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dissabte 28 de desembre de 2013
La organización política en transición
Syriza y la dinámica del cambio social
Hilary Wainwright
per  Espai Alternatiu

El elemento característico de Syriza, en contraste con los partidos tradicionales de la izquierda, es que no sólo se ve como un medio de representación política de los movimientos, sino también como partícipe en la construcción de los movimientos. Su instinto político hace que sea prioritaria la responsabilidad de contribuir a la difusión y al fortalecimiento de los movimientos que luchan por la justicia social.

En las semanas que siguieron a la elección de 71 diputados de Syriza en junio de 2012 sus dirigentes subrayaron la importancia de este hecho para ‘cambiar la idea de las personas respecto a lo que pueden hacer y desarrollar con ellas el sentido de su capacidad de conseguir el poder’, en palabras de Andreas Karitzis, uno de los coordinadores políticos clave de Syriza. Aunque el partido cree que el poder estatal es necesario, según Karitzis ‘también es decisivo lo que se hace en los movimientos y la sociedad antes de hacerse con el poder. El 80% del cambio social no se consigue sólo con la llegada al gobierno’. Esto no es hablar por hablar.

Esta visión de las estrategias para el cambio social influye en cómo Syriza asigna los importantes recursos estatales que recibe debido a su gran representación parlamentaria. El partido recibirá ocho millones de euros (casi el triple de su presupuesto actual) y el Parlamento asigna cinco administrativos a cada diputado.

En la actualidad la idea es que gran parte de los nuevos fondos vaya a las redes de solidaridad de los barrios; por ejemplo para los trabajadores que extiendan iniciativas como los centros médicos sociales y otras que han tenido éxito y conecten los habitantes de las ciudades con los productores de alimentos. También se destinarán fondos al fortalecimiento del partido dentro del Parlamento, pero se dedicarán más fondos al trabajo de Syriza en la construcción de las organizaciones extraparlamentarias por el cambio social.

De los cinco administrativos asignados a los diputados dos trabajarán directamente para el diputado. Uno trabajará en los comités de políticas que reúnen a los diputados con los expertos cívicos y dos trabajarán para el partido en los movimientos y los barrios.

Detrás de estas prioridades hay un proceso de aprendizaje que surge de la vulnerabilidad mostrada por los partidos de izquierda en otros países europeos cuando permiten que las instituciones parlamentarias, con todos sus recursos y privilegios, los aparten de los movimientos a los que pretenden dar voz política.

El compromiso de construir movimientos tanto como el partido

Desde sus orígenes en 2004, en el momento más álgido del movimiento por la justicia global (especialmente fuerte en Grecia), Syriza se ocupó tanto de construir los movimientos de cambio de la sociedad como del éxito electoral. Hubo también un proceso de aprendizaje mediante el Foro Social Europeo y el Foro Social griego.

Esto contribuyó no sólo a la claridad de la visión estratégica de los límites del poder estatal para la transformación social, sino también a la insistencia consciente en las normas de pluralismo, el apoyo mutuo y la apertura a los nuevos modos en que las personas expresaban su descontento y alternativas.

El KKE, uno de los últimos partidos comunistas ortodoxos de Europa y un recuerdo constante de la metodología política que Syriza trataba de evitar, se mostraba confiado en su aislamiento autoimpuesto y cauteloso de la contaminación de lo ‘no ortodoxo’. Los activistas de Syriza, al contrario, participaron de la cultura curiosa, plural y abierta de aprendizaje mutuo promovido por el Foro Social Europeo y ésta se convirtió en uno de los objetivos explícitos de su nueva coalición política. Esto se vio claramente cuando Syriza se unió a la revuelta juvenil con ocasión de la muerte a manos de la policía de Alexandros Grigoropoulos en 2008 sin hacer valer su opinión ni tomar protagonismo. Y actuó de la misma manera cuando se protestó en la plaza Syntagma y a lo largo de 2011.

Los activistas de Syriza aportaron sus propios principios -por ejemplo, no permitir lemas contra los inmigrantes- y los aplicaron junto con otros colectivos -por ejemplo, los anarquistas- para encontrar las soluciones prácticas mediante el debate. El ala juvenil de Synaspismos colocaba un taller durante las protestas de Syntagma para explicar y discutir este enfoque de principios y la necesidad de no instrumentalizar la lucha.

La cultura convergente de las diferentes generaciones y tradiciones de la coalición ha modelado también a Syriza. La generación más joven, que tiene ahora 20 o 30 años, se acercó a la izquierda independientemente de la alternativa que pudiera existir. Los veteranos habían formado parte de la resistencia a la dictadura a finales de los años 60 y 70 y muchos de ellos se convirtieron en eurocomunistas en los años 80.

Ambas generaciones fueron activas en el movimiento por la justicia global y el foro social. Esto significó que los procesos colectivos de conocimiento y producción cultural en los movimientos que se resistían a la globalización neoliberal, tanto dentro de Grecia como internacionalmente en los años 90, fueron más importantes para el desarrollo político personal de los activistas de Syriza que el hecho de ser un campo donde ‘intervinieran’ con el fin de promocionar una alternativa que ya había funcionado en otro lugar.

Todos los activistas de Syriza son enérgicos acerca de la cuestión de ir más allá de la protesta y tener alternativas convincentes para la gente descontenta con el corrupto Estado griego y la troika de la CE, el FMI y el BCE. Esto ha llevado a un mayor apoyo de iniciativas que tengan impacto ahora en vez de esperar a que Syriza llegue al gobierno. Por ejemplo mientras los recortes destruyen el sistema público de salud, los médicos y enfermeros de Syriza se organizan para crear centros médicos que solucionen las necesidades urgentes sin dejar de exigir tratamiento gratuito en los hospitales públicos y la defensa de los servicios sanitarios.

Syriza une también a funcionarios vanguardistas con profesores expertos y representantes de padres para preparar cambios en la organización del Ministerio de Educación con el fin de que éste sea sensible a las necesidades del pueblo y para liberar las habilidades reprimidas de los empleados públicos que quieren realmente servir al público.

Syriza está realizando también un mapa de la economía cooperativa y social del país para identificar cómo se le puede ayudar políticamente

ahora y cuando el partido llegue al poder; el objetivo de Syriza es conseguir una economía orientada a las necesidades sociales. La sensibilidad del partido al auge gradual de la autogestión de la economía solidaria en medio de la crisis -al reconocer su potencial en términos de la construcción de una orientación alternativa de la sociedad- recuerda lo que dijo André Gorz cuando al hablar del concepto estratégico de las reformas no reformistas en su Strategy for Labor subrayó la importancia de ‘permitir a los trabajadores ver el socialismo no como el más allá trascendental sino como una meta visible de la praxis en el momento presente’.

Cuando Alexis Tsipras declaró que el partido estaba preparado para gobernar, basándose en el rechazo inequívoco de la política económica, consiguió que los activistas de Syriza se concentraran y se organizaran con disciplina. El estilo y la cultura de movimiento de la organización dieron lugar a una campaña de gran determinación en la que las lealtades particulares de grupo o tendencia dentro de la coalición se debilitaran para permitir que surgiera una nueva unidad.

Pero surgieron también quejas de una cierta opacidad sobre cuándo, dónde y cómo se tomaron las decisiones y temores de que esto se reforzara en el caso de que un gran grupo parlamentario llegase a ser una celebridad de la que dependiera el futuro del partido, lo que debilitaría la democracia y el debate interno del partido, recordando los casos de Lula y Andreas Papandreu en 1981.

Aunque la coalición está unida sobre la importancia de gobernar, se debate cómo compartir el liderazgo, cómo rendir cuentas a los activistas del partido y del movimiento, cómo mantener una cultura politizada y crítica de debate, desafío y militancia estratégica; en otras palabras, cómo evitar convertirse en ‘otro Pasok’.

Repensar el derecho a voto: desde la atomización a la representación social

La experiencia de Syriza aporta un enfoque práctico a las discusiones recientes en el seno del movimiento por la justicia global sobre la conveniencia, en las democracias liberales, de involucrarse en el sistema político y luchar contra él y en particular sobre la conveniencia de perseguir la representación política por otras razones que las propagandísticas y bajo qué formas de organización.

La combinación consciente de Syriza de organizar para gobernar junto con la capacidad de cambio independiente del sistema político -mediante el trabajo solidario dentro de la comunidad, la agitación de base en los sindicatos, las campañas por los derechos políticos y sociales y contra el racismo y la xenofobia- plantea una vez más si el voto es todavía un recurso de transformación social o una fuente perpetua de desilusión y alienación.

En otras palabras, ¿es posible que la representación en las actuales instituciones de democracia parlamentaria, junto con los esfuerzos para cambiar estas instituciones, fortalezca la lucha más amplia que acabe con el poder capitalista, es decir el poder de los mercados financieros, los bancos privados y las corporaciones, todos ligados a las instituciones estatales y avalados por ellas? Mi respuesta es positiva, aunque muy condicionada.

Este condicionamiento se basa organizativa y culturalmente en la concepción social y concreta de la ciudadanía. En las sociedades de hoy, llenas de desigualdades, esto implica involucrarse en la política electoralista mientras se combate lo que representa hoy el sufragio universal: una igualdad política formal y abstracta en una sociedad que en esencia es desigual.

Muchas personas desposeídas y sus aliados que lucharon por el voto creyeron que el hecho de desenmascarar, desafiar y superar las relaciones desiguales y explotadoras estaba en el corazón de la política parlamentaria. Para los Chartists [reformistas políticos británicos entre los años 1838 y 1848] y para muchas sufragistas,

el voto representaba la apertura de una nueva fase de lucha política, no una meseta donde acomodarse.

La representación política significó para ellos un medio de hacer visible en el sistema político la lucha contra la desigualdad económica y social.

La capacidad de la clase dirigente británica, a menudo con la complicidad tácita y ostensible de la dirección laborista del Parlamento y de los sindicatos, de contener esta dinámica potencial es un ejemplo bien documentado de un fenómeno común en las democracias liberales.

El resultado es una forma estrecha de representación en la que se trata a los ciudadanos de manera abstracta en lugar de que sean un elemento de unas relaciones sociales complejas y, en la actualidad, desiguales. Es un proceso político que tiende a disfrazar en vez de desenmascarar las desigualdades y protege en lugar de desafiar el poder económico privado.

Volver a la radicalidad democrática

Las generaciones posteriores desafiaron esta tendencia. Recuperaron los objetivos democráticos radicales de los pioneros al pretender romper la membrana protectora de la política parlamentaria y abrir la política al impacto directo de las luchas que están cambiando el equilibrio del poder en la sociedad.

Hay mucho que aprender a este respecto de dos experiencias: la administración laborista radical del GLC y el gobierno del PT de Porto Alegre. Ambas direcciones políticas construyeron en la práctica su estrategia de implantar el mandato electoral basándose en compartir el poder, los recursos y la legitimidad junto con los ciudadanos organizados en torno a los temas de igualdad económica y social.

Los políticos municipales se basaron en el reconocimiento de que las desigualdades que tenían obligación de abordar porque los habían elegido para ello -sobre el poder económico, la raza, el género, etc.- requerían fuentes de poder y conocimiento más allá de las del Estado solo.

En ambos casos el mandato exigía una política de la que se podría aprender y que no repitiera las concesiones que se habían hecho a nivel local y nacional en el pasado. En el caso del GLC la izquierda del Partido Laborista de Londres, influido éste por una feroz controversia dentro del partido a nivel nacional, estaba decidida a evitar el fracaso del gobierno laborista de 1974 a 1979 e implantar un mandato electoral radical.

Esta fuerte voluntad política, junto con una implicación directa en los movimientos comunitarios, feministas, sindicales y antirracistas, hizo que los futuros concejales del GLC conectaran con muchas organizaciones que compartían sus objetivos y se involucraran en la redacción de un manifiesto detallado. Este manifiesto se convirtió en el mandato de la nueva administración cuando el Partido Laborista ganó las elecciones al GLC en 1981. Fue una referencia clave en los conflictos con los altos cargos tanto en County Hall [sede del Consejo del Gran Londres] como al otro lado del río en Westminster, que ya encabezaba Thatcher, y Whitehall [ubicación de la administración del gobierno británico]; es decir, una fuente de legitimidad moral para el radicalismo de las políticas del GLC.

En el caso de Porto Alegre, la forma de llevar el municipio implicaba que las elites de los partidos locales hicieran tratos de mutuo beneficio que reproducían la corrupción y el secretismo estructurales que aseguraban que el municipio servía o al menos no molestaba a los intereses económicos de las aproximadamente 15 familias que dominaban la economía local como terratenientes o empresarios.

La misión del PT, como parte de su compromiso de desagraviar las importantes desigualdades que resultaron de la forma de gobernar y de la economía brasileña, era poner fin a esto. Bajo el liderazgo de Olivio Dutra se comprometió a trabajar con las asociaciones vecinales y otras organizaciones democráticas de base con el fin de abrir los procedimientos presupuestarios y financieros de contratación del municipio.

En ambos casos las estrategias fueron efectivas al conseguir muchos de los objetivos marcados, tanto que los intereses creados que habían desafiado actuaron tan eficaz como reaccionariamente.

Estas experiencias, y en particular las relaciones cruciales entre ciudadanos organizados de forma autónoma y el Estado local, fueron producto de estas singulares circunstancias históricas.

Tanto el Partido Laborista británico como el Partido de los Trabajadores de Brasil fueron producto de los movimientos laborales y sociales y de los intelectuales progresistas pero sus orígenes históricos divergentes se basaron en una comprensión distinta de la democracia y por tanto de las estrategias a seguir ante las políticas representativas.

Mientras el PT se creó para ser la vanguardia democrática radical de la lucha contra la dictadura, el Partido Laborista se fundó para proteger y extender los derechos de los trabajadores y la provisión social dentro de una democracia parlamentaria. El Partido laborista se creó de una división casi sacrosanta entre lo industrial (los sindicatos) y lo político (el Partido). Las reglas que gobiernan esta relación son bastante flexibles, ya que de otra manera esta ‘alianza contenciosa’ no habría sobrevivido.

En 1950 esta división del Laborismo había producido ya una abdicación profundamente institucionalizada de la política desde los sindicatos hacia el Partido Laborista que consideraba cada vez más que la política legítima sólo podía tener lugar dentro de los estrechos confines parlamentarios. Los sindicatos podían presionar y como parte del Partido Laborista podían aprobar resoluciones que proponían lo que los gobiernos podían hacer. Pero actuar directamente en temas políticos y sociales estaba fuera de su alcance.



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Izquierda Unitaria Europea
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