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dimecres 14 de març de 2007
"El humanitarismo se asemeja cada vez menos al altruismo y más a una estrategia de márketing"
EL HUMANITARISMO COMO ESTRATEGIA POLITICA Y MILITAR
Alejandro Pozo, investigador del Centre d’Estudios para la Paz J. M. Delàs, cuestiona la participación de los ejércitos en la asistencia humanitaria.

Hemos asistido en los últimos años a un doble proceso de comercialización y militarización de la solidaridad

La participación de los ejércitos en la asistencia humanitaria es una cuestión que genera preocupación y que merece un estudio profundo. Incluso la implicación en las operaciones militares en el extranjero resulta muy cuestionable. Por esto, lo Centro d’Estudios para la Paz J.M. Delàs, de Justicia y Pau, empezó el mayo de 2006 una campaña que trae el mismo título que estas líneas. En el marco de esta campaña, los días 9 y 10 de octubre de 2006 se celebraron las jornadas ’Humanitarismo militar, militarismo humanitario’, que contaron con la presencia y las ponencias de personas de ámbitos muy diversos: pacifistas, militares, académicos, periodistas, trabajadores humanitarios, etc.

La ayuda humanitaria disfruta de tanta popularidad que se ha convertido en el instrumento de c ualquier gobierno, ejército, agencia, entidad, institución, organización, asociación, empresa o banco que pretenda aumentar su credibilidad ante de la sociedad. El humanitarismo se asemeja cada vez menos al altruismo que pregona y más a una estrategia de márketing. De hecho, hemos asistido en los últimos años a un doble proceso de comercialización y militarización de la solidaridad, el segundo de los cuales pretende denunciar la campaña. Las víctimas de los desastres como instrumento, los intereses políticos a bulto de la dignidad de las personas.

La acción humanitaria se caracteriza, de acuerdo con el Derecho Internacional Humanitario, por su imparcialidad e independencia. Las actuaciones militares responden a intereses políticos, claramente parciales y dependientes. Son una herramienta gubernamental por obtener réditos tanto dentro como fuera de las fronteras estatales. Los ejércitos españoles, además, han encontrado en el humanitarismo una estrategia eficaz por conseguir tres objetivos que de humanitarios no tienen nada: mejorar su imagen ante de la sociedad, resolver el grave problema de reclutamiento y obtener un aumento de presupuesto por modernizar su armamento, mesura claramente impopular. Los anuncios promocionales que el Ministerio de Defensa difunde a través de la televisión y otros medios de comunicación muestran mayoritariamente soldados que prestan asistencia. Esto no corresponde a la realidad de lo que hace el ejército: la ayuda humanitaria representó el 2004 únicamente el 0,0062% del total del gasto militar al Estado español.

Los actores humanitarios más significativos piden que la participación de los militares en tareas de asistencia sea sólo en últim o recurso, en casos muy excepcionales y a la fase de emergencia, cuando no haya alternativa civil (y será un actor civil quien determinará que esta opción no es viable). El control de la operación, finalmente, también habría de estar en manos de civiles.

De acuerdo con denuncias de ONG, estos criterios no se cumplen. Pero además no se cumplirán nunca, porque siempre hay una alternativa civil de calidad, lo que falta es la voluntad política. Por su parte, los militares afirman que esta intromisión no es decisión suya: es el Gobierno, en representación del pueblo, quien decide dónde se han d enviar las tropas y cuáles deben ser sus funciones. Este ejercicio de soberanía democrática se pone en entredicho cuando vemos la supeditación de la política exterior española a las directivas de la OTAN o a unos intereses particulares que poco tienen que ver con la voluntad popular y que son absolutamente ajenos a motivaciones humanitarias y solidarias.

Con el debido respeto a los soldados que trabajan en el extranjero, hace falta mencionar que el debate sobre el papel de los ejércitos en la acción humanitaria está lleno de cinismo, hipocresía, contradicción e irresponsabilidad. Es cínico que sean los mismos estados que bombardean los pueblos (o los asfixian con políticas y relaciones económicas injustas) los que después presumen de repartirles ayuda. Es hipócrita disfrazar de humanitarios intereses políticos. Es contradictorio que por preservar la vida humana se utilicen unos recursos pensados por quitarla. Y es irresponsable por dos razones: primera, porque esta confusión de roles entre actores humanitarios y actores militares es un riesgo para los primeros, puesto que pueden ser señalados como objetivo militar. Lo mismo pasa cuando los soldados intentan ganarse los “corazones y mentes” de las poblaciones locales y estos civiles acaban siendo percibidos como aliados de una de las partes beligerantes, y acaban aconteciendo también objetivo militar.

Una segunda muestra de irresponsabilidad la representa el hecho de escoger opciones militares cuando hay alternativas civiles, mucho más eficaces. Eficaces no en términos políticos, claro está, sino humanitarios. Alternativas más económicas, más seguras, más eficientes desde el punto de vista logístico, más transparentes y, sobre todo, más éticas, porque tratan las personas como fin, no como instrumento para la ganancia política.

La Magalla es la revista de la Federación Catalana de ONGD. Puedes descargarla aquí.



 
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