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dimecres 12 de setembre de 2007
Recursos y energía versus cambio climático
Miguel Ángel Llana (ingeniero y diplomado en Empresariales)

La superficie firme de la Tierra es de 13.041 millones de hectáreas, de las que 4.155 no son cultivables, 3.869 son bosques, 3.487 pastos y 1.530 cultivables; sirva de referencia saber que a los 6.500 millones de habitantes les corresponden a penas un cuarto de hectárea cultivable, 2.354 m2. Pero, se olvida con frecuencia que vivimos en este planeta que sólo cuenta con estos recursos y que su utilización y consumo está alterando irreversiblemente el equilibrio que hace posible la flora y fauna existente de la que vivimos y de la que somos una parte más. La enorme presión sobre estos recursos está ocasionando una modificación del ecosistema en tan corto espacio de tiempo que la recuperación y la aclimatación resulta difícil o imposible ocasionando deterioros irreparables.

Este consumo disparatado influye de dos maneras, por una parte deteriora los recursos disponibles de los que dependemos de modo que algo tan abundante y renovable en buena medida como el aire o el agua, están seriamente afectados lo mismo que las tierras y los cultivos por los múltiples residuos contaminantes o por la sobre explotación que agota nutrientes y acuíferos originando todo ello una cadena de sucesos como la desertización, erosión, destrucción de marismas, humedales, etc que modifican seriamente las condiciones de vida del ecosistema, aparte y además del cambio climático y de sus consecuencias. En segundo lugar, como en un círculo vicioso, la parte sensible afectada es toda la flora y fauna de modo que desparecen miles de especies cada año y otras decenas de miles están ya en vías de extinción.

Todo esto es bien conocido pero no se valora adecuadamente que la pérdida de flora y fauna es algo muy grave. Por otra parte, el agotamiento de los recursos no parece afectar a nadie porque la respuesta dada frecuentemente es: ¡ya inventarán, a alguien se le ocurrirá una solución! porque ante la prioridad de seguir "creciendo" todo vale, incluso continuar con mayor ritmo de consumo y depredación. Algunos recursos pueden ser sustituidos pero otros no, o al menos no con facilidad. Algunos pueden renovarse como el aire, el agua, la madera, etc pero no al nivel de consumo actual y mucho menos al ritmo con el que se pretende seguir creciendo. Otros, como los minerales y otras materias primas obtenidas en yacimientos tienen su límite, como se puede ver en las canteras y minas agotadas, pero hay un cuello de botella, hay un recurso concreto como es la energía que es mucho más complicado porque es insustituible y, su abuso, está incidiendo especialmente sobre el cambio climático, aunque el conjunto del problema no sea sólo una cuestión de clima.

La Revolución Industrial se basó principalmente en consumos crecientes de energía, lo mismo que la Revolución Agrícola. El modelo económico y la sociedad dependen de la energía cada vez más, el PIB va ligado a un mayor consumo. Pero cuando hablamos de energía: de petróleo, gas y carbón, tres energías fósiles obtenidas en unos yacimientos limitados de los que muchos ya se han agotado y otros están en vías de agotamiento, mientras los descubrimientos no cubren siquiera el incremento del consumo. Aún no se ha llegado al Peack Oil de Hubbert, es decir, todavía se puede incrementar la producción, pero desde hace ya unos años es a costa de las reservas porque crece más la producción que los descubrimientos, las reservas disminuyen, se están agotando.

El artículo Energía y clima: un coro de soluciones [1] no es nada afortunado cuando dice que "La humanidad se enfrenta hoy a dos retos nuevos, unidos e inauditos: producir energía suficiente a medida que disminuyen las reservas mundiales de petróleo". El error y el problema es que no se puede sostener este modelo económico basado en consumos crecientes de energía, tampoco es un problema tecnológico; la energía exterior nos viene de las radiaciones solares (fotosíntesis, evaporación, viento, placas solares) o por la posición de la Luna que provoca las mareas, ambas tienen una característica común que es su escasa densidad energética por kilómetro cuadrado o por tonelada de agua a la hora de su aprovechamiento, comparado con un litro de gasolina. Conviene recordar que la energía fósil es el ahorro de la fotosíntesis de millones de años pero que ahora tan sólo una cuarta parte de la humanidad la agotará en un siglo. No hay energías alternativas capaces de suplir a estos yacimientos que nos aportan el 87% d e la energía.

Pero, más incomprensible es cuando el artículo continúa y propone que " Experimentaremos electrolizando el agua y transportando hidrógeno por tuberías al mismo tiempo que gasificamos el carbón y bombeamos millones de toneladas de dióxido de carbono al interior de la Tierra". En esta propuesta no aporta ni una sola gota de energía sino precisamente más gasto energético: gasto para electrolizar, transportar, gasificar y bombear dióxido de carbono. En lo dicho no hay aporte de energía, pero menciona al Hidrógeno, como tantos otros autores, cuando el H2 no es fuente de energía sino sólo un combustible muy peligroso, difícil de almacenar, que no se encuentra libre en la naturaleza y que su obtención, por cualquier método, es siempre gastando más energía que la que nos aporta.

De la energía atómica de fisión, problemas aparte, sólo hay reservas de Uranio para unas décadas. La de fusión es un proyecto lejano; quedan décadas para que pueda ser usada, más de lo que puedan durar las energías fósiles, pero sí hay soluciones aunque forzadas: el ahorro, un nuevo modelo económico, un nuevo estilo de vida que propicie lo anterior y sobre todo una nueva cultura que nos enseñe a gestionar la demanda de los recursos y no la oferta, mejorando el uso de lo escaso que tenemos y no pensar que la oferta de los recursos es ilimitada, que no lo es.

[1] Thomas Homer-Dixon director del Centro Trudeau de Estudios sobre la Paz y los Conflictos y catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Toronto (Canadá). Rebelión 27-08-07



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Recursos y energía versus cambio climático: picos del desastre
20 de setembre de 2007

picos del desastre

Cuando la extracción de un elemento natural llega a su valor máximo, se dice que el mismo ha llegado a su "Pico". Esto quiere decir que es imposible seguir extraeyendo cantidades crecientes y que la del Pico marca un máximo, que será "meseta" durante un tiempo o una caida más o menos rápida en la producción.

Estamos en el Pico del Petróleo,esto quiere decir que la cantidad de petróleo extraída comenzará a disminuir, y ya se llegó al Pico del gas, el Pico del carbón llegará en unos 20 años, y más lejos esta el del uranio que también existe.

Como estos elementos constituyen el 85 % del abastecimiento energético de la humanidad, quiere decir que en pocos años el abastecimiento de energías no renovables (y "sucias") comenzará a disminuir y la humanidad estará en una verdadera encrucijada, porque la disminución de la oferta de energía fósil producirá la llegada del Pico de varios elementos vitales para la Humanidad.

Comenzarán a disminuir durante este siglo: 1) La población. 2) La producción de cereales 3) La estabilidad del clima 4) La cantidad de agua potable 5) La tierra útil para agricultura 6) La pesca(ya comenzó) 7) La extracción de metales básicos.

Todo este desastre se produce como consecuencia de una dependencia abusiva en recursos limitados y en un crecimiento basado en un modelo que no contempla esos límites. La disminución de la energía fósil, y cuando menos el aumento de "lo que queda", nos enfrenta a asumir que la única forma de sobrevivir es disminuyendo el consumo.

¡No se suiciden!, esto llevará mas de un siglo pero... ¡Deberíamos comenzar el cambio ya!

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El Ocaso de la Revolución Industrial y Agrícola
12 de setembre de 2007, per  Miguel Ángel Llana

La energía es el componente más sensible sobre el que está montado el sistema productivo, incluido el agrícola. No se concibe nada sin que su participación sea absolutamente imprescindible, e incluso la energía fósil, es utilizada como materia prima para la obtención de productos derivados del petróleo y gas.

"El despilfarro de la energía y materias primas, anuncian el final de la revolución industrial y agrícola"

El conocimiento de la ciencia y de la tecnología junto con la utilización de enormes cantidades de materias primas y de energía, abrieron una nueva era social y económica para unos pocos países. Los recursos de las colonias, el crecimiento de las ciudades -de sus suburbios- y una abundante y barata mano de obra fueron el complemento necesario. Los aspectos sociales de la explotación laboral, que sobrepasó lo imaginable, es más conocido, en cambio, las materias primas y los productos energéticos, no se han relacionado suficientemente con el proceso.

La máquina de vapor, el motor de explosión y el motor eléctrico, aportan la fuerza -la energía - para realizar las transformaciones y trabajos necesarios; transporte de las materias primas, de las mercancías producidas y de los propios trabajadores. La cuestión es que todo ello se basa principalmente -y cada vez más- en la importación de esas materias primas y de la energía necesaria. Los llamados países industriales ya hace tiempo que agotaron sus recursos y llevan años dependiendo de proveedores, que son precisamente los países del tercer mundo, los llamados subdesarrollados, que lo son -y han de seguir siéndolo- para mantener "nuestro" desarrollo.

La energía es el componente más sensible sobre el que está montado el sistema productivo, incluido el agrícola. No se concibe nada sin que su participación sea absolutamente imprescindible, e incluso la energía fósil, es también utilizada como materia prima para la obtención de gran cantidad de productos derivados del petróleo y gas. La revolución agrícola que se origina con la mecanización de los cultivos; siembra, cosecha y almacenamiento, utiliza petróleo y gas para la obtención de abonos y pesticidas, sin los que la agricultura no podría subsistir.

Esta "revolución", dependiente del petróleo y gas, está abocada a un inminente declive vinculado a la escasez y al agotamiento de los yacimientos, que han sido el ahorro generado, durante millones de años, por la fotosíntesis. Ni el biodiesel ni la biomasa podrán ser sustitutos energéticos pues, la fotosíntesis que los origina es limitada, y habrá de utilizarse, prioritariamente, como sustitutos de los actuales fertilizantes y de la actual mecanización agrícola.

El incremento del consumo energético -ineficiencia energética- es mayor que el crecimiento económico y peor aún en lo agrícola, pues los cultivos intensivos reducen los acuíferos, agotan los nutrientes, aumentan las plagas, lo que se traduce en un mayor consumo de fertilizantes y pesticidas, para un rendimiento por hectárea decreciente.

En la agricultura intensiva, para obtener una caloría es necesario consumir algo más, y en algunos vegetales, transportados miles de kilómetros, bastante más. Si hablamos de proteína animal, por cada caloría obtenida, necesitamos de cinco a diez calorías; según qué animales, crecimiento y engorde. Dicho de otro modo, hemos de gastar de cinco a diez unidades de petróleo o gas, para obtener sólo una.

El objetivo razonable e inmediato debería ser la reducción drástica del consumo energético. Las fuentes alternativas sólo pueden sustituir una pequeña parte del actual consumo. Los transportes de cientos o de miles de kilómetros de cualquier mercancía, es un disparate energético, y lo mismo que los restantes usos masivos de energía, que habría que limitar y optimizar. La gran revolución que se avecina será la de comenzar a escatimar su uso y a darle el valor que tiene y es, un bien muy escaso.

Se habla del inicio de la crisis energética para esta misma década, o como mucho, en unos pocos años más. Así se acabarán, al menos, las políticas de huida hacia delante y de crecimiento cuantitativo insostenible. Puede que así no vivamos mejor, pero seguro que más tranquilos sí. Será el final de sangre por petróleo y del choque de civilizaciones o del choque Norte-Sur.

Resposta almissatge:

El modelo energético que posibilitó la acumulación, consolidación y universalización del capitalismo está agotado. Su base material es la del consumo intensivo, ineficiente y acelerado en 200 años de la concentración de energía solar almacenada por la naturaleza en 300 millones de años en forma de carbón, gas y petróleo en un proceso de eficiencia tendente a cero. Durante dos siglos se instauró en el mundo occidental la cultura de la existencia ilimitada de energía disponible y de su uso irresponsable ajeno a las consecuencias.

En la denominada crisis energética coexisten y se realimentan tres crisis concomitantes de la energía: el agotamiento de los recursos energéticos fósiles, el creciente precio de los mismos y el cambio climático a consecuencia del efecto invernadero. En muchos países, como es el caso español, hay que añadir un cuarto factor: el de la dependencia del exterior (que llega al 93,7%) y comporta la no autosuficiencia energética.

Ello conlleva un importante peligro para la acumulación y reproducción del capital industrial y financiero mundial, pero también graves incertidumbres para las masas populares. En la arena internacional la desigualdad lo es en primer lugar en torno al acceso y dominio de los recursos naturales: agua, alimentos, materias primas y fuentes de energía. Las primeras victimas viven en la periferia. Pero nadie escapa, la crisis energética también puede golpear sin piedad el bienestar y el empleo de los trabajadores de las metrópolis. Y sobrevolando todo lo anterior, hemos comprobado que la principal causa de la barbarie, la conculcación de los derechos humanos, los ataques a la libertad y de las guerras y conflictos bélicos imperialistas huele a gasolina. En la geopolítica del capitalismo petrolero el control de los yacimientos y las rutas de los combustibles fósiles es esencial como comprobamos en las guerras preventivas del fundamentalista Bush. El pueblo iraquí es paradigma de la agresión y aviso para otros pueblos.

Se acabó la era del petróleo y el gas abundantes y baratos. La multinacional BP estima que en 2020 comenzará el declive conjunto de la producción de petróleo y gas. Algunos expertos adelantan la fecha al presente decenio. Las pistas que abonan la hipótesis son claras: desde los años ochenta decrecen los descubrimientos de nuevos yacimientos, los rendimientos exploratorios son decrecientes y los costes de extracción crecen constantemente. Ni siquiera con nuevas agresiones al planeta mediante la puesta en explotación de Alaska y el Antártida anunciados por el sociópata de la Casa Blanca, es posible poner en el mercado la cantidad de crudo necesario para sostener el crecimiento económico actual de EEUU, los países de la OCDE y las potencias industriales emergentes China, Brasil e India. Ello comportará escasez y nuevos incrementos de los precios de los carburantes en los próximos años. Emilio Menéndez y Andrés Feijoo en “Energía y conflictos internacionales. Política, tecnología y cooperación” señalan la posibilidad de una implosión económica derivada de la reducción de la capacidad de extracción del crudo. Baste recordar que excepto el sistema eléctrico que puede alimentarse de diferentes fuentes de energía, el transporte mundial y local -básicos para el comercio y la producción- y la maquinaria industrial móvil se basan en la combustión de derivados refinados del petróleo. No es exagerado, por tanto, augurar posibles crisis financieras y económicas con ataques al empleo y a los derechos sociales de los trabajadores.

Con todo, es posible que antes de ver los anteriores efectos, estemos ya ante los efectos aún más devastadores e inmediatos producidos por el calentamiento global originado por el modelo productivo y de transporte. Tanto Federico Velázquez de Castro en “25 preguntas sobre el cambio climático. Conceptos básicos del efecto invernadero y del cambio climático”, como los autores de “Cambio global. Impacto de la actividad humana sobre el sistema Tierra” publicado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) nos sitúan ante una realidad gravísima que requiere soluciones urgentes. Situación que ha sido documentada por el Panel Internacional para el Cambio Climático (IPCC), foro científico que analiza los escenarios del cambio climático.

La agricultura, la industria, la construcción y el turismo tienen un talón de Aquiles con las modificaciones climáticas. Fenómenos como el tsunami, ya han causado la pérdida de miles de vidas humanas, pero también de riqueza y de cientos de miles de puestos de trabajo. De no cambiar la tendencia, podemos, como señala el denominado Informe Stern, La economía del Cambio Climático, situarnos en un escenario de descenso radical y acelerado del PIB mundial. Cuestión particularmente grave para las masas populares de los países pobres, pero que alcanzará a todos los pueblos y puede hacer desaparecer derechos sociales conquistados por la clase obrera en los países industrializados. Las medidas de adaptación y mitigación se hacen urgentes. Mientras tanto los gobiernos siguen sumidos en irresponsables negativas de la realidad (con EEUU a la cabeza) o en debates bizantinos y rácanos sobre la aplicación de las insuficientes pero imprescindibles medidas contempladas por el Protocolo de Kyoto.

¿Qué hacer? Algunos resucitan las centrales nucleares como panacea. Sigue siendo una solución peligrosa (accidentes, ataques terroristas a instalaciones, residuos radioactivos), inviable pues se necesitaría construir 4.500 reactores antes del 2030 (uno cada dos días) para sustituir al petróleo en algunos de sus usos energéticos, cara por lo que los inversores no se animan sin el concurso de los estados y que se colapsaría rápidamente pues en 15 años terminaría con las reservas de uranio que al ritmo actual de extracción tienen un horizonte entre 50 y 100 años.

La solución debe combinar, junto a medidas de ahorro y eficiencia energética, una apuesta decidida por las energías renovables para la producción de electricidad con el uso de biocombustibles (bioetanol y biodiésel) y el desarrollo de tecnologías como la propuesta por Jeremy Rifkin en “La economía del hidrógeno”, alternativa que Antonio Ruiz de Elvira, miembro de Científicos por el Medio Ambiente (CIMA), califica de solución para el transporte generadora de gran cantidad de empleo de calidad. Será también imprescindible -dadas algunas limitaciones técnicas de la producción de electricidad, intensidad de penetración en la red, acumulación, etc. de las energías renovables- desarrollar tecnologías y procesos que requieran menor intensidad energética.

Lo que hoy se tambalea con el modelo energético es el modelo de producción pero también posibilita el cuestionamiento del modelo civilizatorio depredador y la crítica del sistema social y económico al que sirven, el capitalismo. Ante esto se abren nuevos e importantes retos para la izquierda anticapitalista que deberá impulsar urgentemente vías de lucha y resistencia, pero también alternativas programáticas y propuestas estratégicas globales con escasos recursos políticos y teóricos en su haber tradicional.

Crisis energética terminal
24 de setembre de 2007, per  Manuel Garí

El modelo energético que posibilitó la acumulación, consolidación y universalización del capitalismo está agotado. Su base material es la del consumo intensivo, ineficiente y acelerado en 200 años de la concentración de energía solar almacenada por la naturaleza en 300 millones de años en forma de carbón, gas y petróleo en un proceso de eficiencia tendente a cero. Durante dos siglos se instauró en el mundo occidental la cultura de la existencia ilimitada de energía disponible y de su uso irresponsable ajeno a las consecuencias.

En la denominada crisis energética coexisten y se realimentan tres crisis concomitantes de la energía: el agotamiento de los recursos energéticos fósiles, el creciente precio de los mismos y el cambio climático a consecuencia del efecto invernadero. En muchos países, como es el caso español, hay que añadir un cuarto factor: el de la dependencia del exterior (que llega al 93,7%) y comporta la no autosuficiencia energética.

Ello conlleva un importante peligro para la acumulación y reproducción del capital industrial y financiero mundial, pero también graves incertidumbres para las masas populares. En la arena internacional la desigualdad lo es en primer lugar en torno al acceso y dominio de los recursos naturales: agua, alimentos, materias primas y fuentes de energía. Las primeras victimas viven en la periferia. Pero nadie escapa, la crisis energética también puede golpear sin piedad el bienestar y el empleo de los trabajadores de las metrópolis. Y sobrevolando todo lo anterior, hemos comprobado que la principal causa de la barbarie, la conculcación de los derechos humanos, los ataques a la libertad y de las guerras y conflictos bélicos imperialistas huele a gasolina. En la geopolítica del capitalismo petrolero el control de los yacimientos y las rutas de los combustibles fósiles es esencial como comprobamos en las guerras preventivas del fundamentalista Bush. El pueblo iraquí es paradigma de la agresión y aviso para otros pueblos.

Se acabó la era del petróleo y el gas abundantes y baratos. La multinacional BP estima que en 2020 comenzará el declive conjunto de la producción de petróleo y gas. Algunos expertos adelantan la fecha al presente decenio. Las pistas que abonan la hipótesis son claras: desde los años ochenta decrecen los descubrimientos de nuevos yacimientos, los rendimientos exploratorios son decrecientes y los costes de extracción crecen constantemente. Ni siquiera con nuevas agresiones al planeta mediante la puesta en explotación de Alaska y el Antártida anunciados por el sociópata de la Casa Blanca, es posible poner en el mercado la cantidad de crudo necesario para sostener el crecimiento económico actual de EEUU, los países de la OCDE y las potencias industriales emergentes China, Brasil e India. Ello comportará escasez y nuevos incrementos de los precios de los carburantes en los próximos años. Emilio Menéndez y Andrés Feijoo en “Energía y conflictos internacionales. Política, tecnología y cooperación” señalan la posibilidad de una implosión económica derivada de la reducción de la capacidad de extracción del crudo. Baste recordar que excepto el sistema eléctrico que puede alimentarse de diferentes fuentes de energía, el transporte mundial y local -básicos para el comercio y la producción- y la maquinaria industrial móvil se basan en la combustión de derivados refinados del petróleo. No es exagerado, por tanto, augurar posibles crisis financieras y económicas con ataques al empleo y a los derechos sociales de los trabajadores.

Con todo, es posible que antes de ver los anteriores efectos, estemos ya ante los efectos aún más devastadores e inmediatos producidos por el calentamiento global originado por el modelo productivo y de transporte. Tanto Federico Velázquez de Castro en “25 preguntas sobre el cambio climático. Conceptos básicos del efecto invernadero y del cambio climático”, como los autores de “Cambio global. Impacto de la actividad humana sobre el sistema Tierra” publicado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) nos sitúan ante una realidad gravísima que requiere soluciones urgentes. Situación que ha sido documentada por el Panel Internacional para el Cambio Climático (IPCC), foro científico que analiza los escenarios del cambio climático.

La agricultura, la industria, la construcción y el turismo tienen un talón de Aquiles con las modificaciones climáticas. Fenómenos como el tsunami, ya han causado la pérdida de miles de vidas humanas, pero también de riqueza y de cientos de miles de puestos de trabajo. De no cambiar la tendencia, podemos, como señala el denominado Informe Stern, La economía del Cambio Climático, situarnos en un escenario de descenso radical y acelerado del PIB mundial. Cuestión particularmente grave para las masas populares de los países pobres, pero que alcanzará a todos los pueblos y puede hacer desaparecer derechos sociales conquistados por la clase obrera en los países industrializados. Las medidas de adaptación y mitigación se hacen urgentes. Mientras tanto los gobiernos siguen sumidos en irresponsables negativas de la realidad (con EEUU a la cabeza) o en debates bizantinos y rácanos sobre la aplicación de las insuficientes pero imprescindibles medidas contempladas por el Protocolo de Kyoto.

¿Qué hacer? Algunos resucitan las centrales nucleares como panacea. Sigue siendo una solución peligrosa (accidentes, ataques terroristas a instalaciones, residuos radioactivos), inviable pues se necesitaría construir 4.500 reactores antes del 2030 (uno cada dos días) para sustituir al petróleo en algunos de sus usos energéticos, cara por lo que los inversores no se animan sin el concurso de los estados y que se colapsaría rápidamente pues en 15 años terminaría con las reservas de uranio que al ritmo actual de extracción tienen un horizonte entre 50 y 100 años.

La solución debe combinar, junto a medidas de ahorro y eficiencia energética, una apuesta decidida por las energías renovables para la producción de electricidad con el uso de biocombustibles (bioetanol y biodiésel) y el desarrollo de tecnologías como la propuesta por Jeremy Rifkin en “La economía del hidrógeno”, alternativa que Antonio Ruiz de Elvira, miembro de Científicos por el Medio Ambiente (CIMA), califica de solución para el transporte generadora de gran cantidad de empleo de calidad. Será también imprescindible -dadas algunas limitaciones técnicas de la producción de electricidad, intensidad de penetración en la red, acumulación, etc. de las energías renovables- desarrollar tecnologías y procesos que requieran menor intensidad energética.

Lo que hoy se tambalea con el modelo energético es el modelo de producción pero también posibilita el cuestionamiento del modelo civilizatorio depredador y la crítica del sistema social y económico al que sirven, el capitalismo. Ante esto se abren nuevos e importantes retos para la izquierda anticapitalista que deberá impulsar urgentemente vías de lucha y resistencia, pero también alternativas programáticas y propuestas estratégicas globales con escasos recursos políticos y teóricos en su haber tradicional.

 
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concepció&disseny: miquel garcia "esranxer@yahoo.es"