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dimecres 1 de maig de 2013
De la burbuja inmobiliaria al Derecho a la vivienda: VIDAS HIPOTECADAS
¡Sí se puede!, prólogo a "Vidas hipotecadas" de Ada Colau y Adrià Alemany
Jose Coy, es activista social e impulsor de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca de Murcia y damnificado por la crisis hipotecaria

Barcelona, la ciudad que vio nacer el movimiento de afectados por la hipoteca, hace ahora tres años, es desde donde Ada y Adrià me piden que les escriba un texto a modo de prólogo para este libro. (Clica debajo en la imagen para leerlo).

Es abril de 2012. Más de un centenar de activistas procedentes de diferentes puntos del territorio nos hemos dado cita en la capital barcelonesa para coordinar la campaña de recogida de firmas para la ILP (Iniciativa Legislativa Popular). Un hilo de optimismo recorre la asamblea. Sentimos cómo la PAH va tomando cada vez más fuerza. De la nada, estamos construyendo un movimiento que todavía no ha tocado techo y que se ha convertido en un foco de resistencia contra la violencia de los bancos, la injusticia y la crisis del sistema. No obstante se trata de un optimismo comedido. Somos conscientes del contexto económico y político en el que nos movemos. Entre otros asuntos, nos preocupa la deriva que parece haber tomado el Gobierno, dispuesto a modificar el Código Penal con el objetivo de sancionar la resistencia pacífica que venimos practicando con el fin de paralizar los desahucios o que empleamos en las acciones de presión, como las ocupaciones de entidades bancarias, con el objetivo de conseguir daciones en pago y alquileres sociales para las familias.

Sin embargo, la sensación de que el movimiento crece, se consolida y se amplía con los nuevos nodos que siguen apareciendo en ciudades y municipios donde este aún no estaba presente inunda la asamblea. Incluso llegamos a bromear con la posibilidad de ir aprisión a causa de la reforma que pretende aprobar el ministro de Interior. De la cárcel, seguro que es más difícil que te desahucien.

Por momentos, el optimismo se convierte en euforia. En el momento en que escribo estas líneas existen más de 60 plataformas desparramadas por toda la geografía española. Pero más allá de las cifras, lo que más fuerza nos da es recibir el cariño, la simpatía y la complicidad de la gente. Lo comprobamos diariamente y en cada una de nuestras acciones.

Los más veteranos, aquellos que nos conocemos desde hace algo más de dos años, no podemos evitar sentirnos orgullosos al volver la vista atrás y analizar el camino recorrido. Nuestra trayectoria ha ido de menos a más, teniendo en cuenta que en un principio fue una auténtica travesía en el desierto. La razón: la dificultad que tenemos las personas afectadas para hablar públicamente sobre una realidad que vivimos como un fracaso personal, en una sociedad que mide a las personas por sus éxitos. Y es que el principal problema al que nos enfrentamos las víctimas de la crisis, cuando tocamos fondo y nos damos cuenta de que es imposible hacernos cargo de las deudas contraídas, es superar la vergüenza, el estigma y el miedo asociado al proceso, y atrevernos a contar la situación que atravesamos, incluso en el entorno más cercano.

Por eso uno de los logros más importantes de la Plataforma ha sido hacer visible un problema que se vive de manera individual, un problema que rara vez conseguía traspasar la esfera de lo íntimo y privado, y convertirlo en un problema social.

La PAH nos ha conferido autoestima, seguridad y una identidad colectiva que nos permite hacer frente a los bancos y medirnos con ellos de igual a igual. La Plataforma también ha sido fundamental a la hora de hilvanar un relato que explica la crisis atendiendo a las razones estructurales del modelo actual. Un relato que ha contribuido a que muchos afectados dejen de sentirse culpables de la situación que atraviesan, gracias a que ha logrado transformar el sentimiento de impotencia y aislamiento inicial en fortalecimiento y organización colectiva. Ni somos responsables de esta crisis, ni de haber perdido nuestro empleo.

Valga como ejemplo mi propia historia personal. Tardé tiempo en llegar a la conclusión de que no era culpable de haberme quedado en el paro y en encontrar ese sentimiento de indignación y rebeldía. Llevaba una vida normal y corriente con un trabajo de comercial autónomo bien remunerado en el sector textil. La globalización destrozó una actividad con gran pujanza en diversos lugares del arco del Mediterráneo y el cierre de financiación por parte de los bancos supuso la última estocada. Llevo más de tres años sin poder afrontar la cuota hipotecaria y pude detener la subasta de mi casa tras cuatro días de huelga de hambre.

La PAH me dio los instrumentos y la fuerza para seguir adelante.

No puedo evitar recordar mi primera conversación telefónica con Ada, en la que me contaba el funcionamiento de aquel «experimento» que bajo el nombre de Plataforma de Afectados por la Hipoteca se había puesto en marcha en Cataluña con tan buenos resultados. Rápidamente entendimos los conceptos con los que trabajaban estos compañeros. Meses antes habíamos intentado impulsar algo similar que no acabó de cuajar. Así, decidimos retomar la iniciativa incorporando las técnicas, los criterios, los métodos de trabajo y las pautas utilizadas en Barcelona para abordar la problemática.

Al recordarlo, vuelvo a mirar atrás y me emociono. No ha sido fácil, nada fácil. Incluso pronunciar «dación en pago» sin que la lengua se trabara fue todo un reto. A día de hoy, es difícil encontrar a alguien que no sepa lo que significa, y se ha convertido en una reivindicación de permanente actualidad en la agenda política y social. También recuerdo el silencio mediático inicial, cuando nadie nos hacía caso.

Pero este es un prólogo escrito en caliente que habla de una realidad y un conflicto cuyo final aún no está escrito. En el momento en que trazo estas líneas nos encontramos en un contexto de creciente conflictividad social en las calles e inmersos en lacampaña de recogida de firmas. Una campaña que de nuevo nos permite constatar el calor de la gente y la solidaridad de la ciudadanía con nuestras demandas. Porque tal y como reza a menudo Joaquín el Cura, sacerdote murciano y activista de la PAH, «la banca no tiene corazón, la ciudadanía sí».

La recesión en la que estamos inmersos y la política de recortes aplicada por los gobiernos para salir de ella, que ahondan en la herida y ralentizan la recuperación económica, nos conducen a una situación de deterioro social sin precedentes. La receta de austeridad que nos impone la dictadura de los mercados hace de la Plataforma una herramienta de lucha útil y poderosa. Y para los cientos de miles de familias que estamos condenadas de por vida a la exclusión social y a la precariedad, se convierte en un motivo de esperanza.

Pero nos vienen tiempos difíciles. La destrucción de empleo no cesa y con ello aumenta el número de familias que se ven obligadas a elegir entre comer y pagar la hipoteca. Ante este escenario, y a pesar del incansable trabajo realizado hasta la fecha, debemos redoblar los esfuerzos para llegar a las ciudades y pueblos donde todavía no estamos. Y, a la vez, continuar manejando la pluralidad que atesora el movimiento en cuanto a procedencias, identidades, creencias y culturas como hemos venido haciendo hasta ahora. Una transversalidad que nos enriquece y nos potencia. Sin lugar a dudas, uno de los factores que explican el arraigo del movimiento y un elemento que nos ha permitido crecer sorteando las dificultades que nos hemos ido encontrado en el camino.

A pesar de ser relativamente joven, la PAH ya se ha ganado un lugar en la historia de los movimientos sociales en el sur de Europa.

Formamos un puente de conexión con otros movimientos, como el vecinal, el sindical y el 15-M, entre otros. De hecho, somos parte del origen del movimiento de los indignados, que ha amplificado nuestra lucha, ha servido de altavoz de nuestras propuestas y nos ha aportado gran cantidad de activistas.



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¡SI SE PUEDE! "Vidas Hipotecadas" de Ada Colau
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