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diumenge 16 de setembre de 2007
Atajar el cambio climático requiere acciones inmediatas y drásticas que sobrepasan el trivial tratado de Kyoto y la necesaria acción individual
Cambio climático, comunicación y mercado
Joâo Pedro Stedile

Le ruego que no me hable del tiempo, Mr. Worthing. Cuando la gente me habla del tiempo estoy totalmente segura de que quieren decir otra cosa, y eso me pone intranquila -La Importancia de llamarse Ernesto, Acto 1, Oscar Wilde.

Por fin el problema del cambio climático ha llegado a las agendas de los medios de comunicación, de las corporaciones y de la clase política. Desde hace unos años, este tridente hegemónico ha pasado de denostar estudios científicos fiables a volverse verde y abrazar la Responsabilidad Social Corporativa (RSC). La evidencia de la gravedad de las consecuencias del calentamiento global no deja otra opción: hay que ponerse el condón ecologista y sacar provecho.

A pesar de la nueva conciencia ecológica las emisiones de gases invernadero siguen aumentando cada año y si no modificamos nuestro modelo de desarrollo seguirán haciéndolo dramáticamente. Según un estudio del Grupo Interministerial de Estudio del Clima (GIEC), en 2005 la concentración de CO2 en la atmósfera alcanzó la cifra inaudita de 380 ppm (partes por millón) -unos 150 años antes era de 270 ppm- y de seguir con el actual ritmo de crecimiento, llegaríamos al umbral crítico de 400-450 ppm en un plazo de 10 a 25 años. Esto es lógico que suceda cuando lo importante no es cuidar el medio ambiente sino comunicarlo adecuadamente, se haga o no. Como dijo el director de Chevrolet Ed Pepper, “Volverse verde nunca ha quedado tan bien”.

La pregunta que debemos realizarnos es en qué consiste está nueva conciencia ecológica corporativa y cómo desvía la atención de las causas y las soluciones.

Los medios

El patrón general en los medios de comunicación es atribuir el cambio climático al “Hombre”. Por ejemplo, en el artículo “2.500 científícos prevén nuevas olas de calor, deshielos y subidas del nivel del mar” (1) de El País se repite hasta un total de once veces que el hombre (o la actividad humana) es el causante, sin ningún matiz. Es decir, que todos, como individuos, somos igual de culpables. Esto supone borrar la relación entre el aumento de gases invernadero y nuestro modelo de desarrollo capitalista basado en la necesidad de maximizar el beneficio a través de una elevada productividad y de un consumo masivo. Las grandes multinacionales del petróleo o del carbón que tanto se han beneficiado de la destrucción del planeta tampoco son las causantes, sino el Hombre en abstracto, ricos y pobres por igual. Además de hipócrita, resulta realmente peligroso que los medios de comunicación se atribuyan credenciales verdes cuando omiten la obvia contradicción entre la sostenibilidad del planeta y un sistema que devora recursos naturales de forma salvaje para poder procrearse.

Otra paradoja es que mientras muestran su preocupación por el cambio climático, los medios siguen fomentando el consumismo de masas a través de la publicidad. Como opina el periodista de investigación Andy Rowell:

"La publicidad asegura a la gente que está bien comprar y consumir. Proporciona una red de seguridad que hace aceptable el consumo. Esto es importante porque los medios son a menudo ventanas a través de las cuales vemos el mundo. Si abrimos un periódico y vemos coches veloces hace aceptable conducir uno, si vemos vuelos baratos hace aceptable que nos subamos a uno” (2).

Estas dos paradojas son inevitables con el actual modelo mediático corporativo ya que si no incurriesen en ellas estarían tirándose piedras sobre su propio tejado: los medios sólo pueden sobrevivir a través de la publicidad de otras empresas, por lo que deben mostrarles su simpatía. Eso no significa que no exista la crítica, sino que está muy restringida. Ya se sabe: el que paga manda. Algunos periodistas valientes han sufrido las consecuencias de atreverse a sacar los pies del tiesto. Por ejemplo, hace unos años, The Guardian publicó unos artículos críticos con Ford lo que provocó un alud de cartas de distintas multinacionales al diario pidiendo que despidieran a varios periodistas. De manera similar, según informó David Edwards, “En 1999, British Telecom amenazó con retirar su publicidad del Daily Telegraph después de una serie de artículos críticos. El periodista responsable fue suspendido”. Edwards añadía que, “...en un estudio estadounidense de 1992, englobando a 150 redactores de noticias, un 90 por ciento dijo que los anunciadores trataban de interferir con el contenido de los periódicos, y un 70 por ciento que trataban de eliminar por completo informaciones noticiosas” (3).

Con este panorama, lo más habitual es que los periodistas, por su propia cuenta, decidan qué conviene publicar y qué no. Por ejemplo, en una encuesta realizada por el Pew Research Center y la Columbia Journalism Review a 287 periodistas y editores estadounidenses, el 41% afirmaba haber evitado publicar noticias -o haberlas suavizado- para beneficiar los intereses de su grupo mediático (4).

El colaboracionismo mediático no se da sólo por la publicación de anuncios, la omisión de las actividades contaminantes de las corporaciones (y de sus esfuerzos para negar el cambio climático), y el silencio sobre las consecuencias del modelo de desarrollo capitalista, sino también a través de la publicity, es decir artículos favorables teóricamente no pagados que podemos encontrar en la prensa a menudo.

Según el observatorio de medios estadounidense Fairness and Accuracy in Reporting (FAIR), en un especial de la revista Time titulado “El futuro de la energía” que trataba sobre las posibles alternativas al petróleo, además de ir acompañado de anuncios a toda página de la BP, uno de los artículos describía la compañía como una de las más innovadoras en la cuestión energética y ecológica (5). He elegido este caso por ser muy obvio, pero es bastante habitual en la prensa hacer pasar publicidad por información y lo mismo sucede con la propaganda que cuestiona el cambio climático: Según el periodista medioambiental George Monbiot los medios fracasan rutinariamente en revelar las fuentes de financiación cuando entrevistan a miembros de lobbies sobre el calentamiento global. Por ejemplo, indica que la BBC ha permitido frecuentemente al director ejecutivo de Internacional Policy Network Julian Morris presentar sus argumentos sin desvelar sus patrocinadores que incluyen grandes multinacionales como Exxon que ha donado hasta la fecha $295.000 (6).

Las corporaciones

El caso Exxon

Desde hace unos años la compañía petrolífera Exxon Mobil, la corporación más rica del mundo con unos beneficios de $39.5 mil millones en 2006, está llevando a cabo una campaña multimillonaria para presentarse ante el público como ecológicamente responsable. Además de adoptar tácticas de relaciones publicas como conseguir publicity y entrevistas en los medios de comunicación internacionales más influyentes, ha publicado anuncios en los que afirma haber desarrollado motores y combustibles que mejoran en un 30% el ahorro energético y disminuyen considerablemente la emisión de gases contaminantes.

Al contrario de lo que predican, sus actos dañan el medio ambiente. De hecho, el poderoso lobby National Association of Manufacturers, del que es miembro Exxon, agradeció a Bush que no firmase el tímido tratado de Kyoto (que contempla una reducción en la emisión de carbono del 5.2% mientras que el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) advierte de la necesidad de una reducción del 60% por debajo de los niveles de 1990). Según un informe de la Union of Concerned Scientists (UCS) (7), Exxon ha financiado con $16 millones a 43 organizaciones y lobbies que tienen como objetivo negar que el cambio climático sea una realidad para tratar de retrasar las acciones para abordarlo. El cuerpo académico más prestigioso en Gran Bretaña, la Royal Society, incluso escribió una carta a Exxon (8) hace un año instando a los directivos a que dejasen de financiar a grupos que tratan de minusvalorar la credibilidad del consenso científico sobre el cambio climático. Además, según indica el informe de la UCS, Exxon ha utilizado las mismas tácticas cínicas de desinformación para crear confusión sobre la evidencia científica del cambio climático que la industria tabacalera empleó para negar que el tabaco causa cáncer. Las tácticas han sido variadas y se han utilizado diferentes soportes para tratar de llegar a distintos públicos, a menudo sin que éstos conociesen la fuente original. Por ejemplo, el Wall Street Journal (8) reveló que el video de dibujos animados “Al Gore’s Penguin Army” en You Tube (http://www.youtube.com/watch?v=IZSqXUSwHRI) mofándose de la película de Al Gore y de la evidencia de las consecuencias del cambio climático resultó haber sido creado por DCI Group, una agencia de relaciones públicas ligada a Exxon y al Partido Republicano.

Entre los grupos a los que financia -junto a otras compañías- se encuentran El American Enterprise Institute (AEI) y el Competitive Enterprise Institute (CEI). El primero es un think tank neoconservador ligado a la Casa Blanca que pagó $10.000 dólares a científicos y economistas de Europa y América para que cuestionasen la validez del informe del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático. El segundo, realizó un spot televisivos que mostraba unos árboles inhalando CO2 y una niña soplando (exhalando CO2) sobre un diente de león. El eslogan era “Dioxido de carbono: ellos lo llaman contaminación, nosotros lo llamamos vida”.

Exxon Mobil, ¿una rotten apple (manzana podrida)?

Ejemplos como el de Exxon son calificado por los liberales como una manzana podrida, un caso aislado que no es representativo del sector corporativo. Sin embargo, aunque es uno de los ejemplos más extremos, si analizásemos la conducta de la mayoría de multinacionales llegaríamos a la conclusión de que el discurso verde o social va acompañado la mayor parte de las veces por actividades turbias.

La British Petroleum (BP) invierte alrededor del 75% de su presupuesto publicitario en publicidad verde. En lugar de invertir ese dinero en seguridad o investigación en energías más limpias, la compañía prefiere los grandes gestos, la comunicación, es decir adscribirse a la ideología ecologista-capitalista de logotipo e imagen pero no de acción.

Así, en 2005, tras una explosión en una de sus refinerías que mató a 15 personas e hirió a otras 170, el Presidente John Browne se dirigió a James Baker (el mismo que el del informe Baker-Hamilton sobre Irak) en busca de consejo. En su informe, el siempre moderado Baker determinó que “la dirección de BP no destinó suficiente dinero ni esfuerzo para asegurar la seguridad de sus refinerías...los presupuestos eran inadecuados y se le exigía al personal demasiado trabajo” (10). Añadía que “la mayoría de compañías petroleras americanas probablemente toleraban fallos de seguridad similares”. Poco importó el informe ya que, desde el accidente, BP ha sufrido sucesivos desastres. El año pasado, por ejemplo, se produjeron goteos en varios de sus oleoductos en Alaska. A estos accidentes hay que añadir las numerosas acusaciones de violaciones de derechos humanos por parte de BP en países en vías de desarrollo.

Hay casos muy similares de centenares de empresas que se hacen pasar por socialmente responsables, pero cuyo servicio a la sociedad y al medioambiente es más que cuestionable, tanto en el sector energético (ver por ejemplo Repsol) como en otros sectores (ver por ejemplo Bancos y armas).

¿El mercado nos salvará?

El lavado verde y la Responsabilidad Social Corporativa (RSC) surgieron como respuesta a campañas anti-corporativas de grupos activistas que dañaron la imagen de grandes multinacionales. El resultado ha sido que las corporaciones se han presentado al público como empresas “con conciencia” que generan bienestar social. No obstante, aunque se han producido importantes cambios en la imagen, la sustancia ha permanecido inalterada. Sería incorrecto, o insuficiente, decir que esto es así porque las corporaciones han seguido actuando de la misma manera, sino más bien porque las corporaciones siguen siendo lo que siempre han sido. Es decir, no debemos centrarnos tanto en lo que hacen sino en lo que son: esencialmente, entidades verticales con un poder superior a cualquier otro que no ha sido otorgado democráticamente, y de una naturaleza destructiva por estar obligadas legalmente a maximizar el beneficio y defender sus intereses, subordinando así cualquier otra consideración al provecho económico. Atendiendo a estas características intrínsecas de las corporaciones privadas, Robert Hare, un psicólogo y consultor del FBI, concluye en el documental The Corporation que las corporaciones tienen una naturaleza psicopática (despreocupación por los demás, falsedad interesada, incapacidad de sentir culpa, inmoralidad, etc.).

Las corporaciones solamente son socialmente responsables si esto les reporta beneficios, pero por su naturaleza, el daño que causen siempre será mayor que el que puedan aliviar. Para las corporaciones los problemas medioambientales y sociales no son más que una oportunidad de ventaja competitiva. La RSC pues, no es un camino plausible hacia la conservación del medioambiente ni hacia la justicia social y económica. Es más, enmascara las verdaderas consecuencias del capitalismo corporativo y evita la consecución de soluciones reales como la necesaria regulación. Un informe de Corporate Watch (11) concluye que:

La RSC es una estrategia efectiva para: reforzar la imagen pública de las compañías, evitar regulación, ganar legitimidad y acceso a mercados y a la toma de decisiones, y conseguir apoyo para la privatización de las funciones públicas. La RSC permite a las empresas proponer soluciones inefectivas y voluntarias basadas en el mercado para aliviar las crisis sociales y medioambientales bajo el disfraz de la responsabilidad. Esto desvía la culpa de los problemas causados por las operaciones corporativas y protege los intereses de las compañías mientras obstaculiza los esfuerzos para abordar las causas de raíz de la injusticia social y medioambiental”.

La mayoría de las críticas a las corporaciones, sobretodo por parte de ecologistas y ONGs, se centran en sus actividades nocivas, pero la ausencia de análisis sobre los mismos conceptos de corporación y RSC está llevando a su legitimación y a la corporativización del ecologismo. Por una parte, este triunfo ideológico y retórico del capitalismo de rostro humano está borrando las implicaciones políticas y económicas del problema del cambio climático que tanto daño le podrían hacer. Por otro, está orientando las soluciones hacia el mercado permitiendo a las corporaciones aumentar su poder y beneficios. Como en tantas otras ocasiones, se está creando una cortina de humo, en este caso verde, para que el sistema siga legitimándose en las mentes de los ciudadanos y la élite mantenga sus beneficios.

Atajar el cambio climático requiere acciones inmediatas y drásticas que sobrepasan el trivial tratado de Kyoto y la necesaria acción individual. Sin embargo, las respuestas que el mercado está ofreciendo están lejos de ser soluciones viables realmente concebidas para girar hacia el desarrollo sostenible: la promoción del consumo de supuestos “productos ecológicos” -en lugar de la promoción de consumir menos-; el desarrollo de la energía nuclear -que sigue presentando numerosos problemas y es la fuente de energía menos popular entre los ciudadanos europeos según un reciente informe del Eurobarómetro-; el uso de cultivos como el maíz y la caña de azúcar para producir etanol -en lugar de cubrir necesidades alimentarias-, duramente criticado incluso por la ONU; el comercio de emisiones de CO2 -que, esencialmente concede el derecho a contaminar a quien tenga dinero-; etc...

Igual que al personaje Gwendolen de Oscar Wilde, que me hablen del tiempo también me pone intranquilo porque cuando escucho a los medios de comunicación, a las multinacionales y a los políticos preocupándose por el cambio climático, sé que realmente están hablando de beneficios económicos y de mantener sus privilegios.

Notas:

(1) El País, “2.500 científícos prevén nuevas olas de calor, deshielos y subidas del nivel del mar”, 26/12/2006.

(2) EDWARDS, David y CROMMWELLl, David, MediaLens, “Monbiot exchange on climate, media and advertising”, 02/07/2007.

(3) EDWARDS, David, Zmag, El modelo de propaganda: una perspectiva”, 2002. (4) The Pew Research Center, “Self Censorship: How Often and Why”, 30/03/2000. http://people-press.org/reports/display.php3?ReportID=39

(5) FAIR, “Fear & Favor 2005 — The Sixth Annual Report”, Marzo 2006.

(6) PR Watch, “Unmasking Fossil Fuel Lobby Groups”, 27/09/2006.

(7) Union of Concerned Scientists, “Scientists’ Report Documents ExxonMobil’s Tobacco-like Disinformation Campaign on Global Warming Science”, 03/01/2007.

(8) The Guardian, “Royal Society tells Exxon: stop funding climate change denial”, 20/09/2006.

(9) The Wall Street Journal, “Where Did That Video Spoofing Gore’s Film Come From?” 03/08/2006.

(10) The Economist, “Paying the price”, 18/01/2007.

(11) Corporate Watch, “What’s Wrong with Corporate Social Responsibility?”, 2006.



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Cambio climático, comunicación y mercado
24 de setembre de 2007, per  Espai Alternatiu P.V.

Una crisis ecológica que amenaza la supervivencia de la especie - Espai Alternatiu P.V.

El cambio climático, consecuencia de la emisión de gases de efecto invernadero procedentes de la combustión de combustibles fósiles y de la gestión de la tierra (deforestación, agricultura intensiva, mala gestión de los suelos...), es uno de los principales síntomas que muestran la magnitud de la crisis ecológica global contemporánea. Sus efectos se dejan sentir no sólo ya por la proliferación de desastres naturales, sino también, en los países europeos, por crecientes alteraciones climáticas como el aumento de la temperatura media de la tierra y el mar, las olas de calor y las lluvias torrenciales se alternan y las sequías son más prolongadas. Los datos disponibles señalan que la humanidad necesita reducir antes del año 2050 un 60% de las emisiones de gases de efecto invernadero a fin de evitar un desajuste general del sistema climático del planeta de consecuencias incalculables,y señalan también las claras insuficiencias del Protocolo de Kioto. Las medidas necesarias para combatir el cambio climático afectan directamente a la organización de la producción, y no pueden ser medidas que pretendan dar un barniz “verde” al capitalismo. Requieren una profunda reconversión ecológica de la economía y son incompatibles con la lógica depredadora del capitalismo neoliberal y su búsqueda incesante del beneficio y el aumento de la competitividad.

El encadenamiento de diversas catástrofes “naturales” en el año 2005, como el tsunami, el terremoto en Pakistán y el huracán Katrina en Nueva Orleans, mostró la dimensión actual de la crisis ecológica global y sus efectos. La extensión de estas catástrofes y la gran variedad de cuestiones políticas que suscitan ponen de relieve que en el futuro inme-diato los efectos de la crisis ecológica global afectarán de forma creciente a la vida política, económica y social del planeta. El vínculo entre crisis ecológica y capitalismo neoliberal ha quedado de manifiesto en el impacto de estas catástrofes naturales, las políticas de emergencia aplicadas, claramente insuficientes, y las políticas de reconstrucción impulsadas, que privilegian los intereses económicos de sectores como el turismo, en el caso del tsunami, por encima de las necesidades de la población afectada. La respuesta -por su ausencia- clasista y racista del gobierno norteamericano después del Katrina, ante una población pobre y negra que sufría las consecuencias y una población con recursos que había huido por sus propios medios antes de la llegada del huracan, fue un ejemplo claro del vínculo entre crisis ecológica y social y de las reivindicaciones ecologistas y la lucha anticapitalista. En términos de clase, las que más sufren la degradación ecológica son los/las desposeídos/as.

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El cambio climático, consecuencia de la emisión de gases de efecto invernadero procedentes de la combustión de combustibles fósiles y de la gestión de la tierra (deforestación, agricultura intensiva, mala gestión de los suelos...), es uno de los principales síntomas que muestran la magnitud de la crisis ecológica global contemporánea. Sus efectos se dejan sentir no sólo ya por la proliferación de desastres naturales, sino también, en los países europeos, por crecientes alteraciones climáticas como el aumento de la temperatura media de la tierra y el mar, las olas de calor y las lluvias torrenciales se alternan y las sequías son más prolongadas. Los datos disponibles señalan que la humanidad necesita reducir antes del año 2050 un 60% de las emisiones de gases de efecto invernadero a fin de evitar un desajuste general del sistema climático del planeta de consecuencias incalculables,y señalan también las claras insuficiencias del Protocolo de Kioto. Las medidas necesarias para combatir el cambio climático afectan directamente a la organización de la producción, y no pueden ser medidas que pretendan dar un barniz “verde” al capitalismo. Requieren una profunda reconversión ecológica de la economía y son incompatibles con la lógica depredadora del capitalismo neoliberal y su búsqueda incesante del beneficio y el aumento de la competitividad.

El encadenamiento de diversas catástrofes “naturales” en el año 2005, como el tsunami, el terremoto en Pakistán y el huracán Katrina en Nueva Orleans, mostró la dimensión actual de la crisis ecológica global y sus efectos. La extensión de estas catástrofes y la gran variedad de cuestiones políticas que suscitan ponen de relieve que en el futuro inme-diato los efectos de la crisis ecológica global afectarán de forma creciente a la vida política, económica y social del planeta. El vínculo entre crisis ecológica y capitalismo neoliberal ha quedado de manifiesto en el impacto de estas catástrofes naturales, las políticas de emergencia aplicadas, claramente insuficientes, y las políticas de reconstrucción impulsadas, que privilegian los intereses económicos de sectores como el turismo, en el caso del tsunami, por encima de las necesidades de la población afectada. La respuesta -por su ausencia- clasista y racista del gobierno norteamericano después del Katrina, ante una población pobre y negra que sufría las consecuencias y una población con recursos que había huido por sus propios medios antes de la llegada del huracan, fue un ejemplo claro del vínculo entre crisis ecológica y social y de las reivindicaciones ecologistas y la lucha anticapitalista. En términos de clase, las que más sufren la degradación ecológica son los/las desposeídos/as.

 
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