteca de la Casa Blanca, para hablar sobre las medidas a tomar ante la crisis del económica que atravesaban tanto los Estados Unidos como Europa. En noviembre de 1975 el presidente Valéry Giscard d’Estaing quiso darle al encuentro rango presidencial, invitando a los presidentes de aquellos 5 países más Italia, y el año siguiente, a iniciativa de los EEUU, se añadió Canadá.

Aquel fue el inicio del G7, que a la década de los 90 se convertiría en G8, con la incorporación de Rusia. El G8 se ha convertido a lo largo de los años en un "club" para los mandatarios políticos de los 8 países más ricos e influyentes del planeta(1). Los gobernantes de estos ocho estados se reúnen una vez al año durante dos o tres días para charlar sobre la evolución de la economía, la política y la sociedad mundial, y para acordar líneas comunes de actuación en estos campos. El G8, teóricamente, no tiene poder decisorio. Afirman sus participantes que se trata de discusiones a menudo informales sobre temas de actualidad que preocupan a los 8 países. Dicen que no entienden porque tanto jaleo cuando son simplemente un grupo de “colegas” que ostentan cargos equivalentes en diferentes países y que reuniéndose no hacen daño a nadie.

Pero la realidad es que las iniciativas que surgen de estas reuniones se imponen implacablemente en las instituciones internacionales como el Consejo de Seguridad de NNUU, el Banco Mundial, el FMI o la OMC. De hecho, de los cinco miembros permanentes (con derecho a veto) del Consejo de Seguridad, cuatro son parte del G8, y en el marco del Banco Mundial y el FMI los países miembros del G8 acumulan más del 44 % de los votos. En un burdo intento de mostrarse al mundo como un club abierto y democrático, el G8 invita otros países a participar de su circo. Este año le ha tocado el turno a Brasil, China, India, México y Sudáfrica como representantes de los países emergentes, y a Nigeria, Egipto, Argelia, Senegal y Ghana como representantes africanos, pero éstos no tienen ningún “voto” en las decisiones que se toman a la reunión.

El G8 es, en definitiva, el foro dónde se diseña la globalización capitalista neoliberal, donde se toman, de facto, decisiones claves sobre la gestión de la política y la economía Estados que representan el 60% de la renta mundial ... y poco más del 10% de la población mundial.

¿Y de qué hablan?

El G8 se creó como foro de discusión sobre temas fundamentalmente macroeconómicos. A medida que han ido pasando los años, el G8 ha ido ampliando los temas de discusión, aun cuando las cuestiones económicas han sido siempre el eje principal de las reuniones. Con la crisis de la deuda que estalló a principios de la década de los 80 el G8 pasó de discutir tan sólo como podían hacer frente a la situación desde sus propias economías, a como modelar la economía mundial. Se tratan todos aquellos problemas de ámbito mundial, políticos, económicos y sociales, que los países del G8 consideran prioritarios en cada momento, ya sea por interés propio o porque la opinión pública mundial los obliga de alguna manera a hablar de ellos(2): crisis financieras, estancamiento del crecimiento, deuda externa, medioambiente, pobreza, terrorismo, etc.

La cantidad de temas y propuestas realizadas a lo largo de las más de dos décadas de G8 han sido muchas y diversas. Cumbre tras cumbre, podemos encontrar en las declaraciones finales una invariable reafirmación de las bondades de la globalización neoliberal y un impulso continuado de las reformas que deben profundizar su extensión por todo el planeta: liberalización comercial y financiera, privatizaciones, flexibilidad del mercado laboral y políticas macroeconómicas deflacionarias como el déficit cero en el presupuesto y los elevados tipos de interés. Desde mediados de la década de los 90, cuando la presión popular sobre el G8 se ha ido haciendo más fuerte, este mensaje se ve diluido en los medios de comunicación tras anuncios espectaculares en temas como la lucha contra la pobreza, las medidas contra el cambio climático o las ayudas en la lucha contra las enfermedades que asolan los países empobrecidos(3). Pero si bien en la línea de imponer medidas económicas neoliberales el G8 ha demostrado una eficiencia y un éxito sorprendentes, en la lucha contra la pobreza, la deuda o las enfermedades infecciosas, por mencionar algunos temas, no ha mostrado tanta diligencia ni eficacia.

¿Y qué han decidido este año?

La última reunión cumbre del G8 ha tenido lugar entre el 6 y el 8 de junio en Heiligendamm (Alemania) bajo el lema “Crecimiento y Responsabilidad”. Aun cuando las decisiones de este G8 más destacadas a los medios de comunicación han sido las prometidas de ayuda en África y los débiles acuerdos en la lucha contra el Cambio Climático, la reunión cumbre ha tratado otros muchos temas, en muchas ocasiones en clara contradicción los unos respeto a los otras. Así, mientras por un lado el G8 afirma en su comunicado final el ambiguo compromiso de luchar contra el cambio climático, buscando un nuevo acuerdo de reducción de emisiones en el marco de Naciones Unidas, por la otra apuesta claramente por seguir el modelo de crecimiento económico desbocado e insostenible. Dentro de los acuerdos de este año encontramos por ejemplo la “necesidad” de retomar las negociaciones de la OMC para profundizar en la liberalización e incremento del comercio internacional, cuando el incremento en el transporte de mercancías de un lado a otro del planeta que comporta esta apuesta por un libre mercado mundial es responsable de buena parte del incremento de gases de efecto invernadero, y por lo tanto una de las causas del cambio climático, además de suponer una gran amenaza por la soberanía alimentaria y la supervivencia de miles de campesinos, pescadores y pequeños productores en cualquier parte del mundo. La hipocresía del G8 se evidencia todavía más cuando, siento los principales emisores de gases de efecto de invernadero se presentan al mundo como quienes encontrarán una solución al cambio climático, y no son capaces ni de establecer hitos cuantitativos en las reducciones de emisiones.

Según un grupo de redes internacionales(4) el G8 debe una deuda ecológica, o deuda climática, a los países más empobrecidos por su responsabilidad en el cambio climático. Se ha calculado que el G8 debería pagar unos 50 mil millones de dólares anuales a los países más empobrecidos para que estos puedan hacer frente a los impactos del cambio climático.

Por otro lado, la promesa del G8 de proporcionar una ayuda de 60 mil millones de dólares para luchar contra el SIDA, la Malaria y la Tuberculosis (anuncio hecho ya hace unos meses y repetido durante la reunión cumbre como si se tratara de un nuevo acuerdo) está en clara contradicción con la decisión, también incluida en el comunicado final del G8, “de incrementar nuestra cooperación en el campo de la protección de propiedad intelectual”. Una mayor protección de la propiedad intelectual que bajo el sistema de patentes hace casi imposible que en los países del sur se pueda acceder a los medicamentos genéricos necesarios por hacer frente a estas tres epidemias que están hipotecando el futuro del continente africano.

En relación a la lucha contra la pobreza en África, el G8 presenta dos puntales: el incremento de la Ayuda Oficial al Desarrollo y una apuesta por el aumento de la apertura a las inversiones. Con respecto a la ayuda, el G8 vuelve a prometer la duplicación de la AOD de ahora hasta el 2010 (cosa que ya prometió a Gleaneagles al 2005), mientras que las últimas cifras publicadas por la OCDE y el Banco Mundial muestran como la ayuda en África, sin tener en cuenta los alivios de deuda externa, ha disminuido en 2006. Por otro lado, las recetas en el ámbito de las inversiones siguen partiendo de la premisa de la desfasada teoría del derramamiento(5), el rotundo fracaso de la cual cuestionamos los movimientos sociales comprometidos con la lucha contra la globalización. Es necesario recordar que ni las inversiones de Pescanova en Senegal o Namibia, ni las de las empresas petroleras en Chad y Camerún, pese a hacer crecer el PIB en los respectivos países, no han generado el amplio bienestar social que prometían, sino más bien han llevado a una precarización del sector pesquero tradicional y a graves impactos en los derechos humanos y el medio ambiente, respectivamente.

Es necesario recordar aquí que la UE está actualmente imponiendo Acuerdos de Asociación Económica (los denominados EPAs en inglés) a 76 países del África, el Caribe y el Pacífico (ACP), de los cuales 39 están entre los más empobrecidos del planeta. Estos acuerdos han sido diseñados para obligar a eliminar las barreras comerciales para casitodos los productos importados desde la UE. La Comisión Europea está presionando para que los acuerdos comporten una liberalización general y profunda de las inversiones, el comercio de servicios y la contratación pública (compras del Estado), así como compromisos claros con respecto a la política de competencia y los derechos de propiedad intelectual. Muchos países afectados han manifestado que no están dispuestos a suscribir estos acuerdos, pero la UE está amenazando con recortar la ayuda si no los subscriben antes de 2008.

Y volviendo al G8, dónde si se han conseguido adelantos en la cumbre de este año es en el relanzamiento de la carrera armamentística, con el impulso del proyecto del escudo anti-misiles. Nuevamente, la amenaza terrorista es utilizada por los más poderosos para dar un nuevo impulso a la importante industria armamentística. El gasto militar mundial, que ha recibido un buen empujón durante esta cumbre bajo el pretexto de la lucha ani- terrorista y la seguridad, ha sido de 1.2 billones de dólares el 2006. Sólo Estados Unidos gasta más de 500.000 millones anuales en gasto militar. El AOD recibido por los países del Sur en 2006 ha sido de 103.900 millones de dólares. Las cifras dejan clara cuál es la prioridad del G8 y de los países ricos.


1 Formalmente son los 7 países más industrializados, Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y el Reino Unido, más Rusia, incorporada tras la caída del muro de Berlín por su potencial nuclear y su importancia geopolítica.

2 La agenda de las reuniones se negocia entre todos los países miembros del G8, pero el país anfitrión, que va pasando de un país a otro año tras año, tiene la oportunidad de añadir temas a la agenda finalmente acordada.

3 “Inevitablemente acompañados por un sobredimensionado circo mediático, los líderes de los países más ricos del mundo, en Rusia, se sienten “obligados” a proclamar sus nobles hitos, a emitir sus grandes declaraciones, y a felicitarse por la resolución, si no de todos los problemas del mundo, al menos de un número suficiente por poder justificar su viaje. Pero demasiado a menudo, la grandilocuencia de la retórica es inversamente proporcional a la escalera de sus éxitos” (The Economist, “Peanuts and plutonium”, 28 de junio de 2002).

4 Oil Change International, Jubilee South, Jubilee USA: “G8 Climate Debt Grows as Impacts Rise: Rich Countries Owe Poor Countries $50 Billion Dollars a Year”

5 Según la Teoría del Derramamiento, cualquier generación de riqueza acaba por “derramarse” más allá de los círculos sociales en los cuales se ha generado, de forma que el crecimiento del PIB en un país beneficiará automáticamente a la mayoría de la población, pues el mercado provee de sistemas automáticos de redistribución de la riqueza. Esta teoría se ha probado errónea durante sus más de 50 años de pruebas en los países del Sur, pero instituciones como el Banco Mundial o el G8 siguen defendiéndola.



 
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