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diumenge 26 de maig de 2013
El nuevo imperialismo
EL “NUEVO” IMPERIALISMO: ACUMULACIÓN POR DESPOSESIÓN

“Para superar el capitalismo, el valor de uso debe prevalecer sobre el valor de cambio”

La guerra y la acumulación por desposesión son los mecanismos primordiales que el capitalismo histórico está empleando en la actualidad para resolver sus crisis sistémicas y para modelar un mundo más injusto que el que hemos conocido durante los últimos cien años.

ACUMULACIÓN POR DESPOSESIÓN

En la acumulación del capital, Rosa Luxemburgo presta atención al carácter dual de la acumulación de capital: De un lado tiene lugar en los sitios de producción de la plusvalía –en la fábrica, en la mina, en el fundo agrícola y en el mercado de mercancías. Considerada así, la acumulación es un proceso puramente económico, cuya fase más importante se realiza entre los capitalistas y los trabajadores asalariados… Paz, propiedad e igualdad reinan aquí como formas, y era menester la dialéctica afilada de un análisis científico para descubrir cómo en la acumulación el derecho de propiedad se convierte en apropiación de propiedad ajena, el cambio de mercancías en explotación, la igualdad en dominio de clases. El otro aspecto de la acumulación del capital se realiza entre el capital y las formas de producción no capitalistas. Este proceso se desarrolla en la escena mundial. Aquí reinan como métodos la política colonial, el sistema de empréstitos internacionales, la política de intereses privados, la guerra. Aparecen aquí, sin disimulo, la violencia, el engaño, la opresión y la rapiña.

Por eso cuesta trabajo descubrir las leyes severas del proceso económico en esta confusión de actos políticos de violencia, y en esta lucha de fuerzas.

Estos dos aspectos de la acumulación, según su argumento, están “orgánicamente vinculados” y “la evolución histórica del capitalismo sólo puede ser comprendida si los estudiamos conjuntamente” (22).

La teoría general de la acumulación de capital de Marx se basa en ciertos supuestos iniciales cruciales que, en términos generales, coinciden con los de la economía política clásica y que excluyen los procesos de acumulación originaria.

Estos supuestos son: mercados competitivos que funcionan libremente con acuerdos institucionales que garantizan la propiedad privada, el individualismo jurídico, la libertad de contratar, y estructuras legales y gubernamentales apropiadas garantizadas por un estado “facilitador”, el cual también asegura la integridad del dinero como reserva de valor y como medio de circulación. El rol del capitalista como productor e intercambiador de mercancías está establecido, y la fuerza de trabajo se ha convertido en una mercancía que generalmente se intercambia por su valor. La acumulación “primitiva” u “originaria” ya ha ocurrido, y la acumulación se desarrolla como reproducción ampliada (a través de la explotación del trabajo vivo en la producción) dentro de una economía cerrada que opera en condiciones de “paz, propiedad e igualdad”. Estos supuestos nos permiten ver qué pasaría si el proyecto liberal de la economía política clásica o, en nuestro tiempo, el proyecto neoliberal de los economistas neoclásicos, se realizara. La brillantez del método dialéctico de Marx es mostrar que la liberalización mercantil –el credo de los liberales y neoliberales– no producirá un estado de armonía en elque todos estarán mejor, sino que producirá mayores niveles de desigualdad social, como de hecho ha sucedido durante los últimos treinta años de neoliberalismo, particularmente en países como Gran Bretaña y EUA, que se atuvieron más estrechamente a esta línea política. Marx predice que también producirá creciente inestabilidad, la cual culminará en crisis crónicas de sobreacumulación del tipo de la que ahora estamos presenciando.

La desventaja de estos supuestos es que relegan la acumulación basada en la depredación, el fraude y la violencia a una “etapa originaria” que deja de ser considerada relevante, o, como en el caso de Luxemburgo, es vista como algo “exterior” al sistema capitalista. Una revisión general del rol permanente y de la persistencia de prácticas depredadoras de acumulación “primitiva” u “originaria” a lo largo de la geografía histórica de la acumulación de capital resulta muy pertinente, tal como lo han señalado recientemente muchos analistas(23). Dado que denominar “primitivo” u “originario” a un proceso en curso parece desacertado, en adelante voy a sustituir estos términos por el concepto de “acumulación por desposesión”.

Una mirada más atenta de la descripción que hace Marx de la acumulación originaria revela un rango amplio de procesos. Estos incluyen la mercantilización y privatización de la tierra y la expulsión forzosa de las poblaciones campesinas; la conversión de diversas formas de derechos de propiedad –común, colectiva, estatal, etc.– en derechos de propiedad exclusivos; la supresión del derecho a los bienes comunes; la transformación de la fuerza de trabajo en mercancía y la supresión de formas de producción y consumo alternativas; los procesos coloniales, neocoloniales e imperiales de apropiación de activos, incluyendo los recursos naturales; la monetización de los intercambios y la recaudación de impuestos, particularmente de la tierra; el tráfico de esclavos; y la usura, la deuda pública y, finalmente, el sistema de crédito. El estado, con su monopolio de la violencia y sus definiciones de legalidad, juega un rol crucial al respaldar y promover estos procesos.

Hay evidencia considerable, como lo sugiere Marx y lo confirma Braudel, de que la transición al desarrollo capitalista estuvo ampliamente supeditada al apoyo del estado –apoyo decidido en el caso de Gran Bretaña, débil en Francia y fuertemente negativo hasta hace muy poco tiempo en China (24). La referencia (24). La referencia al carácter reciente del viraje hacia la acumulación originaria en China indica que se trata de un proceso en curso; y existen fuertes evidencias de que el estado y la política han jugado un rol crítico en la definición de la intensidad y los patrones de las nuevas formas de acumulación de capital, particularmente en el Este y Sudeste de Asia (por ejemplo, en el caso de Singapur). El rol del “estado desarrollista” en las fases recientes de acumulación de capital ha sido objeto de intenso análisis (25). Sólo hace falta volver la mirada hacia la Alemania de Bismarck o al Japón de Meiji para reconocer que este ha sido el caso desde hace tiempo. Todos los rasgos mencionados por Marx han estado claramente presentes en la geografía histórica del capitalismo. Algunos de ellos se han adecuado y hoy juegan un rol aún más importante que el que habían jugado en el pasado. Como lo resaltaron Lenin, Hilferding y Luxemburgo, el sistema de crédito y el capital financiero han sido factores que influyeron significativamente en la depredación, el fraude y el robo. Las promociones bursátiles, los esquemas de ponzi (N. de la T.:se trata de un mecanismo de fraude basado en un esquema piramidal de inversiones, por el cual se les paga a los primeros inversores con el dinero que aportan los últimos en ingresar al sistema, los cuales no recuperan su inversión), la destrucción estructurada de activos a través de la inflación, el vaciamiento a través de fusiones y adquisiciones, la promoción de niveles de endeudamiento que aun en los países capitalistas avanzados reducen a la servidumbre por deudas a poblaciones enteras, por no mencionar el fraude corporativo, la desposesión de activos (el ataque de los fondos de pensión y su liquidación por los colapsos accionarios y corporativos) mediante la manipulación de crédito y acciones, todos estos son rasgos centrales de lo que es el capitalismo contemporáneo. El colapso de Enron desposeyó a mucha gente de sus medios de vida y sus derechos de pensión. Pero sobre todo, debemos prestar atención a los ataques llevados a cabo por los fondos especulativos de cobertura y otras grandes instituciones del capital financiero como la punta de lanza de la acumulación por desposesión en los últimos años. Al crear una crisis de liquidez en el sudeste asiático, los fondos especulativos de cobertura forzaron la bancarrota de empresas. Estas empresas pudieron ser adquiridas a precios de liquidación por capitales excedentes de los países centrales, dando lugar a lo que Wade y Veneroso describen como “la mayor transferencia de activos desde propietarios domésticos (por ejemplo, del Sudeste asiático) a extranjeros (por ejemplo, estadounidenses, japoneses y europeos) en tiempos de paz en los últimos cincuenta años en cualquier lugar del mundo” (26). También han aparecido mecanismos completamente nuevos de acumulación por desposesión. El énfasis en los derechos de propiedad intelectual en las negociaciones de la OMC (el denominado acuerdo TRIPS, N. de la T.: Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual Relacionados con el Comercio) marca los caminos a través de los cuales las patentes y licencias de materiales genéticos, plasma de semillas, y cualquier forma de otros productos, pueden ser usadas contra poblaciones enteras cuyas prácticas de manejo ambiental han jugado un papel crucial en el desarrollo de estos materiales. La biopiratería es galopante, y el pillaje del stock mundial de recursos genéticos en beneficio de unas pocas grandes empresas multinacionales está claramente en marcha. La reciente depredación de los bienes ambientales globales (tierra, aire, agua) y la proliferación de la degradación ambiental, que impide cualquier cosa menos los modos capital- intensivos de producción agrícola, han resultado de la total transformación de la naturaleza en mercancía. La mercantilización de las formas culturales, las historias y la creatividad intelectual supone la total desposesión –la industria de la música se destaca por la apropiación y explotación de la cultura y la creatividad populares. La corporativización y privatización de activos previamente públicos (como las universidades), por no mencionar la ola de privatización del agua y otros servicios públicos que ha arrasado el mundo, constituye una nueva ola de “cercamiento de los bienes comunes”. Como en el pasado, el poder del estado es usado frecuentemente para forzar estos procesos, incluso en contra de la voluntad popular. Como también sucedió en el pasado, estos procesos de desposesión están provocando amplia resistencia, de esto se trata el movimiento antiglobalización (27). La vuelta al dominio privado de derechos de propiedad común ganados a través de la lucha de clases del pasado (el derecho a una pensión estatal, al bienestar, o al sistema de salud nacional) ha sido una de las políticas de desposesión más egregias llevadas a cabo en nombre de la ortodoxia neoliberal. El plan del gobierno de Bush para privatizar la seguridad social (y hacer que las pensiones queden sujetas a las oscilaciones de los mercados accionarios) es un caso claro de esto. No sorprende, entonces, que buena parte del énfasis del movimiento antiglobalización se haya centrado recientemente en el reclamo de los bienes comunes y en el ataque al rol conjunto del estado y del capital en su apropiación. El capitalismo internaliza prácticas canibalísticas, depredadoras y fraudulentas. Pero, tal como Luxemburgo observó convincentemente, es “a menudo difícil determinar, dentro de la maraña de violencia política y disputas de poder, las duras leyes del proceso económico”. La acumulación por desposesión puede ocurrir de diversos modos y su modus operandi tiene mucho de contingente y azaroso. Así y todo, es omnipresente, sin importar la etapa histórica, y se acelera cuando ocurren crisis de sobreacumulación en la reproducción ampliada, cuando parece no haber otra salida excepto la devaluación. Arendt sugiere, por ejemplo, que para Gran Bretaña en el siglo XIX, las depresiones de los ‘60 y ‘70 dieron el impulso inicial de una nueva forma de imperialismo en la que la burguesía tomó conciencia de que “por primera vez, el pecado original del simple robo, que siglos antes había hecho posible “la acumulación originaria de capital” (Marx) y que había posibilitado toda acumulación posterior, debía repetirse una y otra vez, so pena de que el motor de la acumulación súbitamente se detuviera” (28). Esto nos retrotrae a las relaciones entre la búsqueda de ajustes espacio-temporales, los poderes estatales, la acumulación por desposesión y las formas de imperialismo contemporáneo. Las formaciones sociales capitalistas, a menudo constituidas mediante configuraciones territoriales o regionales particulares y usualmente dominadas por algún centro hegemónico, se han involucrado por mucho tiempo en prácticas cuasi-imperialistas que buscan ajustes espacio-temporales para sus problemas de sobreacumulación. Es posible, sin embargo, periodizar la geografía histórica de estos procesos tomando seriamente el argumento de Arendt de que el imperialismo centrado en Europa durante el período 1884-1945 constituyó el primer intento de dominio político global por parte de la burguesía. Los estados nación se involucraron en proyectos imperiales propios para enfrentar sus problemas de sobreacumulación y conflicto de clase internos. Al cambiar el siglo, este primer sistema estabilizado bajo hegemonía británica y construido en torno de los flujos libres de capital y mercancías en el mercado mundial se descompuso en conflictos geopolíticos entre los principales poderes que intentaban obtener autarquía en sistemas crecientemente cerrados. Confirmando en buena medida la predicción de Lenin, este sistema estalló en dos guerras mundiales. Parte del resto del mundo estaba sufriendo el saqueo de recursos (basta mirar la historia de lo que Japón hizo en Taiwán o lo que Gran Bretaña hizo a Witwatersrand en Sudáfrica) con el objetivo de que la acumulación por desposesión compensara la incapacidad crónica de sostener el capitalismo a través de la reproducción ampliada, que se manifestaría en los ‘30. Este sistema fue sustituido en 1945 por uno liderado por EUA en el que se trataba de establecer una alianza global entre todos los principales poderes capitalistas para evitar guerras de aniquilación recíproca y encontrar una forma racional de enfrentar la sobreacumulación que había plagado la década del ‘30. Para que esto sucediera, era necesario compartir los beneficios de la intensificación de un capitalismo integrado en las regiones centrales (por esto el apoyo estadounidense a las iniciativas de conformación de la Unión Europea) e involucrarse en la expansión geográfica sistemática del sistema (de aquí la insistencia estadounidense en la descolonización y el “desarrollismo” como un objetivo generalizado para el resto del mundo). Esta segunda fase de dominio global burgués fue posible en gran medida por la contingencia de la guerra fría. Ésta supuso el liderazgo militar y económico estadounidense como el único superpoder capitalista. El efecto fue la construcción de un “superimperialismo” estadounidense hegemónico, que era más político y militar que una manifestación de necesidad económica. EUA no era demasiado dependiente de exportaciones o importaciones. Podía inclusoafrontar la apertura hacia otros mercados y así absorber mediante ajustes espacio-temporales internos, como el sistema de autopistas interestatal, la suburbanización desordenada y el desarrollo de sus regiones sur y oeste, parte de la capacidad excedente que comenzaba a generarse en Alemania y Japón durante los ‘60. Así, se produjo un sólido crecimiento con la reproducción ampliada en el mundo capitalista. La acumulación por desposesión estuvo relativamente silenciada, aunque países con capital excedente, como Japón y Alemania Occidental, tenían una creciente necesidad de buscar mercados externos, incluyendo la competencia por el control de los mercados en desarrollo postcoloniales (29). A pesar de esto, en Europa se instauraron fuertes controles sobre la exportación de capital (no así sobre la exportación de mercancías) y se mantuvieron las restricciones sobre las importaciones de capital en Asia del Este. Dominaron las luchas de clase al interior de los estados nación por la reproducción ampliada (cómo ocurriría y quién se beneficiaría). Las principales luchas geopolíticas que surgieron fueron las propias de la guerra fría (con el otro imperio construido por los soviéticos) o luchas residuales (a menudo atravesadas por la política de la Guerra Fría que llevó a EUA a apoyar muchos regímenes postcoloniales reaccionarios) que resultaron de la falta de voluntad de los poderes europeos de desvincularse de sus posesiones coloniales (la invasión de Suez por británicos y franceses en 1956, que no contó en absoluto con el apoyo de EUA, fue emblemática). El resentimiento creciente generado por quedar atrapados en una situación espacio-temporal de subordinación perpetua al centro suscitó movimientos de liberación nacional y contra la dependencia. El socialismo del Tercer Mundo buscó la modernización sobre una base política y de clase completamente diferente. Este sistema se quebró alrededor de los ‘70. Resultaba difícil imponer controles al capital cuando los dólares excedentes inundaban el mercado mundial. Las presiones inflacionarias resultantes del intento de EUA de tener al mismo tiempo “cañones y mantequilla” en medio de la Guerra de Vietnam se volvieron muy intensas, a la vez que los niveles de lucha de clase en muchos de los países centrales comenzaron a erosionar las ganancias. EUA trató entonces de erigir un sistema distinto, basado en una combinación de nuevos acuerdos internacionales y financiero-institucionales que contrarrestaran las amenazas económicas de Alemania y Japón y que volvieran a centrar el poder económico como capital financiero operando desde Wall Street. La connivencia entre el gobierno de Nixon y los sauditas para llevar el precio del petróleo a niveles siderales en 1973 hizo mucho más daño a las economías europeas y japonesa que a la estadounidense, ya que esta última no era en ese momento demasiado dependiente de la oferta petrolera de Oriente Medio (30). Los bancos estadounidenses ganaron el privilegio de reciclar los petrodólares en la economía mundial .Amenazado en la esfera de la producción, EUA contraatacó imponiendo su hegemonía a través de las finanzas. Pero para que este sistema funcionara efectivamente, los mercados en general, y los mercados de capital en particular, debían ser forzados a abrirse al comercio internacional –un proceso lento que requirió de la presión intensa de EUA respaldada por el uso de factores de influencia internacional tales como el FMI y del compromiso igualmente intenso con el neoliberalismo como la nueva ortodoxia económica. También implicó un cambio en la correlación de poder dentro de la propia burguesía, en el que los sectores productivos perdieron poder frente a las instituciones del capital financiero. Esto podía usarse para combatir el poder de los movimientos de trabajadores en la reproducción ampliada, ya sea directamente, ejerciendo la supervisión disciplinaria en la producción, o indirectamente, facilitando la mayor movilidad geográfica de todas las formas de capital. Así,el capital financiero fue central para esta tercera fase del dominio global burgués. Este sistema era mucho más volátil y depredador y conoció varios períodos breves de acumulación por desposesión –usualmente mediante programas de ajuste estructural administrados por el FMI– que sirvieron de antídoto para las dificultades en la esfera de la reproducción ampliada. En algunas instancias, tal es el caso de América Latina en los 80, economías enteras fueron asaltadas, y sus activos recuperados por el capital financiero estadounidense. En 1997, el ataque a las monedas tailandesa e indonesia por parte de los fondos especulativos de cobertura (hedge funds), respaldado por las feroces políticas deflacionarias demandadas por el FMI, llevó a la bancarrota a empresas que no necesariamente eran inviables y revirtió el destacado progreso económico y social que se había alcanzado en parte del Este y Sudeste de Asia. Como resultado, millones de personas fueron víctimas del desempleo y el empobrecimiento. Además, la crisis suscitó un desplazamiento hacia el dólar, confirmando el dominio de Wall Street y generando un asombroso boom de los valores de los activos para los estadounidenses ricos. Las luchas de clase comenzaron a confluir alrededor de temas como los ajustes estructurales impuestos por el FMI, las actividades depredadoras del capital financiero y la pérdida de derechos a través de la privatización. Las crisis de deuda pueden usarse para reorganizar las relaciones sociales de producción en cada país, sobre la base de un análisis que favorezca la penetración de capitales externos. Los regímenes financieros internos, los mercados internos y las empresas prósperas quedaron así a merced de las empresas estadounidenses, japonesas o europeas. De este modo, las bajas ganancias en las regiones centrales pudieron ser complementadas con una parte de las mayores ganancias obtenidas en el exterior. La acumulación por desposesión se convirtió en un rasgo mucho más central dentro del capitalismo global (con la privatización como uno de sus principales mantras) .La resistencia a esto también se volvió más central dentro del movimiento anticapitalista y antiimperialista (31). Pero el sistema centrado en el complejo Wall Street-Reserva Federal tenía varias dimensiones multilaterales con los centros financieros de Tokio, Londres, Frankfurt y muchos otros centros financieros participantes. Estaba asociado con la emergencia de corporaciones capitalistas transnacionales que, a pesar de que pudieran tener una base en uno u otro estado-nación, se extendían a lo ancho del mapa mundial en formas que eran impensables en fases previas del imperialismo (los carteles y trusts descriptos por Lenin estaban estrechamente relacionados a estados-nación concretos). Este era el mundo que la Casa Blanca de Clinton, con su todopoderoso Secretario del Tesoro Robert Rubin, proveniente del sector especulador de Wall Street, trató de administrar mediante un multilateralismo centralizado (cuyo epítome fue el denominado “Consenso de Washington” de mediados de los ‘90). Por un instante pareció que Lenin se había equivocado y que Kart Kautsky tenía razón y que un ultraimperialismo basado en la colaboración “pacífica” entre los mayores poderes capitalistas –ahora simbolizado por el agrupamiento conocido como el G7 y la denominada “nueva arquitectura financiera internacional” bajo la hegemonía de EUA–(32) era posible. Pero ahora este sistema se encuentra en serias dificultades. La extrema volatilidad y fragmentación caótica de los conflictos de poder hace difícil, como lo había notado tempranamente Luxemburgo, discernir cómo están trabajando las leyes duras de la economía detrás de la humareda y los juegos de espejos del sector financiero. Pero en tanto la crisis de 1997-98 reveló que el principal centro con capacidad de producir plusvalor se ubica en el Este y Sudeste asiático (de aquí que EUA apuntara específicamente allí para la devaluación), la rápida recuperación del capitalismo en esta región ha vuelto a poner el problema general de la sobreacumulación en el centro de los asuntos internacionales (33). Esto plantea la cuestión de cómo podría organizarse una nueva forma de ajustes espacio-temporales (¿en China?) o de quién soportará el impacto de una nueva ronda de devaluación. La incipiente recesión norteamericana, luego de una década o más de exhuberancia espectacular (aunque “irracional”) indica que EUA puede no ser inmune. La mayor inestabilidad reside en el rápido deterioro de la balanza de pagos de EUA. Según Brenner, “la misma explosión de las importaciones que impulsó la economía mundial” durante los ‘90, “llevó el comercio y los déficits de cuenta corriente de EUA a niveles récord, con el crecimiento inédito de las responsabilidades de los propietarios externos” y “la vulnerabilidad sin precedentes de la economía estadounidense a la fuga de capital y al colapso del dólar” (34). Pero esta vulnerabilidad afecta a ambas partes. Si el mercado estadounidense colapsa, las economías que se orientan a ese mercado como receptor de su capacidad productiva excedente se hundirán con él. La rapidez con la que los bancos centrales de países como Japón y Taiwán giran fondos para cubrir el déficit estadounidense tiene un fuerte componente de autointerés. De este modo, ellos financian el consumismo estadounidense, el cual constituye el mercado para sus productos. En este momento, pueden estar financiando el esfuerzo militar de EUA. Pero, una vez más, la hegemonía y dominación de EUA están amenazadas y esta vez el peligro parece más agudo. Si, por ejemplo, Braudel (seguido por Arrighi) está en lo cierto, y una poderosa ola de financiarización puede ser el preludio de una transferencia del poder dominante de un hegemon hacia otro, el viraje de EUA hacia la financiarización en los ‘70 parecería ejemplificar un patrón histórico de autodestrucción (35). Los déficit, tanto internos como externos, no pueden seguir creciendo descontroladamente por un tiempo indefinido, y la habilidad y voluntad de otros, primariamente de Asia, para financiarlos, al ritmo de US$ 2.300 millones por día a tasas corrientes, no es inagotable. Cualquier otro país en el mundo que exhibiera las condiciones macroeconómicas de la economía estadounidense estaría sujeto a una despiadada austeridad y a mecanismos de ajuste estructural del FMI. Pero, como lo remarca Gowan: “la capacidad de Washington de manipular el precio del dólar y de explotar el dominio financiero internacional de Wall Street permitió a las autoridades estadounidenses evitar lo que otros estados se vieron obligados a hacer: vigilar la balanza de pagos; ajustar la economía doméstica para asegurar altos niveles de ahorros e inversiones internas; vigilar los niveles de endeudamiento público y privado; asegurar un sistema interno de intermediación financiera para asegurar el fuerte desarrollo del sector productivo interno”. La economía estadounidense ha tenido una “ruta de escape de todas estas tareas” y como resultado se ha vuelto “profundamente distorsionada e inestable” (36). Más aún, las sucesivas olas de acumulación por desposesión, la marca distintiva del nuevo imperialismo centrado en EUA, están suscitando resistencia y resentimiento dondequiera que irrumpen, generando no sólo un activo movimiento antiglobalización mundial (cuya forma difiere bastante de la de las luchas de clase imbricadas en la reproducción ampliada), sino también una activa resistencia a la hegemonía de EUA por parte de poderes subordinados previamente maleables a su influencia, particularmente en Asia (Corea del Sur es un caso), y ahora inclusive en Europa. Las opciones para EUA son limitadas. EUA podría apartarse de la actual forma de imperialismo, comprometiéndose en una redistribución masiva de riqueza dentro de sus fronteras y buscando esquemas de absorción del excedente a través de ajustes temporales internos (mejoras espectaculares en la educación pública y reparación de infraestructuras envejecidas serían buenos puntos de partida). Una estrategia industrial de revitalización de la manufactura también podría ayudar. Pero esto requeriría más financiamiento deficitario o mayores impuestos, así como una fuerte dirección estatal, y esto es precisamente lo que la burguesía se negará a contemplar, como sucedió en los tiempos de Chamberlain. Cualquier político que propusiera un paquete como este sería, casi sin duda, silenciado a gritos por la prensa capitalista y sus ideólogos, y perdería cualquier elección ante el poder abrumador del dinero. Así y todo, irónicamente, un contraataque masivo dentro de EUA así como en otros países centrales del capitalismo (particularmente en Europa) contra las políticas del neoliberalismo y el recorte del estado y de los gastos sociales podría ser una de las pocas formas de proteger, desde adentro, al capitalismo occidental contra sus propias tendencias autodestructivas . Tratar de aplicar, mediante la autodisciplina, el tipo de programas de austeridad que el FMI usualmente impone a otros, sería, dentro de EUA, aún más suicida desde el punto de vista político. Cualquier intento de hacerlo por parte de los poderes externos (a través de la salida de capitales y el colapso del dólar, por ejemplo) generaría, seguramente, una feroz respuesta política, económica y hasta militar. Es difícil imaginar que EUA pudiera aceptar pacíficamente y adaptarse al crecimiento fenomenal de Asia del Este y reconocer tal como Arrighi sugiere que estamos en el medio de una transición fundamental hacia la constitución de Asia como el centro hegemónico del poder global (37). Es improbable que EUA se despida tranquila y pacíficamente. Implicaría, en cualquier caso, que el capitalismo del Este asiático sufra una reorientación –de la cual existen algunos signos– desde una situación de dependencia del mercado estadounidense hacia el florecimiento de un mercado interno dentro de la propia Asia. Aquí es donde el enorme programa de modernización al interior de China –una versión del ajuste espacio-temporal equivalente al que EUA efectuó internamente en los ‘50 y ‘60– puede jugar un rol importante en la absorción de los capitales excedentes de Japón, Taiwán y Corea del Sur y, por lo tanto disminuir los flujos hacia EUA. Taiwán, por ejemplo, exporta hoy más a China que a América del Norte. La disminución del flujo de fondos a EUA podría tener consecuencias calamitosas. Es en este contexto que vemos que sectores de las elites políticas estadounidenses buscan ejercitar el músculo militar como el único poder que les ha quedado, hablando abiertamente de Imperio como una opción política (presumiblemente para obtener tributos del resto del mundo) y buscando controlar la provisión de petróleo como un medio de contrarrestar las amenazas de pérdida de poder de la economía global. Los intentos de EUA de incrementar el control sobre las reservas petroleras iraquí y venezolana –en el primer caso, con la intención de establecer la democracia y en el segundo derrocándola– cobran pleno sentido. Ellos buscan una repetición de los acontecimientos de 1973, ya que Europa y Japón, tanto como el Este y Sudeste asiáticos, ahora con la crucial inclusión de China, son aún más dependientes del petróleo del Golfo que EUA. Si EUA maquina el derrocamiento de Chávez y de Saddam; si puede estabilizar o reformar al régimen saudita, armado hasta los dientes y actualmente asentado sobre las arenas movedizas del autoritarismo (con el riesgo inminente de caer en las manos de musulmanes radicalizados – esto era, después de todo, el objetivo básico de Osama bin Laden); si puede avanzar, como parece probable, desde Irak a Irán y consolidar su posición en Turquía y Uzbekistán como una presencia estratégica en relación con las reservas petroleras de la cuenca del Caspio, entonces, EUA podría esperar mantener el control efectivo sobre la economía global y asegurar su propia posición económica por los próximos cincuenta años a través del control firme del suministro global de petróleo (38). Los peligros de una estrategia de este tipo son inmensos. La resistencia será formidable en Europa y Asia, y no menor en Rusia. En este punto, es ilustrativa la renuencia a aprobar en Naciones Unidas la invasión militar de EUA a Irak, particularmente por parte de Francia y Rusia, las cuales tienen fuertes conexiones con la explotación del petróleo iraquí. Particularmente, los europeos se sienten mucho más atraídos por una visión kautskiana del ultraimperialismo en la que los principales poderes capitalistas supuestamente colaborarán sobre una base igualitaria. Una hegemonía estadounidense inestable basada en la militarización permanente y en un aventurerismo tal que podría amenazar seriamente la paz global no es una perspectiva atractiva para el resto del mundo. Esto no quiere decir que el modelo europeo sea mucho más progresista. Si se le cree a Robert Cooper, un consultor de Tony Blair, este modelo resucitaría las distinciones entre estados civilizados, bárbaros y salvajes del siglo XIX, bajo el disfraz de estados postmodernos, modernos y premodernos, en donde los postmodernos, como guardianes de la conducta civilizada descentrada, esperaran inducir por medios directos o indirectos la obediencia a las normas universales (léase “occidentales” y “burguesas”) y a las prácticas humanísticas (léase “capitalistas”) alrededor del mundo (39). Este fue exactamente el modo en el que liberales del siglo XIX, como John Stuart Mill, justificaron el mantenimiento del tutelaje de la India y la exacción de tributos externos a la par que, internamente, celebraban los principios del gobierno representativo. En ausencia de una fuerte revitalización de la acumulación sostenida a través de la reproducción ampliada, esto implicará una profundización de la política de acumulación por desposesión en todo el mundo, con el propósito de evitar la total parálisis del motor de la acumulación. Esta forma alternativa de imperialismo resultará difícilmente aceptable para amplias franjas de la población mundial que han vivido en el marco de (y en algunos casos comenzado a luchar contra) la acumulación por desposesión y las formas depredadoras de capitalismo a las que se han enfrentado durante las últimas décadas. La treta liberal que propone alguien como Cooper es demasiado familiar para los autores postcoloniales como para resultar atractiva (40).Y el militarismo flagrante que EUA propone de manera creciente, sobre el supuesto de que es la única respuesta posible al terrorismo global, no sólo está lleno de peligros (incluyendo el precedente riesgoso del “ataque preventivo”) sino que también está siendo gradualmente reconocido como una máscara para tratar de sostener una hegemonía amenazada dentro del sistema global. Pero tal vez la pregunta más interesante se refiere a la respuesta dentro de EUA. En este punto, una vez más, Hannah Arendt plantea un contundente argumento: el imperialismo no puede sostenerse por mucho tiempo sin represión activa, o incluso tiranía interna (41). El daño infligido a las instituciones democráticas internas puede ser sustancial (como lo aprendieron los franceses durante la lucha por la independencia de Argelia). La tradición popular dentro de EUA es anticolonial y antiimperialista y durante las últimas décadas han sido necesarios muchos ardides, cuando no el engaño declarado, para disimular el rol imperial de Norteamérica en el mundo, o al menos para revestirlo de intenciones humanitarias grandilocuentes. No resulta claro que la población estadounidense vaya a apoyar en el largo plazo un giro abierto hacia un imperio militarizado (no más que lo que terminó avalando la guerra de Vietnam). Tampoco es probable que acepte por largo tiempo el precio –ya sustancial, dadas las cláusulas represivas incluidas en actas patrióticas y de seguridad interior– que debe pagar internamente en términos de derechos y libertades civiles y generales. Si el Imperio supone anular la Carta de Derechos, entonces no es claro que este trato vaya a ser aceptado fácilmente. Pero la contracara de la dificultad es que, en ausencia de una revitalización espectacular de la acumulación, sostenida a través de la reproducción ampliada, y con posibilidades limitadas de acumular por desposesión, la economía estadounidense probablemente se hunda en una depresión deflacionaria que hará que, por comparación, la experiencia japonesa de la última década se desvanezca en la insignificancia. Y si se produce una fuga seria respecto del dólar, la austeridad deberá ser intensa, a menos que surja una política de redistribución de riqueza y activos enteramente diferente (una perspectiva que la burguesía contemplará con el más completo horror), centrada en la total reorganización de las infraestructuras físicas y sociales de la nación, que absorba el capital y el trabajo ocioso en tareas socialmente útiles, distintas de aquellas puramente especulativas. Por lo dicho, la forma que tomará un nuevo imperialismo está por definirse. Lo único cierto es que estamos en el medio de una transición fundamental del funcionamiento del sistema global y que hay una variedad de fuerzas en movimiento que podrían fácilmente inclinar la balanza en una u otra dirección. El balance entre acumulación por desposesión y reproducción ampliada ya se ha volcado a favor de la primera y es difícil imaginar que esta tendencia haga otra cosa que profundizarse, transformándose en el emblema de lo que es el nuevo imperialismo (incluyendo planteos abiertos de gran significado ideológico acerca del nuevo imperialismo y de la necesidad del imperio). También sabemos que la trayectoria económica de Asia es clave, y que EUA todavía tiene dominio militar. Como lo señala Arrighi, esta es una configuración única. Bien puede ser que estemos viendo en Irak la primera etapa de cómo esta configuración podría operar geopolíticamente en el escenario mundial, en un contexto de recesión generalizada. EUA, cuya hegemonía durante el período inmediatamente posterior a la posguerra se basaba en la producción, finanzas y poder militar, perdió su superioridad productiva luego de los ‘70 y bien puede estar perdiendo su dominio financiero, quedándose únicamente con el poderío militar. Lo que pasa dentro de EUA es, entonces, un determinante de importancia vital para definir cómo podría articularse el nuevo imperialismo. Y hay, para empezar, una acumulación de fuerzas opositora a la profundización de la acumulación por desposesión. Pero las formas de lucha de clase que ésta provoca son de naturaleza radicalmente distinta a las clásicas luchas proletarias asociadas a la reproducción ampliada (que continúan desarrollándose, aunque en formas más silenciosas) sobre las cuales tradicionalmente descansaba el futuro del socialismo. Es vital impulsar las alianzas que comienzan a surgir entre estos diferentes vectores de lucha en tanto en ellas podemos discernir los lineamientos de una forma de globalización enteramente diferente, no imperialista, que enfatiza el bienestar social y los objetivos humanitarios asociados con formas creativas de desarrollo geográfico desigual por sobre la glorificación del poder del dinero, el valor del mercado accionario y la multiforme e incesante acumulación de capital a través de los variados espacios de la economía global por cualquier medio, pero que termina siempre por concentrarse fuertemente en unos pocos espacios de extraordinaria riqueza. Este momento puede estar colmado de volatilidad e incertidumbre pero esto significa que está también lleno de potencialidades y signado por lo inesperado. NOTAS 1 H. Lefebvre, The Survival of Capitalism: Reproduction of the Relations of Production, New York: St Martin’s Press, 1976. 2 La mayoría de estos ensayos de los ‘70 y ‘80 han sido publicados nuevamente en David Harvey, Spaces of Capital: Towards a Critical Geography , Nueva York: Routledge, 2001. La principal línea argumental también puede hallarse en Harvey, The Limits to Capital, Oxford: Basil Blackwell, 1982 (reimpreso en Londres:Verso Press, 1999). 3 Mi propia versión de este argumento teórico se detalla en Harvey, Limits to Capital, capítulos 6 y 7. 4 R. Brenner, The boom and the bubble: the US in the world economy , London:Verso, 2002. La teoría de la sobreacumulación en Brenner es muy diferente a la mía pero encuentro su evidencia empírica útil,y en su mayor parte convincente. 5 P. Gowan, The global gamble: Washington’s bid for world dominance , London:Verso, 1999. 6 Como esta idea excede al presente artículo, voy a reseñar los argumentos de manera esquemática y simplificada, dejando una elabora-ción más detallada para una publicación posterior. D. Harvey, The new imperialism, Oxford: Oxford University Press, de próxima aparición. 7 El tema del “nuevo imperialismo” ha sido mencionado desde la izquierda por L. Panitch,“The New Imperial State”, New Left Review, 11(1). Ver también P. Gowan, L. Panitch and M. Shaw “The State, Globalization and the New Imperialism:A Round Table Discussion”, Historical Materialism, 9, 2001. Otros análisis interesantes son J. Petras y H. Veltmeyer, Glboalization Unmasked: Imperialism in the 21st Century, London:Zed Books, 2001; R.Went,“Globalization in the Perspective of Imperialism”, Science and Society , 66(4), 2002-2003; S. Amin, “Imperialism and Globalization”, Monthly Review , 53(2), 2001. Sobre las perspectivas liberal y conservadora, puede verse M. Ignatieff, “The Burden”, New York Times Magazine (05/01/2003) y R. Cooper “The New Liberal Imperialism”, The Observer (07/04/2002). 8 Los conceptos marxianos de “capital fijo independiente” y “capital ficticio” son analizados en Harvey, Limits to Capital (op.cit.),capítulos 8 y 10 respectivamente. El



Resposta a l'article
David Harvey habla sobre la crisis general del capitalismo Atilio Boron
26 d'agost de 2014, per  Atilio Boron
A mediados de Septiembre del 2010 le hice una entrevista al brillante geógrafo marxista inglés David Harvey sobre la crisis actual del capitalismo y sus proyecciones internacionales. Harvey escribió algunos de los libros más importantes de los últimos tiempos, entre los cuales sobresalen Los Límites del Capitalismo y la Teoría Marxista, La Condición de la Posmodernidad, El Nuevo Imperialismo: Acumulación por Desposesión, Breve Historia del Neoliberalismo. La entrevista pone nuevamente de manifiesto la inusual combinación de profundidad teórica y claridad expositiva que caracterizan toda su obra. Y, además, la remata con una jugosa anécdota que tiene como protagonistas a la reina de Inglaterra y los economistas ingleses, reunidos en la London School of Economics (que tuvo, entre otros alumnos, al hijo de Khadaffi, previa donación de dos millones y medio de dólares). La entrevista la pueden ver en:
Resposta almissatge:

La contradicción entre el valor de uso y el valor de cambio ha llevado a la actual crisis del capitalismo, afirmó el geógrafo y científico social británico David Harvey durante una de sus intervenciones en el marco del VI Encuentro Internacional de Economía Política y Derechos Humanos, organizado por la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo, que tuvo lugar entre el 4 y 6 de octubre en Buenos Aires. Por ello planteó la necesidad de que “el valor de uso debe volver a tener vigencia”.

Harvey se refirió a la situación en torno a la crisis del mercado inmobiliario y señaló que una de las respuestas que debe dar la izquierda en tal sentido “es que la vivienda vuelva a tener su valor de uso. O sea, atacar todo tipo de especulación. Que el valor de uso se imponga al valor de cambio.” Y amplió el concepto: también debe extenderse, recalcó, a la salud y a la educación.

Explicó que el valor de cambio de la vivienda se ha vuelto más relevante por cuanto ésta se convirtió en un elemento de especulación, hasta tal punto que hoy sea muy difícil para millones de familias en varios países adquirir casa. Como consecuencia del auge especulativo, explicó, más de seis millones de estadounidenses han perdido su vivienda. “El valor de cambio se volvió algo grave y por eso es preciso que el valor de uso vuelva a tener vigencia”, insistió este geógrafo, sociólogo urbano, historiador social marxista y profesor de reputación académica internacional.

“La segunda contradicción a la que me quiero referir es que el valor en el capitalismo se trata de la mano de obra. Es inmaterial pero objetivo. La representación objetiva es el dinero” señaló. “Vemos formas ficticias del capital que se crean constantemente y no tienen nada que ver con la creación del valor, están vinculadas a la apropiación del valor”.

En este sentido, Harvey coincide con lo expuesto por el intelectual y humanista belga François Houtart en su propuesta sobre la necesidad de una declaración Universal del Bien Común, en la que sostiene que “La transformación del paradigma de la economía consiste en privilegiar el valor de uso en vez del valor de cambio, como lo hace el capitalismo. Se habla de valor de uso cuando un bien o un servicio adquieren una utilidad para la vida de uno. Estos adquieren un valor de cambio cuando son objeto de una transacción. La característica de una economía mercantil es privilegiar el valor de cambio. Para el capitalismo, la forma más desarrollada de la producción mercantil, este último es el único “valor”. Un bien o un servicio que no se convierte en mercancía, no tiene valor, porque no contribuye a la acumulación del capital, fin y motor de la economía (M. Godelier, 1982). Para esta perspectiva, el valor de uso es secundario y, como lo escribe István Mészarós, “él puede adquirir el derecho a la existencia si se amolda a los imperativos del valor de cambio”. Se pueden producir bienes sin ninguna utilidad a condición de que sean pagados (la explosión de los gastos militares, por ejemplo, o los elefantes blancos de la cooperación internacional) o se crean necesidades artificiales por la publicidad (Wim Dierckxsens, 2011) o también se amplían los servicios financieros en burbujas especulativas. Al contrario, poner el acento sobre el valor de uso hace del mercado un servidor de las necesidades humanas”.

En el análisis de este geógrafo inglés y profesor de la Universidad de Nueva York, en la sociedad capitalista la ciudad se revela en la contradicción entre el valor de cambio -el espacio producido como condición de la realización del lucro, produciendo la ciudad bajo la égida de las necesidades del capital -y el valor de uso- la ciudad creada para la realización de la vida en lugares específicos, muchos de ellos degradados. Esa contradicción, agrega, también revela la condición con que la ciudad se produce una producción socializada pero una apropiación privada.

La ciudad segregada revela la sociedad fundamentada en el intercambio, donde el propio espacio es producido como mercadería, imponiendo al uso la mediación del mercado inmobiliario. De este modo, señala Harvey, la producción del espacio urbano se conecta cada vez más a la forma mercadería que sirve a las necesidades de la acumulación promoviendo cambios, exigiendo readaptaciones de usos y funciones de los lugares en la ciudad, reproduciéndose bajo la ley de lo reproducible. Esto es así porque hoy, cada vez más, el espacio producido como mercadería entra en el circuito del intercambio atrayendo capitales que migran de otros sectores de la economía de modo de viabilizar la reproducción en un momento de superacumulación del capital que coacciona y solapa la producción de la ciudad como espacio-tiempos de realización de la vida humana.

LA ECONOMÍA MUNDIAL ES UNA PLUTOCRACIA

En su disertación Harvey también se refirió a la forma como se representa el valor social del trabajo y dijo que la misma es destructiva, por lo cual precisó que se requiere “revolucionar el modo en que adjudicamos valor al trabajo”.

Analizó igualmente la diferencia de ingresos entre la pobreza y la riqueza, y expresó que “no hay ninguna razón por la cual la brecha entre riqueza y pobreza haya llegado a los niveles que llegó. Sería posible manejar esa brecha entre capitalistas y trabajadores. No tiene que ser necesariamente al nivel que llega ahora. Vivimos en una plutocracia. La economía mundial es una plutocracia. Unas 500 familias concentran toda la riqueza. La brecha entre los ricos y los pobres se ha ampliado de manera muy rápida”.

Entre las contradicciones del capitalismo que detalló, habló de “la relación entre la tecnología y las personas. Tenemos una tecnología que está generando personas descartables. El trabajo de muchas personas se ha vuelto descartable. Hay contradicciones que podríamos llamar fatales, otras que son imposibles de resolver o manejar sin destruir el mundo -que siempre han estado latentes- en la historia del capitalismo pero nunca han sido dominantes. ¿Se han vuelto ahora dominantes? ¿Es el momento para pensar alternativas al modo capitalista de producción?”, se interrogó.

Y luego enumeró: “Una es la venganza de la naturaleza, la degradación del medio ambiente global. La segunda es la contradicción del crecimiento perpetuo. Ahora China y el ex bloque soviético han quedado absorbidos por la dinámica capitalista, en la que el crecimiento del 3% para siempre no puede continuar. Que la crisis vaya de un lado del mundo a otro es un signo de esta contradicción”.

“El problema central que debe resolverse -dijo Harvey- está bastante claro: el crecimiento exponencial sin fin no es posible y los problemas que han afligido al mundo durante los últimos treinta años indican que se está llegando a un límite en la acumulación continua del capital que no se puede superar creando ficciones provisionales”.

Aludió igualmente a otra contradicción: “la alienación universal de los seres humanos de ser partícipes activos en la creación del mundo en que viven. Si interpretamos esto como una de las contradicciones profundas que Marx dice que son centrales al capitalismo, ha llegado el momento en que todo se va a quebrar, pero tenemos que intentar que se quiebre de una forma y no de otra”, expresó.

LAS CIUDADES SON UN BOTÍN DE LA LUCHA DE CLASES

Dada su especialización en urbanismo y geografía, el teórico social inglés abocó el tema de la relación entre la acumulación del capital y la lucha de clases, centrada en el ámbito de la urbanización.

Sobre el particular trazó un paralelismo entre la crisis del 30 y la situación actual, haciendo notar las ondas especulativas en el ámbito inmobiliario previas a ambos momentos históricos que, según su visión, anticiparon y precipitaron las crisis.

“Los mercados de propiedades y la urbanización tuvieron un papel en la formación de la crisis. Los mercados urbanos y la urbanización también sacaron a las diversas crisis capitalistas de la depresión. Sólo se podía salir con medidas expansivas, una de ellas: la construcción de viviendas”.

La teoría que Harvey desarrolló estuvo centrada en la construcción de zonas residenciales como mecanismo para la acumulación de capital y, a la vez, contención social. “¿Qué revoluciones surgieron de las zonas residenciales estadounidenses?”, se preguntó en ese sentido.

Además, señaló que “recientemente hubo un estudio de la Reserva Federal de San Francisco (California) que sacó como conclusión que Estados Unidos siempre ha encontrado una manera para salir de la depresión: construir casas y llenarlas con cosas. Es una observación interesante porque si miramos la dinámica de la construcción de casas antes de la Segunda Guerra Mundial no se construían más de 500.000 mil viviendas y luego no menos de un millón, más autopistas, autos y energía. Un modo de vida apuntado al consumismo”.

“El punto es que cuando comenzamos a observar esta dinámica vemos que tiene un sentido económico, político, cultural y no es sorprendente observar que con los años EE.UU. se ha convertido cada vez en más conservador de su política”, añadió reforzando su tesis.

Dentro de este contexto, comparó la política económica de China con la empleada por Estados Unidos en la época de posguerra: “Lo que está haciendo China es lo que hizo EE.UU. después de 1945: inyectar recursos para la construcción de viviendas residenciales, construcciones urbanas. Al mismo tiempo inyectaron capital especulativo respecto a esas propiedades”.

Al enforcar el fenómeno en América Latina, Harvey afirmó que “es interesante observar a países como Brasil y Argentina y preguntarse cuál ha sido la relación entre la salida de l a crisis 2001 y la construcción de viviendas. ¿Qué tipo de urbanización ocurre aquí? Hay distinciones. Lula construyó casi dos millones de viviendas para los sectores de menos recursos. El estilo de urbanización también es importante”. Dijo que las dinámicas que vinculan la urbanización con la acumulación de capital son muy fuertes: “Si lo que yo digo es cierto esto implica que el capital tiene la capacidad de construir las ciudades que quiera sin importarle lo que necesita la gente. Como individuos nos vemos obligados a vivir en el tipo de ciudad que el capital quiera y el tipo de ciudad que es coherente con mantener la acumulación de capital”.

“Tenemos que vivir en el tipo de ciudad que el capitalismo quiere vivir y no necesariamente la que queremos. Por definición, la ciudad es un botín de la lucha de clases”, aseveró.

“En general la noción de clase en la traducción marxiana ha estado muy relacionada con el lugar de trabajo pero ¿en qué medida las luchas urbanas han articulado una retórica anticapitalista?”, se preguntó.

Profundizó sus análisis señalando: “¿Dónde se explotan los trabajadores? En el lugar de trabajo. Pero qué pasa cuando llevan su salario a su hogar: son explotados por quienes le cobran la renta. Son formas secundarias de explotación. La explotación se produce en el momento de la realización de la plusvalía, no en el momento de la producción. ¿Cuántas personas, en EE.UU., se han visto desalojadas de sus casas? Esta es una forma de explotación contra la que hay que luchar. Es la economía de acumulación contra la desposesión”.

“Si la ciudad es el sitio donde tiene que tener lugar la lucha de clases, ¿por qué no pensamos en organizar ciudades enteras? ¿Qué pasa cuando eso ocurre?”, se interrogó y a renglón seguido puso como ejemplo el “Cordobazo”, en Argentina en 1969, y las ciudades de El Alto y Cochabamba, en Bolivia, entre el 2003 y el 2005.

ALIENACIÓN DE LOS PROCESOS POLÍTICOS

Finalmente, Harvey habló de “la alienación universal de los procesos políticos”, como está ocurriendo en algunos países europeos en los que, dada la magnitud de la crisis económica, están surgiendo alternativas fascistas y puso como ejemplo el caso de Grecia.

Por ello exhortó a pensar en las contradicciones sociales, económicas y políticas del mundo, habida cuenta que las mismas posibilitan comprender la realidad contemporánea.

Fernando Arellano Ortiz. Prensa marea Socialista
26 d'agost de 2014, per  Atilio Boron

La contradicción entre el valor de uso y el valor de cambio ha llevado a la actual crisis del capitalismo, afirmó el geógrafo y científico social británico David Harvey durante una de sus intervenciones en el marco del VI Encuentro Internacional de Economía Política y Derechos Humanos, organizado por la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo, que tuvo lugar entre el 4 y 6 de octubre en Buenos Aires. Por ello planteó la necesidad de que “el valor de uso debe volver a tener vigencia”.

Harvey se refirió a la situación en torno a la crisis del mercado inmobiliario y señaló que una de las respuestas que debe dar la izquierda en tal sentido “es que la vivienda vuelva a tener su valor de uso. O sea, atacar todo tipo de especulación. Que el valor de uso se imponga al valor de cambio.” Y amplió el concepto: también debe extenderse, recalcó, a la salud y a la educación.

Explicó que el valor de cambio de la vivienda se ha vuelto más relevante por cuanto ésta se convirtió en un elemento de especulación, hasta tal punto que hoy sea muy difícil para millones de familias en varios países adquirir casa. Como consecuencia del auge especulativo, explicó, más de seis millones de estadounidenses han perdido su vivienda. “El valor de cambio se volvió algo grave y por eso es preciso que el valor de uso vuelva a tener vigencia”, insistió este geógrafo, sociólogo urbano, historiador social marxista y profesor de reputación académica internacional.

“La segunda contradicción a la que me quiero referir es que el valor en el capitalismo se trata de la mano de obra. Es inmaterial pero objetivo. La representación objetiva es el dinero” señaló. “Vemos formas ficticias del capital que se crean constantemente y no tienen nada que ver con la creación del valor, están vinculadas a la apropiación del valor”.

En este sentido, Harvey coincide con lo expuesto por el intelectual y humanista belga François Houtart en su propuesta sobre la necesidad de una declaración Universal del Bien Común, en la que sostiene que “La transformación del paradigma de la economía consiste en privilegiar el valor de uso en vez del valor de cambio, como lo hace el capitalismo. Se habla de valor de uso cuando un bien o un servicio adquieren una utilidad para la vida de uno. Estos adquieren un valor de cambio cuando son objeto de una transacción. La característica de una economía mercantil es privilegiar el valor de cambio. Para el capitalismo, la forma más desarrollada de la producción mercantil, este último es el único “valor”. Un bien o un servicio que no se convierte en mercancía, no tiene valor, porque no contribuye a la acumulación del capital, fin y motor de la economía (M. Godelier, 1982). Para esta perspectiva, el valor de uso es secundario y, como lo escribe István Mészarós, “él puede adquirir el derecho a la existencia si se amolda a los imperativos del valor de cambio”. Se pueden producir bienes sin ninguna utilidad a condición de que sean pagados (la explosión de los gastos militares, por ejemplo, o los elefantes blancos de la cooperación internacional) o se crean necesidades artificiales por la publicidad (Wim Dierckxsens, 2011) o también se amplían los servicios financieros en burbujas especulativas. Al contrario, poner el acento sobre el valor de uso hace del mercado un servidor de las necesidades humanas”.

En el análisis de este geógrafo inglés y profesor de la Universidad de Nueva York, en la sociedad capitalista la ciudad se revela en la contradicción entre el valor de cambio -el espacio producido como condición de la realización del lucro, produciendo la ciudad bajo la égida de las necesidades del capital -y el valor de uso- la ciudad creada para la realización de la vida en lugares específicos, muchos de ellos degradados. Esa contradicción, agrega, también revela la condición con que la ciudad se produce una producción socializada pero una apropiación privada.

La ciudad segregada revela la sociedad fundamentada en el intercambio, donde el propio espacio es producido como mercadería, imponiendo al uso la mediación del mercado inmobiliario. De este modo, señala Harvey, la producción del espacio urbano se conecta cada vez más a la forma mercadería que sirve a las necesidades de la acumulación promoviendo cambios, exigiendo readaptaciones de usos y funciones de los lugares en la ciudad, reproduciéndose bajo la ley de lo reproducible. Esto es así porque hoy, cada vez más, el espacio producido como mercadería entra en el circuito del intercambio atrayendo capitales que migran de otros sectores de la economía de modo de viabilizar la reproducción en un momento de superacumulación del capital que coacciona y solapa la producción de la ciudad como espacio-tiempos de realización de la vida humana.

LA ECONOMÍA MUNDIAL ES UNA PLUTOCRACIA

En su disertación Harvey también se refirió a la forma como se representa el valor social del trabajo y dijo que la misma es destructiva, por lo cual precisó que se requiere “revolucionar el modo en que adjudicamos valor al trabajo”.

Analizó igualmente la diferencia de ingresos entre la pobreza y la riqueza, y expresó que “no hay ninguna razón por la cual la brecha entre riqueza y pobreza haya llegado a los niveles que llegó. Sería posible manejar esa brecha entre capitalistas y trabajadores. No tiene que ser necesariamente al nivel que llega ahora. Vivimos en una plutocracia. La economía mundial es una plutocracia. Unas 500 familias concentran toda la riqueza. La brecha entre los ricos y los pobres se ha ampliado de manera muy rápida”.

Entre las contradicciones del capitalismo que detalló, habló de “la relación entre la tecnología y las personas. Tenemos una tecnología que está generando personas descartables. El trabajo de muchas personas se ha vuelto descartable. Hay contradicciones que podríamos llamar fatales, otras que son imposibles de resolver o manejar sin destruir el mundo -que siempre han estado latentes- en la historia del capitalismo pero nunca han sido dominantes. ¿Se han vuelto ahora dominantes? ¿Es el momento para pensar alternativas al modo capitalista de producción?”, se interrogó.

Y luego enumeró: “Una es la venganza de la naturaleza, la degradación del medio ambiente global. La segunda es la contradicción del crecimiento perpetuo. Ahora China y el ex bloque soviético han quedado absorbidos por la dinámica capitalista, en la que el crecimiento del 3% para siempre no puede continuar. Que la crisis vaya de un lado del mundo a otro es un signo de esta contradicción”.

“El problema central que debe resolverse -dijo Harvey- está bastante claro: el crecimiento exponencial sin fin no es posible y los problemas que han afligido al mundo durante los últimos treinta años indican que se está llegando a un límite en la acumulación continua del capital que no se puede superar creando ficciones provisionales”.

Aludió igualmente a otra contradicción: “la alienación universal de los seres humanos de ser partícipes activos en la creación del mundo en que viven. Si interpretamos esto como una de las contradicciones profundas que Marx dice que son centrales al capitalismo, ha llegado el momento en que todo se va a quebrar, pero tenemos que intentar que se quiebre de una forma y no de otra”, expresó.

LAS CIUDADES SON UN BOTÍN DE LA LUCHA DE CLASES

Dada su especialización en urbanismo y geografía, el teórico social inglés abocó el tema de la relación entre la acumulación del capital y la lucha de clases, centrada en el ámbito de la urbanización.

Sobre el particular trazó un paralelismo entre la crisis del 30 y la situación actual, haciendo notar las ondas especulativas en el ámbito inmobiliario previas a ambos momentos históricos que, según su visión, anticiparon y precipitaron las crisis.

“Los mercados de propiedades y la urbanización tuvieron un papel en la formación de la crisis. Los mercados urbanos y la urbanización también sacaron a las diversas crisis capitalistas de la depresión. Sólo se podía salir con medidas expansivas, una de ellas: la construcción de viviendas”.

La teoría que Harvey desarrolló estuvo centrada en la construcción de zonas residenciales como mecanismo para la acumulación de capital y, a la vez, contención social. “¿Qué revoluciones surgieron de las zonas residenciales estadounidenses?”, se preguntó en ese sentido.

Además, señaló que “recientemente hubo un estudio de la Reserva Federal de San Francisco (California) que sacó como conclusión que Estados Unidos siempre ha encontrado una manera para salir de la depresión: construir casas y llenarlas con cosas. Es una observación interesante porque si miramos la dinámica de la construcción de casas antes de la Segunda Guerra Mundial no se construían más de 500.000 mil viviendas y luego no menos de un millón, más autopistas, autos y energía. Un modo de vida apuntado al consumismo”.

“El punto es que cuando comenzamos a observar esta dinámica vemos que tiene un sentido económico, político, cultural y no es sorprendente observar que con los años EE.UU. se ha convertido cada vez en más conservador de su política”, añadió reforzando su tesis.

Dentro de este contexto, comparó la política económica de China con la empleada por Estados Unidos en la época de posguerra: “Lo que está haciendo China es lo que hizo EE.UU. después de 1945: inyectar recursos para la construcción de viviendas residenciales, construcciones urbanas. Al mismo tiempo inyectaron capital especulativo respecto a esas propiedades”.

Al enforcar el fenómeno en América Latina, Harvey afirmó que “es interesante observar a países como Brasil y Argentina y preguntarse cuál ha sido la relación entre la salida de l a crisis 2001 y la construcción de viviendas. ¿Qué tipo de urbanización ocurre aquí? Hay distinciones. Lula construyó casi dos millones de viviendas para los sectores de menos recursos. El estilo de urbanización también es importante”. Dijo que las dinámicas que vinculan la urbanización con la acumulación de capital son muy fuertes: “Si lo que yo digo es cierto esto implica que el capital tiene la capacidad de construir las ciudades que quiera sin importarle lo que necesita la gente. Como individuos nos vemos obligados a vivir en el tipo de ciudad que el capital quiera y el tipo de ciudad que es coherente con mantener la acumulación de capital”.

“Tenemos que vivir en el tipo de ciudad que el capitalismo quiere vivir y no necesariamente la que queremos. Por definición, la ciudad es un botín de la lucha de clases”, aseveró.

“En general la noción de clase en la traducción marxiana ha estado muy relacionada con el lugar de trabajo pero ¿en qué medida las luchas urbanas han articulado una retórica anticapitalista?”, se preguntó.

Profundizó sus análisis señalando: “¿Dónde se explotan los trabajadores? En el lugar de trabajo. Pero qué pasa cuando llevan su salario a su hogar: son explotados por quienes le cobran la renta. Son formas secundarias de explotación. La explotación se produce en el momento de la realización de la plusvalía, no en el momento de la producción. ¿Cuántas personas, en EE.UU., se han visto desalojadas de sus casas? Esta es una forma de explotación contra la que hay que luchar. Es la economía de acumulación contra la desposesión”.

“Si la ciudad es el sitio donde tiene que tener lugar la lucha de clases, ¿por qué no pensamos en organizar ciudades enteras? ¿Qué pasa cuando eso ocurre?”, se interrogó y a renglón seguido puso como ejemplo el “Cordobazo”, en Argentina en 1969, y las ciudades de El Alto y Cochabamba, en Bolivia, entre el 2003 y el 2005.

ALIENACIÓN DE LOS PROCESOS POLÍTICOS

Finalmente, Harvey habló de “la alienación universal de los procesos políticos”, como está ocurriendo en algunos países europeos en los que, dada la magnitud de la crisis económica, están surgiendo alternativas fascistas y puso como ejemplo el caso de Grecia.

Por ello exhortó a pensar en las contradicciones sociales, económicas y políticas del mundo, habida cuenta que las mismas posibilitan comprender la realidad contemporánea.

 
9 d'agost
Conferencia Ecosocialismo o capitalismo verde, por @JorgeRiechmann(*) (17-1-2017 Córdoba) https://youtu.be/S-jwMXcGTi8
Aquí podemos obtener materiales de trabajo que nos ofrece el autor de la conferencia: [http://tratarde.org/ (...)

concepció&disseny: miquel garcia "esranxer@yahoo.es"