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divendres 19 de març de 2010
(Re)definamos el concepto de desarrollo
Cecilia Carballo (IPADEC)

Cada vez es más palpable el estrecho vínculo entre los efectos del cambio climático y la pobreza. Para analizar las relaciones entre ambos conceptos se hace preciso redefinir y revisar el concepto de desarrollo.

En un contexto donde se define por oposición, lo bueno frente a lo malo, lo rico frente a lo pobre, nos resulta fácil definir de manera intuitiva qué es la pobreza, pero se nos hace difícil enmarcarla o delimitarla en un contexto formal. Tradicionalmente, ha estado vinculada a la falta de recursos monetarios o económicos, pero se han ido incorporando otros factores cuya carencia puede acarrear pobreza. Ser pobre se puede considerar a través de varias perspectivas, no sólo desde la concepción de la pobreza absoluta, relativa o de necesidades básicas insatisfechas, sino también de aquellas otras que tienen que ver con la universalidad de los derechos Humanos fundamentales, como son la participación, la igualdad de oportunidades y la expansión de las libertades, pues la pobreza integra la carencia de oportunidades que promueven las potencialidades para desarrollarse. Pero para que la coyuntura sea idónea, no sólo basta una economía fluida, sino también un entorno sano, y esto quiere decir un ambiente que cubra las necesidades de las comunidades que lo habitan con sus recursos naturales.

Por este motivo, el análisis de las relaciones entre los efectos del cambio climático y la pobreza ha de dirigirse hacia la necesidad de redefinir y/o revisar el concepto de desarrollo.

A pesar de la evolución del propio concepto -de referirse a crecimiento económico a encontrarse cargado de aspectos derivados de cuestiones sociales-, se continúa tildando a un país, una sociedad, una comunidad o un colectivo como "pobre" según la renta económica de la que disponga, y no por las oportunidades con las que cuenta. Sigue existiendo un pensamiento dominante que relaciona directamente crecimiento económico (incremento del consumo e incremento de la producción) con desarrollo y prosperidad, con redistribución y equidad.

«El concepto de desarrollo es perverso, porque incorpora lo que los griegos llamaban hybris, la desmesura.» En 1972, Meadows, Randers y Behrens ya establecieron los límites materiales del medio ambiente mundial, exponiendo las consecuencias trágicas de una explotación irracional de los recursos terrestres. Ya entonces era indispensable realizar una revisión fundamental, a la vez que del comportamiento de las mujeres y los hombres, de la estructura de la sociedad actual en su conjunto.

Como ya han señalado otros autores, la agricultura es un buen ejemplo de lo que significa priorizar un modelo de crecimiento cuestionable. Su desarrollo ha sobrepasado en términos globales la satisfacción de las necesidades de la población mundial (aunque el hambre siga afectando a millones de personas). Así, en muchos países del Sur se ha implantado la agricultura de los agro-negocios donde sólo importan los volúmenes de producción sin medir las consecuencias: el aumento de las zonas de cultivo a base de deforestación, la desaparición de muchos puestos de trabajo, una agricultura dependiente de los combustibles fósiles, que limita y reduce la capacidad de los suelos como sumideros de CO2, etc.

El denominado neoliberalismo se ha configurado como pensamiento dominante en parte de las instituciones internacionales y de los gobiernos del G-20, planteando la globalización como la forma idónea para un mayor crecimiento económico para "todos" los países y por tanto, fórmula apta para reducir (que no erradicar) la pobreza. La globalización, así entendida, no contempla que los países en desarrollo (PED) necesiten de una consideración especial y debilita la valorización de sus recursos.

Este modelo de desarrollo implica unos costes impagables para el planeta y para quienes lo habitamos, especialmente para aquellas personas que se encuentran en situación de pobreza y habitan en lugares más vulnerables al cambio climático.

Desde el punto de vista ecológico es imposible mantener a la Tierra con sus recursos finitos basándonos en modelos de crecimiento ilimitado. No existe tierra cultivable suficiente para mantener el modelo de agricultura actual, alimente a la ganadería intensiva y genere energía proveniente de biocombustibles.

Mientras un menor crecimiento implique menor estrés y presión sobre el entorno y una ralentización de las emisiones de CO2 a la atmósfera, tendremos una oportunidad de oro para seguir reclamando lo que no hemos conseguido en la Cumbre de Copenhague.

Para ello, los PED deberán plantear modelos de crecimiento y desarrollo contrarios, en algunos casos, a los de los países industrializados. Las bases del crecimiento deberán constituirse sobreparámetros de producción limpia y consumo responsable.

Pero nada de lo anterior sería factible, sin que las primeras economías del mundo (Estados y empresas multinacionales) cambien sus formas de producción y consumo y aprendan a vivir con y en los límites de la sostenibilidad. Asegurar la sostenibilidad medioambiental resulta imprescindible para abordar las estrategias de lucha contra la pobreza. En este sentido, estos conceptos serán claves para garantizar la coherencia de políticas, y no hablamos exclusivamente de políticas de desarrollo, sino de modelos de crecimiento.

Los objetivos de lucha contra la degradación del medio ambiente exigen su integración en las políticas de desarrollo. El crecimiento debe asegurar el equilibrio y la cohesión social, debe respetar y preservar el medio ambiente y debe dirigirse hacia el diseño de políticas redistributivas que generen y repartan riqueza.

Ante la actual crisis económica los países industrializados cuentan con la oportunidad de reorientar sus políticas hacia una economía baja en carbono y que promueva las acciones centradas en el apoyo a la sostenibilidad medioambiental y la apuesta por otro modelo energético y económico.

No podemos aceptar más políticas de crecimiento económico sabiendo que éste esconde la generación de pobreza y compromete la vida de las generaciones futuras. Siguiendo a Serge Latouche, podemos pensar en términos de decrecimiento: supeditar el mercado a la sociedad, sustituir la competencia por la cooperación, acomodar la economía a la economía de la naturaleza y del sustento, para poder estar en condiciones de retomar el control de nuestras vidas. El decrecimiento nos llevará a vivir mejor con menos: menos comida basura, menos estrés, menos pleitesía al consumo, modelos productivos donde los ecosistemas no están al servicio de la economía y desarrollo en términos inclusivos.

Cecilia Carballo Directora de la Fundación IPADEC



 
7 de juny
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