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dissabte 18 de juliol de 2009
Las nanotecnologías prometen, entre otras cosas, acabar con el cultivo de la tierra para hacer una “agricultura” puramente industrial.
NANOTECNOLOGÍAS: ¿Para que sirven?
por Pablo Capanna

Las aplicaciones (tanto presentes como del futuro inmediato) que tienen las nanopartículas abarcan un amplísimo espectro, que va desde raquetas, palos de golf y hojas de afeitar hasta los aditivos que se incorporan a alimentos, la cosmética y la indumentaria.

Permitirán hacer telas “inteligentes” capaces de repeler las manchas y regular la absorción del calor. Ya se incorporan a las cremas antiarrugas y a los alimentos de cero calorías o “de larga vida”. Prometen darnos lentes que no se rayan, prendas antiinfecciosas para heridos y quemados y hasta colchones capaces de rechazar el polvo y los efluentes corporales.

Con estas tecnologías podemos llegar a tener edificios que no necesiten pintura, que sean capaces de “respirar” y dejar circular el aire, con revestimientos que repelan los graffiti y ventanas autolimpiantes. Incorporando nanopartículas a la tela se puede hacer ropa que cambie de color según el ambiente y bebidas “programables” que cambian de gusto y de color según el tiempo que los dejemos en el microondas.

Lamentablemente no hay ninguna tecnología que nos garantice que en las condiciones actuales disminuya el delito o la beligerancia. Estas siguen siendo cuestiones políticas, un tema en el cual no hemos avanzado todo lo que era de desear. Lo que sí resulta más fácil con las nanopartículas es blindar vehículos, hacer chalecos antibalas livianos y uniformes camaleónicos que vuelvan “invisible” al soldado.

Gracias a la nanotecnología, los nostálgicos de Bush están diseñando para sus tropas de choque unos “exoesqueletos” como los de los insectos, que sean a prueba de balas y les permitan dar golpes tan contundentes como los de un superhéroe. Como nadie ha dejado de pensar en guerras bacteriológicas, se planean desarrollar corazas capaces de repeler agentes patógenos o con sensores miniaturizados que permitan detectar agentes biológicos, químicos o explosivos. Todo eso, para seguir fracasando después de que fracasaran la política y la diplomacia, como hemos visto que ocurre.

Las nanopartículas ya están entre nosotros, y para eludir su presencia habría que dejar de tomar leche, que las contiene en forma de caseína. Pero ya estamos pasando de la producción de partículas a la nanofabricación, desde que estamos en condiciones de ensamblar moléculas. En el futuro podremos llegar a la nanobiónica, capaz de introducir “máquinas” microscópicas en el cuerpo humano.

Antes de que la crisis arrojara su sombra sobre todas las predicciones, se anticipaba que para el 2010 el negocio llegaría a mover 500.000 millones de dólares anuales. En todo el mundo ya hay unas 150 empresas dedicadas a producir nanopartículas, como las norteamericanas Zyvex, Argonide o Carbon Nanotechnologies, la japonesa Mitsubishi, la alemana Nano-X o la israelí Nanolayers.

Antes de dejar el poder, Clinton fundó la Iniciativa Nacional de Nanotecnología, a la cual le auguró un futuro comparable al de la NASA. Actualmente, Suiza es el país que más invierte en la investigación de este campo, pero también están China, Corea del Sur, India, México y Brasil.

Promesas y peligros.

El ETC Group de Winnipeg (Canadá), una ONG ambientalista y pro derechos humanos, ha hecho un informe bastante crítico sobre la expansión de estas nuevas tecnologías. Sabemos que para poder apreciar los efectos de una tecnología hay que esperar por lo menos una generación, pero el hecho es que hasta ahora no sabemos prácticamente nada sobre los efectos que puede tener la potencial acumulación de nanopartículas en el cuerpo humano y en el ambiente.

Mucho menos podemos imaginar qué ocurrirá cuando los organismos genéticamente modificados se encuentren con la materia atómicamente modificada. Lo que sabemos con certeza es que la incorporación de los plásticos no degradables fue una verdadera catástrofe ambiental, y sólo recientemente hemos podido apreciar el daño que fue capaz de hacer el asbesto en la construcción y la industria, provocando graves enfermedades respiratorias. ¿Serán las nanopartículas un nuevo asbesto?

Tampoco podemos avalar las promesas que hacen los entusiastas apologistas de la nueva tecnología, cuyo discurso como siempre promete que los pobres serán sus principales beneficiarios. Con bastante sentido común, los investigadores canadienses concluyen que todas las revoluciones industriales comenzaron por dejar fuera de juego a gremios enteros, y en este caso la nanoindustria requerirá escasa mano de obra, si bien altamente calificada.

Los nuevos productos serán costosos, por lo menos al principio, y los pobres serán los primeros en perder en cuanto a alimentación, salud y empleo. No tenemos razones para creer que protegen al ambiente. Lo más seguro es que aumenten la dependencia tecnológica. Quien haga estos juicios precautorios corre el riesgo de ser rotulado de “luddita que se opone al progreso”, pero nadie cuestiona a las poderosas elites que orientan la investigación con fines obviamente lucrativos, y una gran capacidad de penetración en la opinión pública.

¿Quién controla la confiabilidad y la expansión de las nuevas tecnologías? A comienzo de los años ’90, en plena ola neoliberal, las Naciones Unidas no sólo perdieron poder político sino que renunciaron a la facultad de monitoreo que ejercían por medio de su Centro para las Corporaciones Transnacionales y el Centro para la Ciencia y la Tecnología.

Estudios realizados en las universidades de Varsovia y Montpellier en 2001 indicaban que las nanopartículas eran absolutamente inocuas, al punto que el sistema inmune ni siquiera reaccionaba contra ellas. Las primeras luces amarillas se encendieron en 2002, cuando los investigadores encontraron nanopartículas acumuladas en el hígado de animales y más tarde hasta en las bacterias.

Si han logrado incorporarse a las bacterias, podrán entrar en la cadena alimentaria, y nadie puede imaginar cuáles serán las consecuencias de asociar sustancias que no existían en la naturaleza al metabolismo de un organismo viviente.

La Argentina cuenta con grupos de estudio que se ocupan del tema en el Instituto Balseiro y la Universidad de Buenos Aires, y acaba de firmar un convenio con Brasil, para integrarse a los proyectos de nuestro poderoso vecino del Mercosur.

Para la opinión pública, la palabra “Nano” todavía sigue evocando apenas un teleteatro con delfines. Los grandes referentes nacionales, como Susana Giménez, Roberto Piazza o Cacho Castaña, todavía no se han expedido al respecto, pero no pasará mucho sin que alguien requiera su opinión.

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