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dissabte 26 de febrer de 2011
Libia. Pasado y futuro
El régimen de Gadafi se desmorona
George Joffe (Al Yasira) *

Muchos pensaban que el régimen del coronel Gadafi en Libia resistiría el vendaval de cambio que agita el mundo árabe debido a su reputación de brutalidad, que había fragmentado a su población de seis millones de personas a lo largo de los últimos 42 años. Tanto más sorprendente resulta ahora su probable desaparición después de varios días de protestas de manifestantes desarmados, pues en esos largos años ha destruido el mínimo atisbo de disidencia y ha atomizado a la sociedad libia para asegurarse de que ninguna organización, formal o espontánea, pudiera consolidarse suficientemente para oponerse a su dominación.

El Islam político, radical o moderado, ha sido su principal víctima, especialmente tras una revuelta islamista en Cirenaica, la región oriental del país, a finales de los años noventa. Otras corrientes políticas tuvieron que exiliarse a partir de 1973, cuando se proclamó la “democracia popular directa” y nació la yamahiriya, el “Estado de las masas”. Incluso el ejército libio fue objeto de sospecha y el cuerpo de oficiales estaba sometido a un estricto control para atajar cualquier amago de deslealtad. No es extraño que importantes unidades hayan roto con el régimen, haciendo posible la liberación del este de Libia.

Causas del colapso

Las únicas estructuras que toleró el régimen al margen de las instituciones del “Estado de las masas” -que materializaba la visión personal de Gadafi de la democracia popular directa, en la que todos los libios estaban teóricamente obligados a participar- fueron la base tribal de la sociedad y el Movimiento de los Comités Revolucionarios, vinculado a su vez al régimen a través de la afiliación tribal y el compromiso ideológico y utilizado para disciplinar y aterrorizar a la población mediante la “justicia revolucionaria”.

Aparte de esto solo estaban la familia del coronel y los riyal al-jima, los “hombres de la jaima”, antiguos compañeros revolucionarios de Gadafi de la Unión de Oficiales Libres que había organizado la revolución de 1969 contra la monarquía de los Sanussi y llevado al poder al coronel. Las tribus no necesariamente apoyaban al régimen, pero estaban controladas por la “dirección social popular”, un comité que reunía a 32 de los principales líderes tribales bajo la estrecha vigilancia del régimen.

Sin embargo, en realidad, las tribus Sa’adi de Cirenaica, por ejemplo, no tenían en gran estima al régimen, pues fueron la cuna del movimiento Sanussi, que había controlado gran parte de la Libia moderna y de Chad en el siglo XIX. En asociación con el Imperio otomano, los Sa’adi encabezaron la resistencia a la ocupación italiana entre 1911 y 1927. La revolución les restó poder, entre otras razones porque los revolucionarios procedían de tres tribus -los Qadadfa, los Maghraha y los Warfalla- que anteriormente les habían estado subordinadas.

Se podría decir, en resumen, que la revolución supuso, en lo esencial, una inversión del poder tribal, a pesar de su compromiso ostensible con el nacionalismo panárabe.

Factores geográficos

En efecto, el régimen se construyó conscientemente sobre la base de estas tres tribus, que nutrieron los servicios de seguridad y el Movimiento de los Comités Revolucionarios. Pero incluso entre ellas hubo disputas internas: los Warfalla estuvieron implicados en el golpe fracasado de Bani Ulid en 1993 y sus jefes se negaron a ejecutar a los culpables para demostrar su lealtad al régimen. Al final, los sicarios de Gadafi organizaron la ejecución, granjeándose la enemistad tribal, lo que probablemente explica por qué los jefes tribales se pasaron tan pronto al lado de la oposición cuando el régimen comenzó a tambalearse.

En la rapidez del colapso del régimen también incide un factor geográfico: Libia es en gran parte un desierto, y las únicas regiones que pueden soportar cierta densidad de población son la llanura de Yefara, alrededor de Trípoli, y Yabal al-Ajdar, alrededor de Bengasi, en Cirenaica. El resultado de ello es que la población libia, gracias al desarrollo económico sostenido por el petróleo del Estado rentista que surgió a finales de la década de 1960, está ahora altamente urbanizada y en gran parte concentrada en esas dos urbes y las ciudades satélite que las rodean.

Corrupción

Esto significa que cualquier régimen que pierda el control sobre ellas ha perdido el control del país, por mucho que tenga en sus manos el resto del territorio, como los yacimientos petrolíferos del golfo de Sirte, situado entre ambas y habitado por los Qadadfa, o los Fezzan, que todavía parecen mantenerse leales al régimen de Gadafi. Esto explica cómo, una vez que el ejército cambió de bando en Bengasi, el régimen perdió el control de toda la parte oriental de Libia y por qué su control sobre Trípoli, la capital, se ha resquebrajado con tanta rapidez.

Tampoco hay que olvidar la naturaleza del régimen o de la familia de Gadafi como factor del colapso. En los últimos años, el régimen se ha beneficiado de la creciente inversión extranjera en el país, además de las enormes rentas del petróleo, cuando se levantaron en 1999 las sanciones que habían sido impuestas en relación con el atentado de Lockerbie. En la misma medida que fue creciendo el interés de los inversores extranjeros, también lo hizo la corrupción, y aunque tal vez el propio coronel Gadafi no fuera corrupto, sus ocho hijos sin duda lo son, habiendo amasado sus respectivas fortunas mediante el cobro de comisiones y el desvío de fondos del enorme flujo de dinero generado por el sector del petróleo y el gas.

La población libia, por su parte, no pudo participar en los beneficios del petróleo, de modo que la corrupción galopante alimentó su resentimiento frente al régimen en los últimos años.

“Mercenarios extranjeros”

Además, el líder libio, que no ocupa ningún cargo formal dentro de la Jamahiriya, pero que se aseguró de que el Movimiento de los Comités Revolucionarios respondiera exclusivamente ante él, ha jugado con las aspiraciones de sus hijos a sucederle, enfrentándolos entre ellos de manera que ninguno alcanzara poder suficiente para amenazar su posición. En esta atmósfera de absoluta desconfianza y sospecha, no es extraño que el último bastión del régimen sean los “mercenarios extranjeros” que aterrorizan a los libios con su violencia indiscriminada en la revolución en curso.

En realidad, estos mercenarios forman parte de la concepción del Estado propia de Gadafi. En la década de 1980, Libia abrió sus fronteras a todos los que fueran musulmanes, al amparo de su visión del nacionalismo panárabe y del integrismo islámico. El régimen reclutó asimismo una “Legión islámica” para ayudarle en sus aventuras extranjeras, particularmente en África, como ocurrió en Chad, Uganda y Tanzania.

En 1997, Libia renunció asimismo a su imagen de país árabe para propiciar en su lugar su raigambre africana, abriendo sus fronteras al África subsahariana a pesar de las fuertes tensiones internas que generó la llegada de inmigrantes y que dieron lugar a los disturbios del año 2000.

Ahora, además de utilizar a inmigrantes africanos para doblegar a países europeos, como Italia, con la amenaza de abrir las puertas a un flujo migratorio descontrolado, también ha reclutado a muchos de ellos para sus fuerzas de élite alrededor del “Batallón de Disuasión” (la 32ª Brigada), que se dedica exclusivamente a la represión interna. Sus componentes no tienen ningún vínculo de lealtad con los libios y constituyen la tropa en que se apoya Gadafi para asegurar que el régimen acabará en un baño de sangre en castigo por la traición de los libios a su visión política.

El futuro

Al margen de lo que piense del coronel -y lo que piensa es lo que determina la lucha en el interior de Libia en estos momentos-, existen factores objetivos que determinarán el resultado. La rebelión en la parte occidental de Libia ya ha hecho caer en manos de la creciente oposición al régimen algunas ciudades de la llanura de Yefara. Al parecer, Zuwara está controlada por ella y por lo visto se está librando una batalla entre las fuerzas armadas leales al régimen de Gadafi y el naciente movimiento contrario al mismo en Misurata y Zawiya, donde al parecer han intervenido helicópteros de combate.

Aunque Trípoli siga en manos del régimen, las ciudades que la rodean parecen escapar a su control. Al final, el líder no controlará más que la capital. No cabe duda de que el combate resulta cada vez más sangriento y ya se calcula que hay entre 600 y 2.000 muertos.

El resultado dependerá de la lealtad de las fuerzas armadas y de las instituciones del Estado hacia el líder libio. Y esta lealtad está cada vez más en tela de juicio: dos ministros, los de Justicia y de Interior, han dimitido y las misiones diplomáticas libias en todo el mundo están cambiando de bando progresivamente, entre ellas algunas importantes como la de Naciones Unidas en Nueva York y la de Washington. Los diplomáticos declaran que se oponen a lo que consideran un genocidio por parte de las fuerzas armadas libias contra manifestantes desarmados.

Hasta las propias fuerzas armadas están desgajándose cada vez más del régimen, lo que sin duda es una revancha tardía por la desconfianza y los abusos de que han sido objeto crónicamente. Pocos son, en el seno del ejército y de la población en general, los que han olvidado los hechos ocurridos a finales de la década de 1980, cuando Libia se vio forzada a salir de Chad con numerosas bajas.

¿Quién vendrá?

El problema es que no está nada claro qué vendrá a sustituir al odiado régimen del coronel Gadafi. Una consecuencia de la represión sistemática es que no existe ningún movimiento o personalidad que pudiera aparecer como alternativa natural. Dentro de Libia, únicamente los Hermanos Musulmanes y algunos grupos integristas islámicos tienen alguna presencia organizada.

Fuera de Libia hay numerosos grupos de oposición, pero no está demostrado que tengan alguna influencia real en el interior del país. En los países europeos que bordean la costa norte del Mediterráneo existe el temor a una avalancha de inmigrantes y refugiados que huyen de la violencia. Y finalmente hay un millón de migrantes subsaharianos empantanados en Libia que esperan cruzar a Europa.

* George Joffe es investigador de la Universidad de Cambridge y profesor invitado del Kings College de la Universidad de Londres, especializado en Oriente Próximo y África del Norte. Ha sido director de estudios del Royal Institute for International Affairs en Londres.



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