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diumenge 28 d'octubre de 2007
Presentación de las versiones castellana y catalana de
"La doctrina del shock"
Naomí Klein
per  Antoni Domènech

Me resulta muy grato estar hoy aquí con todos ustedes presentando las versiones castellana y catalana del último libro de Naomi Klein, y agradezco a la editorial Paidós, a la editorial Empúries y al Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona y particularmente a su director, Josep Ramoneda, que me hayan invitado a hacerlo junto con la autora.

Naomi Klein es suficientemente conocida en cualquier parte, también, claro está, en Barcelona, y ya se comprende que sería ocioso entrar aquí en detalles de su biografía como investigadora, como publicista y como activista política, que todas estos rasgos, y acaso más, reúne nuestra joven invitada de esta noche.

Me limitaré, pues, a recordar que esta precoz periodista canadiense se hizo mundialmente famosa con el libro No-logo. El poder de las marcas (publicado en inglés en 2000), un verdadero bestseller internacional, traducido a cerca de 30 lenguas y con ventas superiores al millón de ejemplares. En una época como la nuestra, en que las fuentes y los principales flujos de información política, económica, social e intelectual están controlados por menos de una docena de grandes empresas transnacionales de medios de comunicación, los artículos de Naomi Klein en diversas revistas de izquierda alternativa, y señaladamente la norteamericana The Nation, se han convertido en puntos de referencia cotidianos para quienes quieren informarse de verdad. Ysus libros y ensayos, resultado siempre de laboriosa y escrupulosa investigación periodística -en el sentido más noble de este concepto, hoy desgraciadamente marchito-, se han trocado en armas, no sólo demoledoras de la apabullante manipulación propagandística del llamado "pensamiento único", sino provocadoras de honda reflexión para quienes no se resignan a dejar de entender lo que pasa en el mundo, y no digamos para quienes no han rendido la voluntad de resistir y combatir por una vida política y económica más libre y más justa. Una vida política y económica democrática y socialista, por decirlo con esta americana que se proclama sin reservas una socialista democrática, ahora que en Europa, provincianamente obnubilados por el Partido Demócrata estadounidense, tantos parecen querer enterrar el socialismo y todas las tradiciones políticas y culturales del movimiento obrero -que, hay que recordarlo, trajo a Europa el sufragio universal y los regímenes parlamentarios a partir de 1918-.

Del libro que hoy presentamos, yo querría destacar sobre todo tres cosas.

En primer lugar, Naomi Klein pertenece a, y a mi me parece muy representativa de, una nueva generación de la izquierda, y en pocas cosas se ve eso tan claramente como en el hecho de que su libro esté completamente libre tanto de la estéril escolástica doctrinaria que desgraciadamente arruinó a buena parte del pensamiento de la izquierda de mi generación (los soissantehuitards), como de la espectacular degradación de la izquierda académica tras la gran derrota del 68, y su consiguiente encapsulamiento, entre idiota y narcisista, que la llevó del esquematismo cansino de las verdades demasiado fácilmente absolutizadas a un "post-modernismo", conforme al cual las verdades ni siquiera existían y las "grandes narrativas" -ya me perdonaréis por un momento la mimetización léxica-, capaces de hacer inteligible la evolución de la vida social y política, se habrían acabado para siempre. Por contra, se ve en cuanto uno se asoma al libro, con un estilo terso y expedito, ávido de datos y hechos comprobables, Naomi Klein intenta perseguir tenazmente la verdad, y la Doctrina del shock, con técnicas periodísticas sumamente atractivas, se puede precisamente entender como una "narración" coherente -y a menudo harto convincente- del triunfo político del neoliberalismo y de lo que ella llama "capitalismo del desastre": el regreso, impulsado de manera conscientemente política, a modo de auténtica contrarreforma, del tipo de economía, de política y de geopolítica del capitalismo catastrófico de la belle époque anterior a 1914.

No es poca cosa, en segundo lugar, que, lejos de los eufemismos -o de los disfemismos- que han ido imponiendo la censura y la autocensura de las últimas décadas ("globalización", "economía de mercado", "era de la información", etc.), el libro recupere, ya desde el subtítulo, la palabra tabú, la bicha, que se dice en castellano castizamente popular: "capitalismo". De manera estupendamente leedera, la Doctrina del shock deshace la leyenda, digamos apolítica, según la cual la llamada "globalización" sería el resultado de fuerzas poco menos que naturales e incontrolables, frente a las cuales no cabría sino la estupefacta resignación, lo mismo da si celebratoria o alarmada. Con un nervio narrativo digno de la espléndida escritora y periodista que es, Naomi Klein muestra de manera fehaciente que la época económica y política en que vivimos, la que ella llama del capitalismo del desastre, es resultado de un acúmulo de decisiones de todo punto políticas destinadas a hacer, como ha dicho agudamente hace poco el historiador marxista californiano Robert Brenner, un roll back político del entero siglo XX, es decir: destinadas a borrar del mapa de la historia las múltiples huellas -revolucionarias y reformistas- con que han marcado el siglo XX el movimiento obrero socialista internacional y los nacionalismos anticolonialistas.

En tercer lugar, y acaso sea este el aspecto más notable de su investigación, Naomi Klein hace añicos el mito, tan divulgado por los medios del establishment y por sus distintos peritos en legitimación -expertos, pseudoexpertos y la legión de intelectuales mercenarios, prêts à penser et prêts à changer-, de que la "globalización" ha venido de manera pacífica y "natural". Se hace por momentos soberbia, aquí, su narración, que ilustra de manera apabullante y aun acongojante el grado de violencia inaudita que ha sido necesaria -y que sigue siéndolo- para imponer a los pueblos lo que manifiestamente los pueblos no querían, ni quieren: una contrarreforma -reprivatizadora, redesreguladora y antisocial- del capitalismo a escala planetaria. Violencia en forma de tortura, de terrorismo de Estado; violencia en forma de guerras de rapiña neocolonial, violencia contra la voluntad popular en forma de ataques, abiertos o encubiertos, a la democracia. Y violencia también más "estructural", menos "diseñada", pero no menos devastadora y descorazonadora: pues las oleadas migratorias causadas por las políticas de ajuste impuestas a los países del Tercer Mundo por el FMI y el Banco Mundial desde los 80 se pueden comparar sin avilantez con las tormentas demográficas originadas por las grandes catástrofes bélicas de la historia. Naomi Klein dice con razón en su libro que el capitalismo del desastre nació en Sudamérica en la primera mitad del los 70, y muestra con detalle y abundancia de datos que el tiro de salida fue el golpe de Estado contra el gobierno socialista democrático de Allende en Chile, y luego, los golpes militares en Argentina, Uruguay y Brasil, que dieron paso a gobiernos militares asesorados por economistas neoliberales de la escuela de Chicago.

Y aún cabría referirse a otro tipo de violencia, a la violencia verbal de los diz-que-intelectuales del nuevo statu quo. Naomi Klein no habla mucho de eso en su libro, pero la Doctrina del shock, tan reciente, ha empezado a sufrir ya las consecuencias de esa violencia, por ejemplo, en forma de reseña hace unos pocos días por parte del editor británico del Financial Times, John Willman, que ha dicho que su investigación es "deshonesta". Esa pequeña violencia verbal de alguien que, quieras que no, está obligado a la mínima ecuanimidad que exige un medio que no se propone la agitación demagógica, sino la difusión de información veraz entre las gentes de viso del establishment, no es nada comparada con la de los verdaderos peritos en legitimación del desastre, una violencia verbal de la que aquí, en España, tenemos muestras paradigmáticas cotidianas en medios como la COPE o el diario El Mundo, y otros de villanía acaso menos soez. Por razones que, no ya la lectura, sino aun la existencia misma de este libro, pueden contribuir a iluminar, se puede aventurar que esa violencia verbal tiene un gran futuro. Hace una década, el triunfo de la contrarreforma capitalista parecía incontestable, y los insultos a cualquier cosa que oliera a izquierda estaban más cargados de suficiencia displicentemente dandista, por grosera que fuera (basta recordar el necio Idiota latinoamericano de Vargas Llosa Jr.), que de la descompuesta insidia rencorosa de quien en poco tiempo ha perdido el confort de las seguridades (véase el nuevo Idiota latinoamericano del mismo junior, así como el prólogo del senior). Fácil pronóstico: caerá sobre este libro, y me temo que también sobre su gentil autora, una interminable colección de insultos y perfidias, lálicas y gráficas. Precisamente por eso: porque es un libro que, hace sólo 10 años, habría sido, claro es, posible escribir, pero difícilmente publicar, y no digamos vender en grandes tiradas por el mundo entero, y menos aún lograr, como hoy, presentarlo convocando a tanta gente, incluidos los medios de comunicación locales más respetables y comme il faut. Análogamente, diez años atrás tampoco habría resultado imaginable que el continente en el que, según nuestra invitada de esta noche, empezó su catastrófica andadura el capitalismo del desastre -el Cono Sur de la América latina- sería el primero en levantarse y hacerle frente con una oleada democrático-socialista que en pocos años ha puesto en pie políticamente -en Venezuela, en Brasil, en Bolivia o en el Ecuador- a los pobres y a las poblaciones inveteradamente excluidas de lo que el gran peruano universal José Carlos Mariátegui llamó "falsas Repúblicas", fundadas, tras la Independencia, en la exclusión de las mayorías indoamericanas. También ellos, huelga decirlo -comenzando por el "moderado" Lula, el primer obrero industrial llegado a la presidencia de una República en todo el bicontinente americano- se llevan cada día una buena ración de insultos, de insidias difamatorias y de arbitrarias vejaciones por parte de los editorialistas y de muchos columnistas con afán de meritorios en nómina de medios de comunicación propiedad de las grandes empresas transnacionales de la "información".

Quiero acabar con una observación española sobre la tesis central del libro, y con una pregunta muy europea, más que una objeción, a su autora.

Naomi Klein sostiene que el "capitalismo del desastre" es un tipo de capitalismo que saca partido -y beneficios- de los desastres, o más precisamente, del shock que entre las poblaciones engendran los desastres (naturales, como el Tsunami de hace tres años en Sri Lanka, o la inundación de Nueva Orleáns de hace dos; o político-sociales, come el golpe de Estado que derrocó a Allende, o la guerra de la OTAN en los Balcanes comienzos de los 90, o la actual guerra en el Irak), saca partido -y beneficios- de todo ello, digo, para lograr promover a su vez políticas ultrarradicales de shok, favorables a la contrarreforma neoliberal. La autora habla poco de España en su libro, pero cabría decir aquí, ahora que se cumplen 25 años de la gran victoria electoral del PSOE de Felipe González, que encajaría muy bien con la tesis capital de su libro el giro espectacular hacia la derecha (en política económica, en la cuestión de la "OTAN, de entrada no", etc.) del primer gobierno socialista tras el desplome del franquismo. Se podría decir que ese giro a la derecha estuvo en buena medida propiciado también por un shock; el shock causado por el golpe de Estado fallido más exitoso de la historia contemporánea: el de Tejero, Milans del Bosch y Armada del 23 de febrero de 1981, un "asunto interno de España", según el entonces secretario de Estado de Reagan, el general Alexander Haig.

Hecha la observación española, la pregunta, digamos, europea. Tiene que ver con el futuro. Naomí Klein, ya va dicho, es partidaria de una reforma radicalmente democrática de la vida económica, social y política, y eso es lo que la hace sentirse una "socialista democrática". Dice en su libro cosas muy acertadas sobre Keynes y la reforma del capitalismo en un sentido social, una reforma contra la que ha reaccionado el "capitalismo del desastre", reestableciendo niveles de desigualdad e injusticia y grados de violencia que el mundo desconocía desde los años 20 del siglo pasado. Ahora bien; Keynes mismo predicó prácticamente en el desierto en el mundo de entreguerras. Las ideas reformistas de Keynes -tomémoslo aquí como símbolo emblemático de algo mucho más complicado- no empezaron a ponerse por obra, y parcial y timoratamente, sino después del shock más grande que seguramente ha experimentado el siglo XX, es decir, después de la trágica catástrofe de la II Guerra Mundial con prólogo español. Así pues, para imponer -parcialmente- una reforma más o menos moderada, capaz, si no de erradicar, sí, al menos, de mitigar las extremas desigualdades, la extrema voracidad colonial y el extremo belicismo del capitalismo desenfrenado clásico -que si no era todavía un capitalismo capaz de aprovechar a satisfacción los desastres, sí era ya muy capaz de engendrarlos-; para imponer una reforma dispuesta a enfrentarse seriamente al problema de la descolonización y provocar -como decía Keynes- la "eutanasia del rentista", acabando con lpeligrosa hegemonía del capital financiero especulativo característica de la belle époque; para conseguir cosas relativamente modestas como éstas, parece que fue necesaria la mayor catástrofe moral, política, económica, social y espiritual de la era contemporánea. Y la pregunta inevitable me temo que reza así: ¿podremos intentarlo de nuevo a un coste menor en el siglo XXI?

Antoni Domènech el editor general de SIN PERMISO

Traducción para www.sinpermiso.info: Ramona Sedeño

VIDEO + Info: Clica los enlaces: Blog David Segarra



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28 d'octubre de 2013, per  elmorevetw844

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Aguas negras del capitalismo
28 d'octubre de 2007, per  Jose Luis

por Manuel Castells La Vanguardia, 6 octubre 2007

La empresa Blackwater es paradigmática de una nueva forma de capitalismo. Recuerde: se trata de la empresa de seguridad a la que Estados Unidos subcontrata la protección de su embajada y altos funcionarios en Iraq. Son más de mil profesionales, en su mayoría procedentes de las fuerzas especiales y servicios de inteligencia. Y han sido causantes de numerosas muertes injustificadas de civiles iraquíes. Recientemente, mientras escoltaban un convoy diplomático y sin causa aparente, abrieron fuego indiscriminado y mataron e hirieron a decenas de civiles y destruyeron 14 vehículos.

Esa es la versión del Gobierno iraquí, grabada en vídeo, y también de los testigos presenciales. Versión que no acepta la embajada estadounidense, aunque ha abierto una investigación. Pero también el Congreso de Estados Unidos ha abierto una investigación cuyas primeras audiencias condenan las prácticas de Blackwater porque no es la primera vez que matan por matar. De hecho, tienen inmunidad asegurada mediante una orden especial firmada por Bremmer, el jefe de la ocupación estadounidense, el día antes de transferir la soberanía a Iraq, y la utilizan haciendo lo que quieren, sin control, y saliendo del país cuando surgen problemas. En las mismas condiciones están otros 20.000 agentes de seguridad privada de otras empresas que trabajan en Iraq. ¿Por qué Estados Unidos los defiende con tanto ahínco y, sobre todo, por qué los emplea? Se trata de la última frontera de la privatización: privatizar el ejército y la policía, lo que en la historia reciente era el dominio reservado del Estado. Y no es porque salga más barato.

Los agentes de Blackwater cobran 1.200 dólares al día, es decir 9 veces más de lo que cobra un sargento de las fuerzas especiales estadounidenses donde ellos trabajaban anteriormente. Indagando en las razones de este despilfarro entramos en un terreno tan escabroso como poco conocido. Por un lado, las agencias de seguridad privadas (y esto vale también para los guardas de muchas urbanizaciones en nuestro país) tienen muchos menos controles internos que las fuerzas públicas de seguridad. Son más flexibles y se prestan a misiones y actividades que el ejército no acepta, tanto por su profesionalidad como porque hay un sistema de justicia militar que actúa cuando hace falta. Por tanto, el propio Gobierno prefiere gastar más para escapar a los mecanismos de fiscalización legal. De hecho la contabilidad de los contratos con los subcontratistas privados en Iraq, desde la seguridad a la construcción y desde el mantenimiento de las infraestructuras hasta el catering para las tropas, es un área oscura de la que han surgido múltiples escándalos de corrupción en los últimos meses.

Y aquí aparece la segunda y más importante razón de la defensa de los subcontratistas de cualquier tipo: las enormes ganancias que estas empresas obtienen de la guerra. Y son empresas con vínculos directos con oficiales militares (algunos ya a juicio por corrupción) y con influyentes políticos, como es el caso del vicepresidente Cheney y la empresa Halliburton.

De modo que mientras la atención de todo el mundo estaba concentrada en el negocio del petróleo como factor explicativo de la guerra de Iraq, el mayor negocio es en realidad la guerra misma, aunque sea a costa de la ruina del contribuyente estadounidense (el costo de la guerra se acerca ya al billón - 12 ceros- de dólares, o sea aproximadamente un 10% del producto bruto de Estados Unidos).

Pero el paradigma al que me refiero tiene mayor calado. Noemi Klein acaba de publicar un libro polémico que ya ha recibido elogios de destacados analistas, incluyendo Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía y antiguo director económico del Banco Mundial. El libro, El ascenso del capitalismo del desastre, plantea una tesis inquietante a partir de una abundante documentación que incluye, entre otros casos, la guerra de Iraq y la destrucción de Nueva Orleans por el huracán Katrina.

Una forma de expansión del capitalismo, que necesita constantemente abrir nuevas oportunidades de negocio, es superar los límites impuestos por regulaciones estrictas heredadas de la historia e impuestas por la sociedad y la política: controles legales, derechos sociales, legislación medioambiental, planes de usos del suelo, normas de seguridad de las infraestructuras básicas y demás mecanismos de supeditación de la lógica del mercado a los valores de la sociedad. Por eso las situaciones de desastre, como guerras, catástrofes naturales o colapso político-institucional, abren nuevos campos de posibilidades, empezando desde cero, con nuevas reglas y con nuevas oportunidades de negocio para quienes se sitúan en estas nuevas fronteras libres de control institucional, mientras dura esa fase de transición. Y no se trata de anécdotas, sino de negocios gigantescos que representan una base de acumulación que se prolonga en la creación de nuevos imperios financieros.

Aunque no está en el libro de Klein tal fue, por ejemplo, mi observación de la formación de la nueva oligarquía capitalista rusa aprovechando la privatización masiva (de hecho, la expoliación sin control) de lo que era la riqueza pública (o sea toda) de Rusia durante la transición democrática. La reconstrucción de regiones devastadas en el mundo está plagada de apropiación de la ayuda internacional por burocracias corruptas. Tratar los problemas urbanos creados por la concentración de población en las áreas metropolitanas del mundo es un gran negocio para consultores y empresas de ingeniería y de obras públicas que pueden imponer sus condiciones más fácilmente cuando hay un terremoto, una epidemia o una explosión que obligan a los gobiernos a tomar medidas urgentes.

Las situaciones de emergencia autorizan gastos públicos de emergencia que crean mercados. O permiten la privatización de programas de salud, educación, infraestructuras o seguridad en una escala que no sería pensable en una situación normal. La idea no es que el capitalismo provoque catástrofes para medrar sino que, simplemente, medra con las catástrofes. Y, a veces, condiciona, encarece y perjudica, en aras de un beneficio privado inmediato, los procesos de reconstrucción que intentan paliar los dramas de nuestro tiempo.

Manuel Castells es sociólogo. Es el quinto intelectual más citado de Europa.

Resposta almissatge:

Los periodistas financieros han atacado mi libro, y sin embargo, yo mantengo mi devoción por sus artículos. Después de todo, son los que me han proporcionado los hechos que utilizo.

En una reciente visita a Calgary, Alberta, me impactó ver mi libro sobre el capitalismo del desastre vendiéndose rápidamente en el aeropuerto. Calgary es la zona cero del boom norteamericano de gas y petróleo donde los trajes y los sombreros de cowboy son el uniforme de facto. Tuve de repente un mal presentimiento: ¿Pensaría la clase empresarial de Calgary que La doctrina del shock era una guía para hacer millones de una catástrofe? ¿Estaban esperando las propinas de contratos sin subasta,silos EEUU bombardean Irán?

Cuando me inquieta la idea de haber promovido inadvertidamente el complejo del desastre, busco tranquilidad en la respuesta de que el libro ha provocado una reacción en los líderes mundiales del periodismo financiero. Ahí es donde he aprendido que la noción exacta del capitalismo de desastre es fruto de mi propio engaño, o que, como Otto Reich, antiguo consejero del presidente George Bush, declaró al noticiario de la BBC, se trata del trabajo de “una persona muy confundida”.

Muchas publicaciones han tenido a bien encargar la crítica de mi libro a periodistas financieros. ¿Por qué no? Los seguidores fanáticos del tardío evangelista del libre mercado Milton Friedman son nuestros primordiales proveedores de la idea de que los crecientes beneficios empresariales están relacionados con beneficios en forma de libertad y democracia que se extienden hacia los ciudadanos del mundo.

Por ejemplo, en el Times, el libro fue reseñado por Robert Cole, que escribe la columna del inversor en el periódico y es el autor del libro Getting Started in Unit and Investment Trusts (cuyo capítulo 7 se titula: “Cuestiones fiscales: cómo hacer más interesantes sus posibilidades”). Cole no se mostró demasiado interesado en la Doctrina del shock, que le resultó enojosa en tanto que “pataleta izquierdista fácil de olvidar”. En el New York Times, la tarea de explicar por qué “todo es una gran conspiración capitalista” le cayó a Tom Redburn, autor de su columna de análisis económico; “es demasiada carga sobre el pobre Milton”, se lamentaba Redbum.

Nadie se lo tomó tan mal como Terence Corcoran, el editor financiero del Canada’s National Post. El capitalismo de desastre es aparentemente mi “creación febril”. Y, ¿cómo pude decir tales cosas sobre Friedman? Un hombre al que Corcoran califica como “el último gran león de la economía de libre mercado”.

En el Financial Times, la imparcial disección corrió a cargo de John Willman, el editor financiero de la publicación en el Reino Unido (quien, dicho sea de paso, aboga en Inglaterra por pasar el coste médico a las familias y aumentar las matrículas educativas en Escocia). Willman califica el libro como “polémico”, y aconseja a los “lectores impresionables” a no dejarse apabullar por mis 60 páginas de notas finales. Mientras Cole dice que lo fío todo en “las elaboraciones partidistas de los artículos de prensa”, Willman me acusa de crimen mayor, y es a saber: confiar en los artículos del Financial Times: “Cita el Financial Times cuando le conviene, y no lo hace cuando no le conviene”.

Es cierto, cito el Financial Times cuando me conviene. La doctrina del shock cita al periódico 26 veces. Y esto es lo que más parece doler a los editores del mundo financiero: incluso cuando encuentran nuevas maneras de despreciarme, me mantengo devota lectora de sus páginas. Es evidente que los editores financieros deben promocionar el capitalismo. Sus reporteros, sin embargo, juegan un papel crucial en el mercado. Los inversores precisan de información confiable, y su trabajo consiste en ofrecerla. Sin esa información honrada, jamás habría yo llegado a entender cómo los programas de terapia económica de shock se apoyan en los desastres sobrevenidos, ¿y ahora debería aprender de esas mismas páginas que el capitalismo del desastre no existe?

Fue en el Finacial Times donde me enteré del llamado dilema de Davos. El columnista Martin Wolf lo describe como “el contraste entre la prosperidad de la economía mundial y la plétora de problemas políticos”. Explica que, en los años recientes, la economía se ha enfrentado a una serie de shocks - desde el crash de los punto.com, hasta el caos en Oriente Medio, pasando por el 11 de septiembre-, sin que el mercado dejara de estar en un “período áureo de enérgico crecimiento compartido”.

El Financial Times arroja un rayo de luz sobre el dilema de Davos. Por ejemplo, informó de que Lockheed Martin - el mayor beneficiario individual de la economía de desastre- ha empezado “a comprar compañías en el mercado de asistencia sanitaria por valor de un billón de dólares anuales”. Esto es sólo una imagen en la explosiva economía de desastre privatizado, con un Lockheed preparado no sólo para hacer dinero gracias a las armas, sino también con el tratamiento sanitario de los heridos: ¡tiempos, éstos, de mórbida integración vertical!

El Finacial Times ha explorado a fondo el modo en que los políticos aprovechan los desastres para impulsar políticas económicas no deseadas. En 1998, por ejemplo, este periódico publicó un artículo de Jeffrey Sachs mostrando la forma en que el FMI tomó como rehén a la democracia surcoreana suspendiendo un préstamo desesperadamente necesitado, hasta que todos los candidatos a la presidencia acordaron la redacción de un plan de austeridad extremadamente severo. Unos meses después, el Huracán Mitch devastaba la América Central. Supe, gracias al Financial Times, que, con los países todavía nadando entre escombros, los prestamistas extranjeros ya exigían privatizaciones.

En los primeros meses que siguieron al schock and awe del ataque de los EEUU sobre Irak, el Financial Times informaba del programa de terapia de shock del enviado de EEUU Paul Bremer. El documento fijaba las propósitos oficiales de “hacer de Irak una de las economías más abiertas en el mundo desarrollado e ir más allá incluso que la legislación de muchos países ricos”. Conciso resumen de cosas harto recurrentes.

Y sin embargo, ahora, tras tantos años de fructífera colaboración, el Financial Times dice que mis tesis son “a fin de cuentas, deshonestas”. Mas, por doloroso que ello resulte, yo me mantengo fiel a la honestidad informativa del Financial Times, que me ha sido de gran ayuda en le desarrollo de mi visión del mundo.

Yo desearía que el capitalismo de desastre no fuera sino un producto de mi enfermiza imaginación. He topado, sin embargo, recientemente con más evidencias que apoyan su existencia. Proceden de Paul B. Farrell, autor de publicaciones sensacionalistas como The millionaire code (El código del millonario) o The lazy’s persons guide to investing (Guía del inversor perezoso). “Un consejo: invierta en el ‘capitalismo del desastre’”. Así comienza su artículo en el Dow Jones Business News. Farell reconoce que una economía construida sobre el desastre “es asunto de importancia política. Pero, por el momento, dejemos a un lado la política partidista... miremos estrictamente como inversores y examinemos brevemente lo que también puede ser una guía para inversores agresivos”. Y éste, siguen otros muchos consejos sin cuento.

Justo lo que temía: La doctrina de shock como guía. Al final, sin embargo, Farell muestra algunas dudas: “¿es el ‘capitalismo de desastre’ una oportunidad de inversión a corto plazo para usted? ¿O es ésta una crisis nacional, una campanada de alerta, una llamada urgente a controlar las riendas de la mentalidad del complejo militar-industrial que lleva a los EEUU al desastre, a un futuro de autodestrucción?”.

¿Confusión moral en la prensa financiera? ¿De dónde se supone que debo sacar mis noticias ahora?

La prensa financiera y yo: un caso de amor no correspondido
7 de novembre de 2007, per  Naomi Klein

Los periodistas financieros han atacado mi libro, y sin embargo, yo mantengo mi devoción por sus artículos. Después de todo, son los que me han proporcionado los hechos que utilizo.

En una reciente visita a Calgary, Alberta, me impactó ver mi libro sobre el capitalismo del desastre vendiéndose rápidamente en el aeropuerto. Calgary es la zona cero del boom norteamericano de gas y petróleo donde los trajes y los sombreros de cowboy son el uniforme de facto. Tuve de repente un mal presentimiento: ¿Pensaría la clase empresarial de Calgary que La doctrina del shock era una guía para hacer millones de una catástrofe? ¿Estaban esperando las propinas de contratos sin subasta,silos EEUU bombardean Irán?

Cuando me inquieta la idea de haber promovido inadvertidamente el complejo del desastre, busco tranquilidad en la respuesta de que el libro ha provocado una reacción en los líderes mundiales del periodismo financiero. Ahí es donde he aprendido que la noción exacta del capitalismo de desastre es fruto de mi propio engaño, o que, como Otto Reich, antiguo consejero del presidente George Bush, declaró al noticiario de la BBC, se trata del trabajo de “una persona muy confundida”.

Muchas publicaciones han tenido a bien encargar la crítica de mi libro a periodistas financieros. ¿Por qué no? Los seguidores fanáticos del tardío evangelista del libre mercado Milton Friedman son nuestros primordiales proveedores de la idea de que los crecientes beneficios empresariales están relacionados con beneficios en forma de libertad y democracia que se extienden hacia los ciudadanos del mundo.

Por ejemplo, en el Times, el libro fue reseñado por Robert Cole, que escribe la columna del inversor en el periódico y es el autor del libro Getting Started in Unit and Investment Trusts (cuyo capítulo 7 se titula: “Cuestiones fiscales: cómo hacer más interesantes sus posibilidades”). Cole no se mostró demasiado interesado en la Doctrina del shock, que le resultó enojosa en tanto que “pataleta izquierdista fácil de olvidar”. En el New York Times, la tarea de explicar por qué “todo es una gran conspiración capitalista” le cayó a Tom Redburn, autor de su columna de análisis económico; “es demasiada carga sobre el pobre Milton”, se lamentaba Redbum.

Nadie se lo tomó tan mal como Terence Corcoran, el editor financiero del Canada’s National Post. El capitalismo de desastre es aparentemente mi “creación febril”. Y, ¿cómo pude decir tales cosas sobre Friedman? Un hombre al que Corcoran califica como “el último gran león de la economía de libre mercado”.

En el Financial Times, la imparcial disección corrió a cargo de John Willman, el editor financiero de la publicación en el Reino Unido (quien, dicho sea de paso, aboga en Inglaterra por pasar el coste médico a las familias y aumentar las matrículas educativas en Escocia). Willman califica el libro como “polémico”, y aconseja a los “lectores impresionables” a no dejarse apabullar por mis 60 páginas de notas finales. Mientras Cole dice que lo fío todo en “las elaboraciones partidistas de los artículos de prensa”, Willman me acusa de crimen mayor, y es a saber: confiar en los artículos del Financial Times: “Cita el Financial Times cuando le conviene, y no lo hace cuando no le conviene”.

Es cierto, cito el Financial Times cuando me conviene. La doctrina del shock cita al periódico 26 veces. Y esto es lo que más parece doler a los editores del mundo financiero: incluso cuando encuentran nuevas maneras de despreciarme, me mantengo devota lectora de sus páginas. Es evidente que los editores financieros deben promocionar el capitalismo. Sus reporteros, sin embargo, juegan un papel crucial en el mercado. Los inversores precisan de información confiable, y su trabajo consiste en ofrecerla. Sin esa información honrada, jamás habría yo llegado a entender cómo los programas de terapia económica de shock se apoyan en los desastres sobrevenidos, ¿y ahora debería aprender de esas mismas páginas que el capitalismo del desastre no existe?

Fue en el Finacial Times donde me enteré del llamado dilema de Davos. El columnista Martin Wolf lo describe como “el contraste entre la prosperidad de la economía mundial y la plétora de problemas políticos”. Explica que, en los años recientes, la economía se ha enfrentado a una serie de shocks - desde el crash de los punto.com, hasta el caos en Oriente Medio, pasando por el 11 de septiembre-, sin que el mercado dejara de estar en un “período áureo de enérgico crecimiento compartido”.

El Financial Times arroja un rayo de luz sobre el dilema de Davos. Por ejemplo, informó de que Lockheed Martin - el mayor beneficiario individual de la economía de desastre- ha empezado “a comprar compañías en el mercado de asistencia sanitaria por valor de un billón de dólares anuales”. Esto es sólo una imagen en la explosiva economía de desastre privatizado, con un Lockheed preparado no sólo para hacer dinero gracias a las armas, sino también con el tratamiento sanitario de los heridos: ¡tiempos, éstos, de mórbida integración vertical!

El Finacial Times ha explorado a fondo el modo en que los políticos aprovechan los desastres para impulsar políticas económicas no deseadas. En 1998, por ejemplo, este periódico publicó un artículo de Jeffrey Sachs mostrando la forma en que el FMI tomó como rehén a la democracia surcoreana suspendiendo un préstamo desesperadamente necesitado, hasta que todos los candidatos a la presidencia acordaron la redacción de un plan de austeridad extremadamente severo. Unos meses después, el Huracán Mitch devastaba la América Central. Supe, gracias al Financial Times, que, con los países todavía nadando entre escombros, los prestamistas extranjeros ya exigían privatizaciones.

En los primeros meses que siguieron al schock and awe del ataque de los EEUU sobre Irak, el Financial Times informaba del programa de terapia de shock del enviado de EEUU Paul Bremer. El documento fijaba las propósitos oficiales de “hacer de Irak una de las economías más abiertas en el mundo desarrollado e ir más allá incluso que la legislación de muchos países ricos”. Conciso resumen de cosas harto recurrentes.

Y sin embargo, ahora, tras tantos años de fructífera colaboración, el Financial Times dice que mis tesis son “a fin de cuentas, deshonestas”. Mas, por doloroso que ello resulte, yo me mantengo fiel a la honestidad informativa del Financial Times, que me ha sido de gran ayuda en le desarrollo de mi visión del mundo.

Yo desearía que el capitalismo de desastre no fuera sino un producto de mi enfermiza imaginación. He topado, sin embargo, recientemente con más evidencias que apoyan su existencia. Proceden de Paul B. Farrell, autor de publicaciones sensacionalistas como The millionaire code (El código del millonario) o The lazy’s persons guide to investing (Guía del inversor perezoso). “Un consejo: invierta en el ‘capitalismo del desastre’”. Así comienza su artículo en el Dow Jones Business News. Farell reconoce que una economía construida sobre el desastre “es asunto de importancia política. Pero, por el momento, dejemos a un lado la política partidista... miremos estrictamente como inversores y examinemos brevemente lo que también puede ser una guía para inversores agresivos”. Y éste, siguen otros muchos consejos sin cuento.

Justo lo que temía: La doctrina de shock como guía. Al final, sin embargo, Farell muestra algunas dudas: “¿es el ‘capitalismo de desastre’ una oportunidad de inversión a corto plazo para usted? ¿O es ésta una crisis nacional, una campanada de alerta, una llamada urgente a controlar las riendas de la mentalidad del complejo militar-industrial que lleva a los EEUU al desastre, a un futuro de autodestrucción?”.

¿Confusión moral en la prensa financiera? ¿De dónde se supone que debo sacar mis noticias ahora?

 
7 de juny
Mano Negra & Manu Chao - Sidi Hbibi (Live) Bayonne (France) 2008 More than a concert... in a big venue or an intimate dive, the equation is sure to be the same: Manu Chao are an explosive cocktail an explosion of joy.

concepció&disseny: miquel garcia "esranxer@yahoo.es"