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diumenge 22 d'abril de 2012
Elecciones en Francia
Las políticas de Jean-Luc Mélenchon no son fantasías de extrema izquierda
Philippe Marlière

Soberbiamente ignorado por los medios de información hasta hace bien poco, Jean-Luc Mélenchon es el nuevo sabor del día de la campaña presidencial francesa. La verdad es que, mientras intentaban dar cuenta de su espectacular ascenso en las encuestas - los últimas noticias le sitúan en un 17% del voto -, la mayoría de los comentaristas no podían evitar mostrar su desprecio por el candidato del Frente de Izquierda.

Un vistazo a los principales artículos publicados recientemente en los medios británicos proporciona un convincente caso de estudio del prejuicio político y la incomprensión. Se describe a Mélenchon como "pendenciero anti-anglosajón con voz de quejica” (The Independent), un "populista" que se sitúa en "la extrema izquierda" (todos los periódicos) y un "bravucón y narcisista que va por ahí provocando "(la BBC). Comentarios más comprensivos le comparan con George Galloway o le retratan como "instigador de la extrema izquierda", "inconformista" y "perro de presa del anticapitalismo".

Resulta llamativo que las valoraciones más favorables de la política de Mélenchon yerren asimismo el tiro. Mélenchon aparece como un "izquierdista adorable, pero anticuado". Así no se consigue captar la esencia de sus ambiciones políticas. El ascenso de Mélenchon nada tiene que ver con la "nostalgia y la política al estilo de los 70" sino que guarda relación en cambio con su resuelta postura sobre la actual crisis capitalista. Les dice a sus oyentes que

las medidas políticas de austeridad aplicadas en toda Europa no solo son injustas sino también contraproducentes

(hasta el Financial Times está de acuerdo). Las habilidades para el debate de Mélenchon prestan un buen servicio a su causa, pero se trata también de un pedagogo instruido: un político digno que nunca ha participado en vulgares “reality shows”. Lo que es más, Mélenchon es un republicano francés y un socialista, no un político de "extrema izquierda" o en los márgenes. Pasó treinta años en el Partido Socialista sosteniendo sin éxito que éste debería ser una fuerza al servicio de los trabajadores comunes y corrientes, y fue ministro en uno de los gobiernos de Lionel Jospin.

La oratoria resulta políticamente inútil si carece de un mensaje importante que transmitir. Mélenchon tiene uno: el neoliberalismo ha fracasado, por lo cual sería suicida insistir en sus inadecuadas medidas políticas. El europarlamentario dispone también de un programa creíble. En discursos didácticamente trabajados o en entrevistas con los medios, se aparta radicalmente de los políticos convencionales, explicando que

la crisis económica es sistémica,

lo que significa afirmar que se debe a opciones y prioridades políticas viciadas. Nuestras sociedades nunca han sido más productivas y opulentas que hoy, pero la mayoría de la población se está empobreciendo pese a trabajar cada vez más duro.

El problema no es cuestión de producción de riqueza

(como a los neoliberales y a los socialdemócratas de Blair les gustaría hacernos creer)

sino de redistribución de riqueza.

En Francia, expertos y oponentes enfurecidos tachan el programa del Frente de Izquierda de "pesadilla económica" o "fantasía delirante". ¿No deberían utilizar esta terminología para describir la debacle bancaria o las políticas de austeridad en toda Europa? El creciente número de seguidores de Mélenchon lo considera sentido común y bien saludable: imposición fiscal del 100% a las ganancias por encima de 360.000 euros, pensiones íntegras para todos a partir de los 60 años, reducción de las horas de trabajo, aumento del 20% del salario mínimo; además, el Banco Central Europeo debería prestar a los gobiernos europeos al 1%, como hace con los bancos. He aquí unas cuantas medidas realistas para apoyar a poblaciones empobrecidas. ¿Es esto una revolución? No, es reformismo radical: un intento de detener las formas más insoportables de dominación y privación económicas en nuestras sociedades. Puede que los jefazos de los potentados se marchen de Francia; les substituirán otros más jóvenes y competentes que trabajarán por un porcentaje de su salario. "¡Lo humano, primero!" es algo más que el título de un manifiesto, es un imperativo democrático: una Sexta República en lugar de la actual monarquía republicana, la nacionalización de las empresas energéticas (pues las fuentes de energía son bienes públicos) y, lo que se advierte mucho menos, una planificación ecológica de la economía, núcleo del proyecto político de Mélenchon.

Mélenchon le ha hecho otro favor más a la democracia francesa. En un memorable debate televisivo, derrotó rotundamente a la extrema derecha por vez primera en treinta años. Concentrándose en los detalles políticos, demostró Mélenchon que el programa de Marine Le Pen era regresivo para las mujeres. Además, hizo trizas el mito del Frente Nacional como partido que pone a la clase obrera en el centro de sus intereses. Dio toda la impresión de que Le Pen se quedaba sin palabras, incómoda.

La campaña de Mélenchon politiza a los jóvenes. Apela a la clase obrera, la cual, contra lo que argumentan algunos, ha rechazado en buena medida a Le Pen, y que ha ido absteniéndose de votar. Por primera vez en decenas de años, Mélenchon está contribuyendo a que la izquierda vuelva a conectar con las clases populares. Para Mélenchon, la política del libre mercado no funciona e inflige a la gente un sufrimiento innecesario. Ningún otro político europeo está mejor situado que él para sostener ese argumento.

Philippe Marlière es profesor de Política Francesa y Europea en el University College de Londres

Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón



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Entrevista a Jean-Luc Mélenchon, candidato de la Izquierda francesa
23 d'abril de 2012, per  tercera información

Son las 10 de la mañana de un miércoles primaveral. La sede de campaña del candidato del Frente de Izquierda, Jean-Luc Mélenchon, está en un suburbio popular del norte de París y lleva muy bien su apodo: “La Fábrica”. Un gran galpón donde alguna vez hubo una fábrica de zapatos, ahora reacondicionado para estos días de batalla electoral. El sol está afuera y adentro de este amplio local donde no se respira la puesta escena sino la vida misma: humilde, sana, problemática, solidaria, trabajadora, humana. El sol llega con los sondeos de opinión que han puesto ahora al movimiento que lidera Mélenchon en el tercer lugar de las intenciones de voto para las elecciones presidenciales del próximo 22 de abril y 6 de mayo: el poco más de 15 por ciento hizo de Mélenchon “el tercer hombre” que desplazó del trono a la extrema derecha del Frente Nacional y se colocó detrás del presidente Nicolas Sarkozy y del candidato socialista François Hollande. La Fábrica vive una jornada especial. Uno tras otro, los obreros exponen sus problemas, la confrontación con el patronato, las consecuencias de las deslocalizaciones, el desperdicio de los recursos, la destrucción ecológica, el costo inhumano de las reorganizaciones industriales, los errores monumentales de gestión, las ideas concretas para salvar una fábrica y, con ella, cientos de empleos. Los obreros de la CGT, micrófono en mano, presentan la historia que los medios ocultan con un empeño perverso. Jean-Luc Mélenchon los escucha, toma notas, pregunta, pide aclaraciones.

Con el correr de las semanas, esa práctica de cercanía tejió una historia increíble para un movimiento político apenas fundado y en cuyo seno cohabitan comunistas del PC, izquierda radical y antiliberal, socialistas disidentes y ecologistas duros. La mayoría de estos partidos estuvo a punto de salir de la historia. Ahora están aunados en torno de un proyecto que los federó y con ello hizo realidad uno de los sueños más inalcanzables de las izquierdas mundiales: pactar un consenso orgánico por encima de las querellas asesinas que los dispersaron.

En 2009, el Frente de Izquierda ganó cinco europarlamentarios en las elecciones europeas. El abanico se amplió de manera espectacular con las elecciones presidenciales. Tanto que, durante el meeting que el Frente de Izquierda realizó en la Plaza de la Bastilla hace dos semanas, Jean-Luc Mélenchon no pudo terminar su discurso porque lo embargó la emoción. El militante de las corrientes minoritarias tenía enfrente a 120 mil personas en la plaza más emblemática de la historia de la Humanidad.

El proyecto político del Frente de Izquierda es mucho más que una máquina antiliberal. El Frente incorporó la ecología política en su programa y, con ese aporte, se diseñó un proyecto de sociedad novedoso, que contrasta con la pasividad de la socialdemocracia y el encierro en el que cayeron los partidos ecologistas tradicionales. No basta ser antiliberal para plantear un modelo de sociedad distinto.

En esta entrevista exclusiva con Página/12, Jean-Luc Mélenchon, el hombre milagro de la izquierda radical revela sus modelos y el corazón de una propuesta que, de una u otra forma, cambiará las alianzas y la filosofía políticas futuras de los partidos de izquierda.


 ¿Cuál es la fórmula para unir tantas corrientes distintas y a menudo antagónicas dentro de un mismo movimiento? Usted unió lo que estaba disperso y, encima, el éxito acompaña esta estrategia.

 Todo lo nuestro es nuevo: el Partido de Izquierda es nuevo, cumplimos cuatro años el próximo mes de noviembre, el Frente de izquierda también es nuevo. Nosotros acabamos de salir de las catacumbas, somos una corriente que estuvo a punto de desaparecer del paisaje político. En realidad he tomado mis modelos en América latina, me he inspirado en lo que pasó allí. Por ejemplo, el Frente de Izquierda es una fórmula política que liga a partidos muy diferentes. Ahora tenemos hasta ecologistas oriundos de la franja más radical.

En el mismo Frente tenemos partidarios del no crecimiento, partidarios del crecimiento y comunistas. Todos llegaron a encontrar cuál era su intersección común. En este caso, el modelo que puedo evocar es el Frente Amplio de Uruguay. Para mí fue una fuente de inspiración, desde hace muchos años. La revolución ciudadana es un proyecto federador porque incluye la idea del poder ciudadano. Esa palabra permitió hacer converger tradiciones revolucionarias muy distintas. Pues bien, esa idea la tomé de Ecuador. La manera de enfrentar el sistema de los medios de comunicación la tomé de Néstor y Cristina Kirchner. Aquí, en Francia, me atribuyeron ese estilo a mi mal humor, a mis dificultades, pero en realidad no es así: ellos me manipulan y yo los manipulo. Ahora los tengo a puro pan seco, igual que hicieron el ex presidente Néstor Kirchner y la presidenta Cristina Kirchner. En suma, me inspiro mucho en la tradición revolucionaria de América latina. Nuestra consigna es: ¡que se vayan todos! Esa consigna la saqué de la crisis argentina de 2001.

-¿Cuál es la clave, la consigna de base del consenso entre tantas izquierdas?
 Diría que si hay una palabra clave es la siguiente: la racionalidad concreta. Mi postulado inicial consiste en decir que no hay ningún problema al que no se le pueda aportar una respuesta técnica, concreta, radical. Se trata de salir de los debates preguntándose cómo se puede superar el marco de la contradicción. Yo les diría a los camaradas que quisieran imitarnos: a veces hay que tomar el viejo vocabulario, ponerlo a un lado, volver a comenzar desde cero como si acabáramos de nacer. A través de las palabras podemos crear una gramática nueva, una síntesis nueva y convergencias extraordinarias. -Estamos en una época de crisis global y profunda. Su discurso de ruptura ha encontrado un eco enorme en el electorado.

¿Qué tipo de socialismo o de planteamiento de izquierda se puede formular dentro de movimientos de sensibilidades similares, pero enfrentadas para controlar la crisis y cambiar el sistema?

 En la época de la crisis argentina, tuve una discusión con unos camaradas que habían ocupado un hotel en Buenos Aires. Tuvimos una discusión sobre el tipo de socialismo que era necesario plasmar a través de las críticas que se podían hacer del modelo venezolano o cubano. El camarada que estaba ahí nos dijo: “Miren, ustedes, los europeos, son muy interesantes para las polémicas, pero están en crisis. La última vez que hubo una crisis desencadenaron una Guerra Mundial y la Shoá para salir de la crisis. ¿Qué van a hacer ahora?”. Nos quedamos mudos. Aquel camarada había puesto el dedo en la llaga: la crisis del capitalismo de nuestra época conjuga crisis económica y crisis ecológica, y provoca deflagraciones que son mucho más que esquemas teóricos: son deflagraciones en las cuales la misma humanidad puede abolirse. Es preciso que nuestra izquierda se cure de la manía de las querellas teológicas, de las discusiones aterradoras sin fin. Es preciso tener una práctica racional. En cuanto se presenta una dificultad, se trata de desconstruirla, de desconstruir su contenido y volverlo a construir con los útiles que funcionan. Es imposible separar la práctica del trabajo teórico. Tengo una intuición, una suerte de certeza histórica y política: la clase trabajadora está llena de ideas, de conocimiento, de una mirada de experto. ¡Es una fuente fabulosa! La dialéctica del intercambio nos permite progresar.

-Como lo señaló hace un momento, dentro del Frente de Izquierda están los ecologistas. Pero su presencia no es decorativa, es orgánica. La ecología política es el núcleo del proyecto que usted defiende.

 Al principio no había tomado en cuenta esa dimensión. Tenía una sensibilidad ante el medio ambiente, frente al desperdicio y la contaminación, pero no iba más lejos. En la antigua izquierda éramos capaces de pensar todo, pero nos quedábamos con ángulos muertos. Uno de los ángulos muertos era: ¿cómo vivimos? En la historia del socialismo hay una suerte de obsesión sobre el hombre nuevo. Sin embargo, es una noción tan turbia que al final se vuelve peligrosa. ¿Qué es ese hombre nuevo al que queremos reformatear, a partir de qué? Enseguida vemos aparecer el riesgo totalitario. Ese era un ángulo muerto. El otro estaba en el hecho de que el desarrollo mismo del sistema puede poner en tela de juicio las mismas bases de la existencia del sistema porque agota los recursos y saquea el medio ambiente. Fueron los verdes quienes pusieron ese tema sobre la mesa. Reconozco la deuda intelectual que tengo con ellos. Alguien dijo que la ecología política era el nuevo paradigma organizador de la izquierda, y tiene razón. Me interesé en ese tema y para mí fue un shock intelectual, similar al shock que tuve cuando, en mi juventud, leí el libro de Marx y de Engels, La ideología alemana. Para mí fue una revelación intelectual, una clave de comprensión. Lo mismo me ocurrió con la ecología política. En esa búsqueda volví a Marx a través del recuerdo de una frase en la que él hablaba de la naturaleza y decía que ésta era el cuerpo inorgánico del hombre. Marx describe la relación del ser humano con la naturaleza en una suerte de dialéctica en la que el ser humano es uno de los episodios de la naturaleza y no simplemente una criatura exterior que surge y se plantea la pregunta del control de la naturaleza. Así terminé por formular una síntesis entre la antigua izquierda, de la que yo era un representante, y el nuevo paradigma.

-Esa síntesis condujo luego a la profundización del principio de la planificación ecológica como modelo de gestión.

 Sí. Así surgió la idea de la planificación de la ecología. Con esa planificación se pueden desarrollar las fuerzas productivas y disminuir las huellas ecológicas de la humanidad.

-Su argumento implica que la izquierda dejó de lado la cuestión del medio ambiente, de los recursos naturales, que no integró ese dato fundamental en su proyecto de sociedad.

 El problema de la izquierda consistió en adoptar el principio según el cual los estándares de vida de los ricos eran el buen camino. Por consiguiente, eso es lo que le hacía falta a todo el mundo. Y es a eso a lo que hay que renunciar. La riqueza es sinónimo de irresponsabilidad en lo que atañe a los modos de consumo. Fue un error de la antigua izquierda pensar así. Teníamos una mirada acrítica sobre el consumo. Encima, cuando surgía una mirada crítica, ésta era absurda porque se basaba en principios morales. La ecología política permitió solucionar muchos problemas teóricos. Por ejemplo, toda la idea progresista reposa sobre la igualdad y la similitud de los seres humanos. Aunque eso es una mera idea. Si uno mira alrededor, ve enseguida que los seres humanos no son en nada iguales. Pero nosotros fundamos de manera natural nuestra idea sobre esa igualdad. La Revolución de 1789 dice: los seres humanos nacen y permanecen libres e iguales en derecho. Esa es la razón por la cual en Francia nacieron todas las matrices de los pensamientos totalitarios y racistas. Ellos postularon que no era así, que, por naturaleza, había diferencias, desigualdades, razas. Quienes niegan la desigualdad natural condujeron a todos los regímenes igualitarios a ser totalitarios, porque tuvieron que forzar algo que está ya en la naturaleza. La ecología política resuelve ese obstáculo teórico, cierra la discusión. ¿Por qué? Porque dice que sólo existe un ecosistema compatible con la vida humana. Es decir, todos los seres humanos son semejantes por el hecho de que, si ese ecosistema desaparece, los seres humanos desaparecen todos al mismo tiempo. Somos entonces iguales frente a las obligaciones del ecosistema. Esto quiere decir que si tenemos un solo ecosistema que hace la vida posible, hay entonces un interés humano general. Ese interés humano general es una realidad. De esta manera llegamos a refundar el conjunto de los paradigmas organizadores del pensamiento de izquierda, es decir, el socialismo, el humanismo, las Luces, la República y la democracia.
 En la línea de este pensamiento, usted puso en primer plano a la clase trabajadora como actor ecológico y la idea de la planificación ecológica.

 Desde luego. Son los trabajadores quienes manipulan los productos nocivos. Estos productos les arruinan el primer segmento de la naturaleza que son ellos mismos: los pulmones cuando se respiran porquerías, la fecundidad, etcétera. La clase que está en contacto con la catástrofe ecológica es la clase obrera. La planificación ecológica consiste en organizar la producción, que hoy está pensada a corto plazo. Las empresas están bajo el control de los inversores, de las agencias de calificación, quienes reclaman cuentas cada tres meses. No hay ninguna estrategia a largo plazo. Tornar compatibles los procesos de producción y de intercambios con los imperativos de la ecología requiere tiempo. La planificación consiste en aminorar el tiempo, el cual es una dimensión social y ecológica fundamental. La segunda idea subyacente concierne a la política de la oferta a partir de una pregunta: ¿qué necesitamos? De allí surge otra idea, la del imperativo común; algo común a todas las reflexiones y a toda la producción y los intercambios. Eso es la regla verde, es decir, disminuir la huella ecológica de la producción de una forma seria, metódica y profunda.

-En este contexto, su proyecto de la revolución ciudadana se distancia de los principios de la socialdemocracia ya que, por ejemplo, se inscribe contra el credo del crecimiento como fórmula de progreso.

 En el proyecto de la revolución ciudadana hay, en efecto, una ruptura teórica de fondo con la socialdemocracia. Nosotros no decimos que vamos a repartir el fruto del crecimiento. La socialdemocracia está orgánicamente ligada al productivismo porque declara que el progreso social sólo existe dentro del productivismo. No. Nosotros pensamos lo contrario. Creemos que el progreso económico sólo es posible si hay progreso humano y progreso social. Para nosotros, el progreso humano y social es la condición del desarrollo económico. Estamos en dos visiones diametralmente opuestas. Tenemos que recuperar la audacia de los pioneros, de aquella gente que decía “este mundo es bello, es nuevo”. Tenemos que conocer, descubrir, proteger e impedir el saqueo de los recursos. La tierra es de una gran belleza. Todo no está perdido.

 
25 de novembre
14 de noviembre 2017
Conversaciones en La Central (40) @Yayo_Herrero y @Rosa_Colmenarejo "Crisis ecosocial y perspectivas de cambio"

concepció&disseny: miquel garcia "esranxer@yahoo.es"