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dimecres 13 de febrer de 2002
PORTO ALEGRE 2002
Inmanuel Wallerstein.

La gran ofensiva neoliberal para socavar las ganancias que habían obtenido las poblaciones del mundo en el periodo posterior a 1945 se lanzó de manera simbólica (y real, en cierta medida) al convocarse la primera conferencia de Davos, en 1971. Se planeó como un lugar de encuentro para los poderosos del mundo "directores de los más grandes bancos y corporaciones, líderes políticos, figuras clave en los medios" para consultar unos con otros, crear una retórica propia y coordinar estrategias.

Hasta mediados de los años 90 esto parecía sorprendentemente exitoso. Los principales regímenes soviéticos fueron desmantelados, los movimientos históricos nacionales de liberación quedaron desprestigiados o reducidos. La retórica del desarrollo (ya no digamos la del socialismo) había sido remplazada en todo el mundo por la retórica de la globalización, para la cual, se dijo, no había alternativa posible. Los partidos comunistas del mundo se habían convertido en socialdemócratas, y los partidos socialdemócratas ya estaban casados con el liberalismo de mercado que aparecía como la versión apenas diluida del liberalismo ligado a los partidos conservadores.

Las fuerzas de Davos aceleraron a toda máquina y de pronto se toparon con problemas. El Acuerdo Multilateral de Inversiones, discutido en secreto, que hubiera hecho ilegales legislaciones nacionales que restringían las facultades de las corporaciones extranjeras, fue hundido en 1998, en parte debido a la oposición de Francia.

Al año siguiente, en Seattle, una inesperada coalición de ambientalistas y sindicatos estadunidenses se manifestó tan vigorosamente contra el lanzamiento de una nueva ronda de pláticas de la Organización Mundial del Comercio (OMC), que la reunión planeada ni siquiera procedió.

Esto fue un logro, principalmente, de los manifestantes estadunidenses. Y siguió una cascada de protestas en Quebec, Niza, Gotemburgo y Génova, todas exitosas. Y después llegó el Foro Social Mundial de Porto Alegre, en 2001: 15 mil personas de todo el mundo, de toda clase de organizaciones, que insistieron en que "otro mundo es posible".

La prensa occidental se mantuvo escéptica, pero la gente de Davos se sintió perturbada. Decidieron llevar sus reuniones a lugares más seguros, desde Doha, en los Emiratos Arabes Unidos para la reunión de la OMC, hasta una remota localidad montañosa de Canadá para la junta del Grupo de los Ocho, y a Nueva York para el Foro Económico Mundial.

El ataque del 11 de septiembre de 2001 sirvió a los intereses de las fuerzas de Davos.

Las manifestaciones a gran escala, con sus riesgos de violencia, parecían amenazadas por acusaciones de terrorismo. La bien protegida reunión de la OMC en Doha relanzó las pláticas mundiales sobre comercio. Pero ahora, cinco meses después de los atentados, se llevó a cabo Porto Alegre II. Esta vez, los primeros cálculos de asistencia ascendían a 50 mil personas. Esta vez, la prensa mundial está prestando mayor atención a Porto Alegre que a Davos, salvo en Estados Unidos, por supuesto.

Es un momento que hay que atesorar. ¿Cuáles han sido las fortalezas de la coalición antiglobalización? La primera es que demostró la amplitud y profundidad del apoyo popular del que goza en todo el mundo, lo cual deja claro que en efecto hay una alternativa a la agenda neoliberal de las fuerzas de Davos. El 11 de septiembre parece haber frenado el movimiento sólo momentáneamente.

En segundo lugar, la coalición ha demostrado que la nueva estrategia antisistema es factible. ¿Cuál es esta estrategia? Para en-tenderla claramente debe uno recordar cuál fue la vieja estrategia. La izquierda mundial en todas sus muchas formas -partidos comunistas y socialdemócratas, movimientos nacionales de liberación- argumentaron por al menos cien años (de 1870 a 1970, aproximadamente) que la única estrategia practicable incluía dos elementos clave: la creación de una estructura organizacional central y tener el objetivo primordial de llegar al poder estatal de una forma u otra. Los movimientos prometieron que, una vez en el poder de Estado, podrían cambiar al mundo.

Esta estrategia parecía muy exitosa, en el sentido de que en los años 60 una u otra de estas tres clases de movimientos había logrado llegar al poder estatal en la mayor parte de los países de la Tierra. Sin embargo, era evidente que no habían logrado transformar al mundo. De esto se trató la revolución mundial de 1968; del fracaso de la vieja izquierda en su intento por transformar al mundo. Esto llevó a 30 años de debate y experimentación sobre las alternativas a la estrategia orientada hacia el Estado que ahora parecía equivocada. Porto Alegre es la protagonización de la alternativa. No existe una estructura centralizada. Por el contrario, Porto Alegre es una muy flexible coalición de movimientos trasnacionales, nacionales y locales, con múltiples prioridades unidas primordialmente en su oposición al orden mundial neoliberal. Y estos movimientos, en su mayoría, no están buscando el poder del Estado, y si lo están buscando, lo hacen partiendo de que ésta es sólo una táctica entre otras, pero no la más importante.

Hemos dicho suficiente sobre las fortalezas de Porto Alegre. Es momento de señalar sus debilidades. Sus fortalezas son sus debilidades. La falta de centralización puede hacer difícil coordinar tácticas para las batallas más duras que quedan por delante. Y tendremos que ver también qué tan grande es la tolerancia hacia todos los intereses que se representan, la tolerancia hacia las prioridades de unos y otros.

Y si lograr el poder desde la estructura del Estado ya no es el objetivo primordial, ¿entonces qué lo es- Hasta ahora las fuerzas de Porto Alegre han luchado, sobre todo, batallas defensivas: impedir a las fuerzas de Davos llevar a cabo su agenda. Esto es importante, útil, y ha sido más exitoso de lo que muchos hubieran predicho hace algunos años. Pero tendrá que adoptarse una agenda seria y positiva. El impuesto Tobin (para combatir la especulación en los flujos de capital), eliminar la fórmula del impuesto sobre la vivienda, cancelar la deuda de los países del Tercer Mundo son todas propuestas útiles, pero ninguna es suficiente para cambiar la estructura fundamental del sistema-mundo.

Lo que las fuerzas de Porto Alegre necesitan hacer de manera más clara es:

1) analizar hacia dónde va, estructuralmente, la economía capitalista mundial y cuáles son sus debilidades inherentes.

2) Comenzar a delinear un orden mundial alternativo. En cierto sentido, el mundo está nuevamente donde estaba a mediados del siglo XIX, pero tiene una ventaja: cuenta con la experiencia y el aprendizaje a partir de los errores de los pasados 150 años.

Un nuevo mundo es posible, aunque no exista la seguridad de que logre concretarse.



 
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