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dilluns 11 de febrer de 2008
Repensar la política en la era de los movimientos y las redes
Principios para reinventar la organización política
Colectivo Política en Red

El mundo de nuestros días dibuja un escenario inquietante para cualquiera que crea en la paz, la justicia social, los bienes comunes y la sensatez ecológica. Por un lado, las instituciones tradicionales de control democrático están agotadas; por el otro, los grandes movimientos de protesta, tan visibles en vísperas de la invasión de Iraq, se han arraigado más en sus contextos locales, sin abandonar las conexiones globales.

Se está produciendo un cambio de paradigma en el pensamiento político transformador: un alejamiento de los conceptos de vanguardia política y formas tradicionales y parlamentarias de representación, unos principios de horizontalidad y democracia directa o participativa; un alejamiento de formas de unidad que no incluyan la diversidad y la pluralidad y la creación de relaciones de cooperación y deliberación.

Sobre estas nuevas propuestas de trabajar en el seno de las instituciones trata este libro, formas que reconozcan que el núcleo del cambio se encuentra fuera de éstas, en los conflictos y movimientos de la sociedad más amplia.

Durante el período 1999-2003, el mundo presenció la aparición de un movimiento global, múltiple, metamórfico, intermitente. En un breve e intenso ciclo de movilizaciones, eso que en un principio se denominó movimiento ‘antiglobalización’ ha producido una serie de sorprendentes innovaciones rompedoras con el pasado que han llevado a hablar -quizá de forma ingenua- de un nuevo principio, y que han cuestionado las formas de organización política del siglo XX.

Repensar la política en la era de los movimientos y las redes

Con la idea de estimular una reflexión abierta y entender los diversos puntos de partida de los participantes, les pedimos que compartieran los dos principios que consideraban más importantes para reinventar la organización política. Éstos son algunos de los ejemplos que surgieron.

INDICE

Introducción:

1.Principios y desafíos

2.Desafíos

2.Líneas de investigación 1.Redes/movimientos

2.Estado/instituciones públicas

3.Representación política/partidos políticos:- Repensando la representación política y los partidos políticos- Una experiencia aleccionadora: los Verdes alemanes

4.Herramientas tecnopolíticas

3.Debate: el código abierto como metáfora de nuevas instituciones

4.Conclusiones: Últimas reflexiones y preguntas sin respuesta

Una ética radical de la igualdad

La política transformadora debe estar firmemente arraigada en la ética. Debemos repensar nuestra estrategia, nuestras estructuras organizativas, nuestros objetivos... todo, en definitiva, con respecto a una ética integral de la igualdad. Se trata fundamentalmente de una ética del cuidado del otro. Esta idea es importante porque gran parte de la izquierda política ha ignorado tradicionalmente la importancia de la ética. En el pasado, las tradiciones dominantes de la izquierda han primado la organización y la lucha en pro de una Verdad que se situaba por encima de la persona. La política de izquierda se mostraba -y con frecuencia se sigue mostrando- más inclinada a permanecer fiel a una Idea (o a un programa o partido) que a la gente que nos rodea. Y en este sentido, no me refiero al Pueblo, sino a las personas que me rodean, las personas con quienes lucho y vivo. Esto no sólo ha generado un comportamiento poco ético entre la izquierda, sino que también dificulta el escuchar al prójimo. Al fin y al cabo, si uno tiene acceso a una Verdad política, no tiene ningún sentido reflexionar con mis iguales, ni tener en cuenta sus puntos de vista y necesidades. Y si alguien defiende una idea que no parece estar en consonancia con mi Verdad política, esa persona debe apartarse de mi camino. Por motivos evidentes, este compromiso con las ideas y no con las personas crea graves problemas en lo que respecta a la cooperación para alcanzar unos objetivos políticos compartidos. Por eso opino que una ética integral de la igualdad, una ética de cooperación entre iguales, debería ser la base a partir de la que construir cualquier política transformadora deseable (Ezequiel Adamovsky).

Mi primer principio se basa en la exigencia renovada del mensaje de igualdad que ha caracterizado históricamente a la izquierda. Ésta fue, y sigue siendo, la fuerza que impulsó las reivindicaciones de transformación social. Pero es cierto que, hoy día, este principio se debería complementar con otros aspectos que no siempre han estado lo bastante presentes en la tradición de la izquierda: la autonomía individual y el reconocimiento de la diversidad en su sentido más amplio (cultural, étnica, religiosa, elecciones de vida, etc.). A partir de este triángulo de valores, se puede proyectar una nueva visión de ciudadanía por la que vale la pena luchar a escala global. No creo que esta aspiración se pueda encontrar en un actor político determinado, sino que debería emanar de un conjunto plural y heterogéneo de grupos, colectivos, instituciones y personas. Esto nos lleva al segundo principio: la convicción de que no es posible ningún cambio o transformación social duraderos si éstos no se fundamentan, al mismo tiempo, en el cambio y la transformación personales. Este factor añade un matiz destacable con respecto a las tradiciones de la izquierda organizada que se basaban fundamentalmente en la posibilidad de acabar con la opresión y las desigualdades mediante la conquista y el ejercicio del poder por parte de una vanguardia consciente y organizada. No habrá ningún cambio político sin un cambio económico, pero tampoco habrá un cambio social sin un cambio personal. El desafío consiste en cómo ir avanzando de forma tenaz y eficiente para alcanzar estos principios, pero sin traicionar los principios de partida. Esto nos lleva a las formas de hacer política y a qué entendemos por política. La institucionalización de la izquierda ha desembocado en un grave empobrecimiento de lo que es la política. Se tiende a confundir la política con los partidos y las instituciones, y esto provoca que muchas personas se distancien de la política; un distanciamiento que también afecta a muchas personas y colectivos que se dedican a ella (puesto que trabajan para transformar a los individuos y a las comunidades). Tienen la sensación de que lo que hacen no tiene nada que ver con lo que se supone que es la política. Por lo tanto, deberíamos intentar rescatar y ampliar el significado social de la política mediante la ‘politización’ de la vida cotidiana, de las relaciones sociales y de las formas de trabajo y coexistencia (Joan Subirats).

La importancia de la sinceridad y de la solidaridad

Sinceridad en la política, por supuesto, pero también en la organización, en las relaciones político-personales. Por nuestras venas corre demasiada táctica. Tendemos a pensar que debemos ocultar nuestros objetivos, nuestras estrategias, nuestros problemas, y que no podremos triunfar si los exponemos abiertamente. Pero la realidad es totalmente distinta. La gente está harta de las organizaciones políticas que sólo dicen tonterías. Todo el mundo sabe que son tonterías. Deberíamos tomar nota de lo que han conseguido últimamente algunos políticos conservadores al reconocer este hecho. A Angela Merkel, por ejemplo, le funcionó bastante bien la estrategia basada en el reconocimiento de los problemas. De hecho, ganó las elecciones de 2005 gracias a lo que se considera una campaña electoral inaudita: anunciando el aumento de impuestos. Y funcionó. La gente tuvo la impresión de que se tomaba los problemas en serio. A veces, parece que a la izquierda le resulta especialmente difícil ser sincera (Christophe Spehr).

La lucha por la deslegitimación activa del neoliberalismo, por la demostración de sus contradicciones internas y la falsedad de los objetivos prometidos, de su generación de catástrofes económicas, sociales, culturales, ecológicas y políticas sólo se convertirá en una auténtica reivindicación de una contrahegemonía independiente y emancipatoria -que es más que un simple ‘no’ y también mucho más que lo contrario del neoliberalismo- cuando asuma una fuerza material a través de proyectos emancipatorios ‘por otro mundo’ basados en la solidaridad (Micha Brie).

Integrar la diversidad

Integrar el principio de la diversidad exige una apertura de mente y espíritu para que se valoren las diferencias de experiencias, identidades, culturas y perspectivas a la hora de desarrollar nuevas ideas y estrategias políticas. A no ser que integremos la diversidad activamente, identificando sus barreras -como el racismo y el sexismo-, y trabajemos para eliminarlas de nuestras filas, no alcanzaremos los cambios que perseguimos. Hemos dado el primer paso con la horizontalidad de la política, pero siguen existiendo barreras importantes. En el FSM de Nairobi, por ejemplo, los asistentes a la reunión sobre movimientos sociales seguían siendo principalmente blancos y europeos. Puede que haya una gran diversidad de personas reunidas en los mismos espacios, pero eso no significa necesariamente que estén compartiendo debates políticos y trascendiendo diferencias raciales y culturales. Integrar la diversidad implica un acercamiento más holístico a nuestra política, incorporando a ella espíritu y mente y, por tanto, rompiendo con la noción patriarcal y eurocéntrica de que la política se limita a ideas y hechos (Judy Rebick).

Quisiera subrayar la necesidad de inventar lo que me gustaría denominar nuevos regímenes de traducción entre distintas experiencias y luchas políticas y sociales. Creo que esto no sólo representa un problema a escala ‘global’, sino también en la misma escala local europea, donde nos enfrentamos a una profunda diversidad de experiencia social. Esta diversidad se corresponde por un lado con la heterogeneidad de los modos de captura del ‘trabajo vivo’ por parte del capital y, por el otro, con las numerosas diferencias que inundan positivamente la composición subjetiva del ‘trabajo vivo’. Repensar y reorganizar la política radical frente a esta diversidad significa ser capaz de trazar continuamente esta diversidad de doble filo, identificar las líneas de explotación y dominación que la atraviesan, trabajar desde dentro de las luchas que se desarrollan en torno a estas líneas y en contra de ellas, inventar nuevos modos de traducción que posibiliten la comunicación política entre ellas y la construcción de un nuevo terreno común (Sandro Mezzadra).

Una pluralidad de actores

La transformación no se puede alcanzar con un único actor. Necesitamos una pluralidad de actores con la capacidad de converger en problemas comunes y, al mismo tiempo, estar arraigados en su propio terreno social. Para ser transformadores, es necesario estar abierto a los demás; estar arraigado pero sin una identidad cerrada. En segundo lugar, es imprescindible reconocer el carácter supranacional de la política, así como la importancia de vincular lo global con lo local. Los obreros de una fábrica luchan contra la precariedad, una comunidad se moviliza contra la privatización del agua, los habitantes de una ciudad se niegan a aceptar la instalación de una base militar en su territorio; estas luchas locales son necesarias para mejorar las condiciones de vida y garantizar unos derechos fundamentales. Pero su eficacia y fuerza depende de una lucha mundial por unos derechos laborales básicos, contra el poder de las multinacionales y contra el militarismo y la guerra (Alessandra Mecozzi).

Debemos replantear la acción política de modo que nos aseguremos de que el ‘nosotros’ de los movimientos sociales trascienda el activismo y las formas organizativas que ahora se consideran políticas. ¿Acaso el intercambio de archivos entre iguales, la edición abierta (como en Wikipedia) o la okupación por personas que no se definen como okupa no forman parte de una ola de nuevas acciones políticas? Los participantes no suelen estar involucrados en redes políticas, pero comparten los mismos principios que aquellos que buscamos una nueva concepción de la política. Debemos crear una forma de hacer política que sea capaz de incluir a estos grupos (Mayo Fuster i Morell).

La complejidad

Tengo otro principio: el de la complejidad. Pensemos en el FSM y en sus diversas escalas, estructuras, culturas y lógicas organizativas. Toda esta diversidad convive en un mismo espacio e interactúa de forma compleja (conflictiva y cooperativa), influyendo en ese entorno compartido y transformándolo. Al confluir alrededor de un encuentro y de un proceso, reconocen que, de algún modo, forman parte de un mundo común, aunque no se puedan unificar en un sujeto único ni reducirse a él. Es importante entender cómo se ha creado y funciona ese espacio. La complejidad es, ante todo, un principio de la realidad a la que nos enfrentamos. Cuando decimos que nuestra fuerza está en la diversidad, estamos demostrando una capacidad para reformular nuestros esquemas culturales y para desarrollar nuevas formas de trabajar a partir de tal reconocimiento. La idea de la complejidad también implica una especie de enfoque ecológico frente a la naturaleza múltiple del movimiento mundial, tratándolo como un mundo con muchos mundos. La lógica de la complejidad nos ayuda también a entender los procesos de swarming (conocidos también como ‘de enjambre’) típicos de las últimas movilizaciones. Estas movilizaciones han surgido a través de iniciativas descentralizadas y dispersas que han esquivado toda estructura o sujeto organizado. No ha habido ningún control verticalista ni lógica de mando centralizada (Marco Berlinguer).

Entender la clave de la producción capitalista

La izquierda ha demostrado gran debilidad a la hora de entender la clave del proceso de producción capitalista. Éste no sólo entraña inventos tecnológicos, sino también técnicas para formar la lealtad y la perseverancia de las personas. Al ignorar la complejidad de estos procesos, subestimamos los tipos de estrategias y tácticas necesarios para la revuelta eficaz. Es fundamental mirar más allá de lo inmediatamente visible. Se han planteado, por ejemplo, importantes desafíos a la propiedad intelectual en el campo de la música, pero si analizamos lo que están creando los ingenieros en materia de patentes industriales para cosas como fármacos, tecnologías agrícolas y dispositivos para la comunicación, nos daremos cuenta de que el desafío a la propiedad intelectual es mínimo. Si procuramos entender qué es lo que conforma las motivaciones de las personas, descubrimos la creación de códigos secretos de valor, conectados con complejos lenguajes instrumentales que están dando forma a la sociedad, construyendo ciudades, medios de transporte y comunicación, formas de interacción e interrelación. La gente no sólo dedica grandes esfuerzos al trabajo para subir en la escala salarial, sino también para conseguir el reconocimiento profesional de sus colegas. Además, sus ideas del mundo están fuertemente condicionadas por toda una serie de ideas que reciben de los medios. No es que sean ideas estúpidas; simplemente son ideas recibidas: es decir, que no han llegado a ellas por sí mismos y muy raramente se cuestionan sus orígenes. Si la izquierda es incapaz de desentrañar lo que está pasando en este ámbito, estamos fuera de juego. Quedamos limitados a crear un tipo de mito autorreferencial que, al final, provocará la desaparición de la izquierda, porque la fuerza de la instrumentalizad capitalista es demasiado potente como para ignorarla. Podría considerarse que éste es el patrón de motivación profesional que permite que cada una de las ramas de la tecnociencia se esté desarrollando a ritmos tan acelerados. Fuimos testigos de ello con internet, con las tecnologías de vigilancia, con la tecnología genética y, me temo, que la próxima frontera serán las tecnologías cognitivas que integran investigaciones psicológicas con potentes formas de manipulación de la conciencia, a través, por ejemplo, de la creación de verdaderos entornos programados, algo que ya encuentras en lugares como aeropuertos. Creo que es imprescindible describir estos acontecimientos, así como su inutilidad y efectos nocivos. Una vez entendidos estos procesos en profundidad, debemos formalizar su expresión, presentarlos como lo que realmente creemos que son: una absoluta pérdida de tiempo y recursos, un tipo de crecimiento económico casi demente en que las clases medias y formadas del planeta participan a través de la microescala de sus vidas y profesiones. Creo que deberíamos formalizar esa idea mejor, escribir sobre ella, crear imágenes de lo que está sucediendo, intentar asegurarnos de que la complejidad de estos procesos se exprese de tal forma que nos permita ver las realidades. No se va a ganar nada simplificando las cosas para mantener lo que son simples ilusiones. Pero la cuestión clave que también se debe expresar es el tipo de sentimiento de realización que la gente obtiene de estos proyectos radicales, porque también debemos ser atractivos, debemos ser capaces de ofrecer una vida mejor y más rica, aunque no se rija, lógicamente, por los mismos principios que el sistema profesional capitalista. Ésta es la idea de la generación de redes sociales: debemos crear redes en torno a cosas concretas y, en última instancia, también en torno a cuestiones como el placer, la autoexpresión, la sociabilidad y el idealismo. Por tanto, el sentimiento de realización que la gente experimenta en movimientos sociales y en proyectos políticos alternativos se debe expresar más y mejor, y hacerlo no sólo como un logro personal -ésa es precisamente la forma en que el capitalismo anima a la gente al narcisismo-, sino como parte de los procesos cooperativos de transformación. Todo lo anterior se centra en la expresión porque es el principal tema sobre el que estoy trabajando... pero evidentemente esto sólo es parte de un panorama mucho más amplio (Brian Holmes). Al explorar los principios de una nueva subjetividad, deberíamos tener en cuenta la crisis por la que estamos atravesando, que tiene una doble vertiente. Por un lado, la mayoría de la gente considera que su vida diaria es difícil, que está llena de inseguridades, de precariedad, de fuentes de ansiedad; por el otro, no busca la ayuda de las instituciones tradicionales, es decir, del Estado, de los partidos políticos y de los sindicatos. Muy poca gente confía en estas instituciones o espera que expresen o entiendan los conflictos que genera esta crisis. La gente tiene la sensación de que no tiene ningún tipo de control sobre las circunstancias que determinan sus vidas. ¿Cómo nos organizamos de forma que la gente pueda recuperar ese control? (Angel Calle)

Comprender e integrar lo global

Mi primer principio está relacionado con lo que me gustaría denominar ‘las coordenadas espaciales’ de la política radical. Repensar y reorganizar la política radical hoy día sólo tiene sentido si somos capaces de asumir el reto que nos plantea la dimensión global de la experiencia social y cultural contemporánea, así comos los actuales circuitos de acumulación del capitalismo. Esto no significa que nuestro objetivo inmediato deba consistir en establecer algún tipo de ‘red política global’. La cuestión pasa, más bien, por que cada experiencia e iniciativa política que persiga organizarse debe ser capaz de comprender e interpretar esa dimensión global independientemente de su alcance espacial. Si bien la organización política debe estar arraigada en ‘lo local’ para ser efectiva, el significado mismo de ‘ubicación’ (o de ‘lugar’) se debe redefinir, manteniéndolo abierto al ‘mundo’. Superado el internacionalismo proletario, necesitamos reinventar urgentemente un imaginario y un proceso de red radical, transnacional, transcultural y transcontinental. Los movimientos y las luchas de la inmigración, los flujos culturales globales que conforman la experiencia social en el ámbito de la vida cotidiana y las nuevas tecnologías de la información deben desempeñar un papel destacado en este proceso, como la lucha contra los actores capitalistas ‘globales’ (Sandro Mezzadra).

Reconstruir la política como un espacio para las alternativas y los bienes comunes

Replantearse la acción política implica replantearse la cultura y la economía, entendida en el sentido aristoteliano del oikos (hogar). ¿Cómo cuidar de este hogar común? ¿Cómo asegurar alimentos, vivienda, ropa, fiestas, arte y música para todo el mundo? ¿Cómo generar y distribuir riqueza y bienes sin destruir las condiciones de vida del planeta? ¿Y qué es una ‘buena vida’? ¿Cuánto necesitamos o deseamos para vivir bien? ¿Quién consume? ¿Y qué costes conlleva ese consumo para el resto? Si el capitalismo ha logrado la victoria en la conformación del orden mundial, el neoliberalismo ha intentado completar y sellar el proceso socavando la legitimidad de la política y descalificando, de hecho, cualquier debate serio sobre direcciones alternativas para la sociedad. En Brasil, esto está conduciendo a lo que se conoce como la ‘insignificancia de la política’. Uno de los aspectos de este fenómeno es el proceso -ahora tan familiar- del creciente poder de grandes empresas y organizaciones internacionales controladas desde los Estados Unidos y Europa, que están creando las normas de la economía mundial y minando la soberanía de los Estados-nación. Otra cara de la misma moneda ha sido la sumisión de la vieja izquierda -puede que porque su concepción del socialismo estuviera tan inextricablemente ligada al Estado-nación- a la idea de la inexorabilidad del capitalismo. En consecuencia, hemos presenciado cómo nuestros partidos y dirigentes se lanzaban a la triste búsqueda de algunas de las peores prácticas de la derecha, lo cual parecería demostrar que el viejo dicho está en lo cierto: si no puedes contra ellos, únete a ellos. Lo peor del caso en estos momentos es que nos doblegamos ante el hecho -aparentemente manifiesto- de que vivimos en un mundo conformado por fuerzas que la población no puede entender ni controlar. Un mundo que es mágico y, al mismo tiempo, está desencantado. La única forma en que podemos reconstruir la política y la confianza en la posibilidad de las alternativas consiste en desarrollar propuestas que tengan un sentido en nuestras vidas cotidianas, que generen esperanzas y que potencien la confianza en la fuerza de la acción conjunta. Para alcanzar este objetivo, nos enfrentamos a un obstáculo paralizador: la constante sensación de miedo. En el marco de la aparente inexorabilidad de un orden económico que crea una desigualdad sistémica y creciente, que está atrapado en la lógica de la guerra, que no cesa de producir riqueza a expensas de la destrucción del planeta, el miedo se convierte en una respuesta natural: miedo a la delincuencia, al vecino, al inmigrante, a la competencia en el trabajo, a la guerra y a la inestabilidad. Miedo a la soledad, a envejecer y a perder la jubilación. La lucha contra el miedo debe ser una pieza clave de nuestro nuevo planteamiento de la política (Moema Miranda).

La nueva acción política debería consistir principalmente en la construcción de una economía alternativa por parte de movimientos y redes. Es a partir de estas acciones económicas de donde surge la necesidad de nuevas estructuras organizativas, de nuevos discursos políticos, etc. Al construir una economía basada en ‘compartir y cooperar’ como alternativa totalmente contraria al modelo del ‘acumular y competir’ que es el capitalismo, llegamos de inmediato al quid de la cuestión; el resto, sin duda, seguirá de forma natural (Glenn Jenkins).

La omnipresencia de la capacidad de transformación

Uno de los principios que debería guiar nuestras nuevas formas de organización debería pasar por reconocer la omnipresencia del poder y la capacidad de transformación. El orden social existente depende de las acciones de las personas que reproducen y sostienen ese orden en el día a día; ya sea como trabajadores, como consumidores, como votantes, como personas creativas. Pero eso implica también la posibilidad de emprender acciones de rechazo que desencadenen una dinámica de transformación. Por tanto, una forma de organización transformadora siempre debe estar abierta y mostrarse receptiva a las iniciativas de nuevos grupos, y al descubrimiento de nuevas esferas y posibilidades de cambio. Otro principio, relacionado con el anterior, consiste en organizarse de tal forma que se dé plena expresión a las capacidades y a los conocimientos de todos aquellos que comparten una serie de valores y deseos de cambio. Esto entraña inventar métodos para compartir e interconectar estos conocimientos y saberes (como en el primer principio), y comprometerse a apoyar su desarrollo. También implica dar prioridad a llegar a todas las personas que comparten valores transformadores pero que nos los expresan a través de las plataformas existentes de la izquierda. Este principio parte de la premisa de que existen diversas fuentes de conocimientos -tanto tácitos y empíricos como científicos e históricos- y de que todas ellas son de gran valor (Hilary Wainwright).

Empezar por uno mismo... pero no quedarse ahí

Mi primer principio es el de la política en primera persona. Con esto, quiero decir empezar por uno mismo y, después, intentar ir llegando a los ámbitos más lejanos de los procesos mundiales de dominación con el objetivo de socavar de forma radical todos y cada uno de ellos. Esto supone empezar por nuestra propia complicidad en estas estructuras y relaciones, y desarrollar con otras personas estrategias de rechazo y alternativas en todos los ámbitos. Significa desarrollar nuestra política como un proceso para ampliar nuestra autodeterminación común. Este principio lleva consigo otro: el de la responsabilidad personal integral, es decir, el intentar entender cómo uno puede transformar sus prácticas y sus posibles áreas de trabajo y acción de manera que dejen de ser un medio de apoyo (aunque no sea intencionado) de las estructuras de dominio establecidas, y se conviertan en cambio en una fuente de apoyo y solidaridad a otras luchas contra la injusticia y la dominación (Frieder Otto Wolf).

La relación con las instituciones

Hay otro desafío que consiste en cómo transformar las instituciones sin ser absorbidos por ellas. Es decir, en cómo mantener su capacidad transformadora construyendo alternativas (disidencia), oponiéndose directamente a nuevas tendencias autoritarias (resistencia) y apreciando la capacidad de influencia que existe dentro de las instituciones (incidencia). Seguramente, no es necesario que una persona, una organización o un colectivo intenten hacer estas tres cosas simultáneamente. El conflicto inherente a las tres dimensiones tampoco es negativo, pero el reto está en hacerlas posibles y sostenibles, sin perder conexiones ni combinaciones potenciales (Joan Subirats).

A mí me gustaría hablar en defensa de los partidos políticos, a pesar de no pertenecer ni simpatizar con ninguno de los existentes actualmente. Los buenos movimientos se convirtieron en partidos, y los buenos partidos surgieron de los movimientos. Mao Tse-Tung solía decir que los movimientos deberían bombardear a los partidos. Muchas de sus palabras fueron catastróficas, pero encontró una buena fórmula al mantener que deberíamos enterrar lo viejo y regenerarnos cada 10 años. Es inevitable que los movimientos, cuando se estabilizan, tiendan a adquirir las peores características de los partidos. Y digo las peores porque pueden dar pie a las peores formas de ‘liderismo’ que conozco, peores incluso que las existentes en los partidos políticos, donde, al menos, hay algunos mecanismos para controlar a la dirigencia. La importancia de los partidos se deriva precisamente de la complejidad, la diversidad y la multiplicidad que ya han resaltado algunos compañeros y compañeras. La gente no es un todo homogéneo; por tanto, no basta con hablar sobre ‘participación’ sin debatir el tipo de estructuras que tendrán en cuenta todas las diferencias en cuanto a intereses y cultura. Sin esas estructuras, sólo tendremos el mínimo común denominador resultante de combinar distintos intereses. En cambio, para desarrollar una forma de mediación que incluya a todo el mundo, debe haber un modo de desarrollar una estrategia a largo plazo. Históricamente, ahí es donde han entrado en escena los partidos políticos. Los movimientos se consideraban actores dedicados a cuestiones concretas, mientras que los partidos se veían como los encargados de desarrollar una visión del mundo, una interpretación de la historia y una estrategia a largo plazo. Los partidos políticos han perdido relevancia porque la política ha perdido terreno. Hablamos constantemente de la privatización de los servicios públicos, pero lo que se ha privatizado realmente es la toma de decisiones de políticas. Ahora, el poder está en los acuerdos comerciales, no en las instituciones políticas. ¿En qué se ha convertido la democracia como consecuencia de este proceso? (Luciana Castellina)

Sin la participación de sindicatos y otras organizaciones con un fuerte arraigo social, la izquierda carece de bases de poder extraparlamentarias que estén en disposición de ejercer una influencia política directa. Estas organizaciones siguen conformando la espina dorsal de la izquierda. Su reestructuración autónoma con vistas a actuar bajo las condiciones del capitalismo de los mercados financieros será decisiva (Micha Brie)

Democracia participativa: más allá de la etiqueta

Actualmente, el acceso de las personas al debate público es mucho más limitado que en el pasado. Esto se explicaría por diversos motivos; por ejemplo, la globalización, las desigualdades crecientes, la velocidad del cambio y la despolitización de la economía. Aunque el retorno al ‘ágora’ es imposible, el fracaso y la progresiva crisis de las instituciones representativas exigen que los ciudadanos alcancen una mayor participación directa en las decisiones económicas y políticas. Y quiero subrayar la palabra decisiones porque, para desarrollar una nueva política, no basta con meros procesos de debate y consulta. La etiqueta de la ‘democracia participativa’ corre el riesgo de perder todo su significado. Precisamente por su gran potencial político, se ha utilizado como etiqueta para conceptos muy distintos; a veces, para legitimar instituciones ya agotadas sin cambiarlas realmente; a veces para ganarse y poner de su lado a poderosas fuerzas sociales. Tal como apunta Boaventura de Sousa Santos, las distorsiones de esta idea se pueden producir a través de nuevas formas de ‘clientelismo’: burocratización, instrumentalización de los partidos, o mediante el silenciamiento y la manipulación de las instituciones y los espacios participativos. Debemos fomentar una concepción sólida de la democracia participativa que sea capaz de abrir espacios públicos, de fortalecer las voces y las opiniones hasta ahora excluidas (o en camino de estarlo), y ampliar las posibilidades de la lucha política. En otras palabras, los espacios y las instituciones de la democracia participativa deberían tener una capacidad educativa y movilizadora, y se deberían fundamentar en la noción de una ciudadanía positiva (frente a la ciudadanía negativa y pasiva que asumen nuestras instituciones políticas actuales). Considero también que los principios de democracia participativa que acabo de mencionar no se pueden limitar a la relación entre las instituciones tradicionales y los ciudadanos. Estos principios sólo desarrollarán su pleno potencial transformador si se aplican a todas las esferas de la vida social. Yo daría prioridad a los ámbitos del trabajo y la comunicación. El contrapoder y la autonomía se deben reforzar a través de la información, la interacción y el reconocimiento, y eso es algo que no facilita precisamente la opinión moldeada que se genera a través de los flujos de ‘información neutral’ de las fuentes mediáticas predominantes en la actualidad (Melissa Pomeroy).

La desinstitucionalización

El principio de la ‘desinstitucionalización’ tiene varias dimensiones. En primer lugar, describe la realidad. En todos los ámbitos de la vida -y no sólo en la dinámica de los movimientos- observamos una creciente disminución del papel de las instituciones a la hora de estructurar, mediar o representar las relaciones sociales de las que formamos parte. Esta tendencia presenta muchos puntos negativos: el poder ejercido por poderes económicos y políticos antidemocráticos e informales a escala mundial, el aumento de la economía precaria y de las actividades y redes delictivas, el abandono de territorios enteros que no encajan con las prioridades del mercado y la destrucción de las normativas y la protección sociales. Desde una perspectiva positiva, este principio reconoce la degeneración de las instituciones políticas tradicionales, y apunta al potencial y a la capacidad de autoorganización. Propone además un desafío para reinventar la forma, el papel e incluso el propio concepto de las instituciones políticas a la luz de otras concepciones de democracia más avanzadas. Durante el último ciclo de los movimientos, hemos presenciado un conflicto estructural entre diversas lógicas organizativas. Planteándolo de forma muy simplista, tenemos, por un lado, la lógica organizativa tradicional, basada en estructuras verticales, en identidades cerradas y en limitaciones; y, por el otro, tenemos una lógica basada en formas de organización abiertas, horizontales y en red. En este conflicto, podemos ver que está surgiendo una nueva lógica de organización, en que la idea de superar los espacios o formas institucionales existentes es clave. El concepto de la desinstitucionalización también refleja el hecho de pensar en la transformación social como algo que depende más de formas de acción autónomas, difusas, descentralizadas y directas que de las restricciones institucionales y de las formas de delegación y representación características de las grandes organizaciones tradicionales. En este sentido, el concepto también subraya el papel de la transformación cultural y ética. Utilizar el principio de la desinstitucionalización para comprender los movimientos políticos y sociales de hoy día nos puede ayudar a ampliar el concepto de política y de movimiento social más allá de los circuitos militantes y explícitamente políticos, para incluir, por ejemplo, por su intrínseco carácter político, movimientos como los organizados en torno al software libre y al código abierto, al intercambio de archivos entre iguales y a la edición abierta (Marco Berlinguer).

Democracia interna y liderazgo en los movimientos sociales Mi primer principio atañe a la democracia interna y la rendición de cuentas. Las estructuras en red, la coordinación horizontal y la falta de una dirigencia centralizada suelen oscurecer las formas en que opera el poder dentro de los movimientos sociales en red. Este hecho plantea un peligro para la democracia interna del movimiento porque puede que el liderazgo sea ejercido informalmente por los actores más poderosos y escape a todo mecanismo de rendición de cuentas. En este sentido, el reto consiste en instituir mecanismos que eviten que el poder se consolide sin formalizar excesivamente los procesos internos del movimiento (Anastasia Kavada).

Las estructuras en red pueden ser muy útiles e innovadoras cuando son utilizadas por los movimientos sociales. Sin embargo, debemos encontrar aún nuevas formas para definir u organizar cuestiones políticas clave como la representatividad y la rendición de cuentas, por lo que la democracia interna se ha visto a menudo afectada por la falta de claridad y las dificultades de enfrentarse a un liderazgo ‘orgánico’. Hasta el momento, las redes han funcionado ‘cuando las cosas van bien’, pero han tendido a fracasar al toparse con conflictos y desacuerdos, distanciando con ello a sus participantes (Gemma Galdon Clavell).

Las formas de organización horizontales no eliminan la necesidad de un liderazgo. Ésta fue una de las amargas lecciones que aprendimos en el movimiento feminista. Los líderes no sólo deben rendir cuentas, sino también comprender que deben desempeñar un papel doble importante: creando espacios y apoyando a otros a desarrollar sus capacidades, y compartiendo el poder del que puedan disponer. Todos hemos sido socializados en un orden capitalista, patriarcal y colonial y, por tanto, el cambio personal forma parte del proceso. No sólo lo personal es político, sino que lo político es también personal. Debemos combatir nuestras propias tendencias a ser dominantes o sumisos, a ser dogmáticos o dóciles, a ser cerrados o sectarios. Por lo general, la izquierda ha considerado que este tipo de cambio personal es moralizador. Si no te ajustas a determinados comportamientos, no eres un buen camarada. Sin embargo, debemos entender este cambio personal como algo necesario para ser más eficaces e igualitarios en nuestro trabajo (Judy Rebick).

Una nueva horizontalidad

Debemos romper con el enfoque ‘vertical’ de la organización, un enfoque basado en la delegación y en la dominación. Necesitamos una mayor horizontalidad en la forma de organizarnos. Esta nueva horizontalidad debe ser la piedra de toque en el replanteamiento de la organización política, e implica nuevos bienes comunes, y pleno acceso abierto a materiales e informaciones básicas en todos los ámbitos, desde el local al mundial. Necesitamos formas de organización en que las personas no sólo participen, sino en que también definan las normas del espacio en que estamos interactuando. Esto entraña crear espacios autónomos en que las personas tengan un poder real. Hay que sentir esta nueva horizontalidad y construirla en la vida cotidiana, de forma que empiece en lo local para ir elevándose hacia lo global. No sólo se refiere a necesidades materiales, sino también a necesidades emocionales, a nuestro estado psicológico, a nuestro lenguaje. Es entonces cuando ya no sólo hablamos de protesta, sino de la experiencia de nuevas formas de vida. Al mismo tiempo, estamos trabajando hacia un proyecto de futuro, estamos experimentando con cambios que aportan nuevos beneficios al presente. Para conseguir esta verdadera implicación, es importante comprometerse emocionalmente, construir culturas basadas en redes reales. La creación de redes, por tanto, no sólo puede depender de internet; si las redes son una forma de desarrollar una nueva política, deben basarse en conexiones emocionales (Ángel Calle).

Yo me inspiro en la experiencia del FSM y en los principios organizativos que recoge su Carta de Principios, elaborada en Porto Alegre en abril de 2001. Los tres principios de horizontalidad contemplados por la Carta se han convertido en los principios básicos de la nueva estructura de coordinación en red y de muchas de las últimas movilizaciones y acciones, como las organizadas, por ejemplo, contra el CPE [el polémico Contrato sobre Primer Empleo] en Francia en la primavera de 2006. Creo que es útil recordarlos. El primero establece el respeto por el principio de diversidad. Esto implica un foro abierto en que todo el mundo pueda participar, y pueda valorar y celebrar su diversidad. También implica una conciencia sobre la necesidad de ampliar las redes a nuevos actores. El segundo principio de horizontalidad es el que dispone que no existe un centro. Ninguna persona ni organización puede hablar en nombre de la red o del espacio. Como la mayoría de estructuras en red, los FSM no disponen de un centro de decisiones; carecen de portavoz y no firman ningún texto o declaración. Esta cláusula de autolimitación representa una de las características esenciales de la organización en red. No hay ningún centro por el que luchar. Los actores sólo pueden hablar en su propio nombre o en el de sus respectivas organizaciones. Esto genera muchas tensiones en el movimiento, además de provocar la frustración de muchos periodistas y otros actores políticos que desearían poder identificar una única agenda altermundialista, una agenda con una sola voz. El tercer principio de horizontalidad determina que el único proceso de toma de decisiones que es coherente con la apertura y la diversidad del movimiento se debe basar en el consenso. Es el único proceso que permite coordinar organizaciones con dimensiones, funciones, estructuras internas, orígenes sociales y geográficos tan diversos. Sin embargo, consenso no es sinónimo de unanimidad. La creación de consenso se manifiesta como un proceso político singular, caracterizado, entre otras cosas, por el uso del tiempo y la negociación. En el mejor de los casos, promueve una cultura del debate que es menos opositora y está más desarrollada que el tradicional sistema de mayorías (Dominique Cardon).

El papel de las redes

Parece que se han dado ciclos históricos en que, en fases de crisis, las redes han desempeñado un papel decisivo mientras que, en fases de dinamismo, este papel ha dependido de movimientos constituidos, cuyas etapas de consolidación y estabilidad renovada se han caracterizado por la preponderancia de la organización formal. Esto se podría demostrar de muchas formas. Bajo mi punto de vista, actualmente nos encontramos en un período de transición, es decir, de una fase de innovación hacia una fase de consolidación, en que se trata de asegurar los logros de la fase anterior con miras a crear las condiciones necesarias para emprender una nueva ofensiva. En caso de que no se produzca dicha consolidación, a través de la reconstrucción o la refundación de la organización formal, se producirá una recaída que conducirá a la incapacidad para actuar y a una creciente frustración. En mi opinión, pues, la izquierda perderá su autonomía si no desarrolla redes que sean capaces de observar, denunciar y movilizarse. El potencial de estas redes consiste principalmente en la creación de un público alternativo; se trata pues de un tremendo potencial para deslegitimar al poder. Estas redes representan un nuevo tipo de intelectual orgánico en la ‘era de la información’ (Micha Brie).

La política en red está más impulsada por una lógica de ‘tanto como/y’ que por una lógica de ‘uno u otro’. En lugar de trazar unas líneas divisorias rígidas basadas en identidades exclusivistas (es decir, anticapitalistas frente a antineoliberales, anarquistas frente a socialistas, trabajadores frente a ecologistas, etc.), esta política busca trascender las dicotomías construyendo conexiones entre la diversidad y la diferencia. En lugar de dividir y restar, los nodos de una red determinada se multiplican y se expanden continuamente, estableciendo un número creciente de lazos horizontales. Al mismo tiempo, determinadas redes siempre están definidas por determinados valores y principios rectores, pero estos protocolos deberían ser lo más amplios y flexibles posible según la naturaleza específica de los objetivos. La política en red conlleva también una búsqueda de nuevos métodos de práctica colaborativa, rompiendo la brecha entre productor y consumidor, autor y lector, dirigente y seguidor. El objetivo general consiste en utilizar las herramientas y tecnologías sociales y políticas disponibles para ampliar la participación de base, desafiando las jerarquías tradicionales y capacitando a las personas para que se impliquen más directamente en aquellos ámbitos de la vida que más les afectan. La colaboración horizontal no es necesariamente la forma más eficiente de alcanzar un objetivo concreto -aunque puede serlo, como bien lo demuestra el software de código abierto-, pero siempre encarna unos valores más igualitarios, así como una consonancia entre medios y fines (Jeff Juris).

La lucha por la igualdad de género

Hemos aprendido que es importante aplicar el análisis y la concienciación feministas a la dinámica de nuestras propias organizaciones y de la sociedad en general. La desigualdad de género no sólo tiene que ver con la inferioridad económica o la desigualdad institucional; es algo que afecta a todos los ámbitos. El sexismo y la misoginia se pueden dar en organizaciones cuyos miembros apoyen unánimemente una igualdad formal. ¿Pero es esa una prioridad para hoy o mañana? Que una organización radical no haga de esta cuestión una prioridad puede ser síntoma de un sexismo subyacente, pero al enfrentarse a un desafío o a una crisis, puede aflorar y convertirse en una importante fuente de debilidad. Hay que huir de la complacencia. Más concretamente, hay que evitar calcar en nuestras organizaciones las estructuras patriarcales de la sociedad. Los ‘dirigentes’ tienden a ser hombres. La adopción de un proceso de toma de decisiones colectivo más democrático, a través de estructuras más horizontales y de base, y un enfoque de tolerancia cero frente al dogmatismo de esos supuestos ‘expertos’ (normalmente hombres) podría ayudar a dar a las mujeres el tiempo necesario para pensar y participar más de lo que lo hacen actualmente. Este entorno favorable ayudará a mejorar la creatividad y la eficacia de la organización en general. Creo sinceramente que si la izquierda no se esfuerza constantemente por alcanzar este objetivo, no importa dónde suba al poder, porque acabará replicando unos sistemas de poder desiguales y antidemocráticos. Para cambiar ciertas actitudes, no hay que esperar a la revolución. Si realmente luchamos por una nueva democracia, este proceso debe ser constante. En el Partido Socialista Escocés, seguimos una política por la que los diputados reciben un salario basado en el sueldo medio de un trabajador. Pero no ha resultado ser una política lo bastante eficaz como para que los diputados rindan cuentas. Ciertas personalidades (en su mayoría hombres) no se someten a controles fiscales. Establecer un tiempo máximo de actividad para los cargos parlamentarios, garantizar que los grupos parlamentarios actúen según las directrices de las bases del partido, adoptar procesos de toma de decisiones abiertos y transparentes, y capacitar para ello a todos los miembros; todo esto son posibles soluciones ideales. Pero esta lista no es exhaustiva, y no abarca todas las contradicciones de nuestra situación (Carolyn Leckie).

No debemos dar por sentado que la igualdad de género es una batalla ya ganada. En muchas organizaciones altermundialistas la igualdad de género se da por sentada y eso es un gran error. Debemos comportarnos y organizarnos según la concepción de la igualdad de género que deseamos alcanzar en una sociedad futura. Deberíamos desarrollar, sobre todo, una mayor conciencia sobre las consecuencias de la desigualdad de género sobre los hombres y los homosexuales (Mayo Fuster i Morell).



 
7 de juny
Mano Negra & Manu Chao - Sidi Hbibi (Live) Bayonne (France) 2008 More than a concert... in a big venue or an intimate dive, the equation is sure to be the same: Manu Chao are an explosive cocktail an explosion of joy.

concepció&disseny: miquel garcia "esranxer@yahoo.es"