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dissabte 14 de març de 2015
CRÍTIC //
CUP-Guanyem: crónica de una escisión
Roger Palà

En la política catalana se está produciendo una escisión histórica, profunda y muy relevante. No la está sufriendo ningún partido político, y no tiene que ver, como otras escisiones, con el reparto de cargos, dietas o secretarías generales: es una escisión ideológica, que ocurre en el seno de lo que en su día llamamos movimientos sociales o movimientos alternativos. La escisión es transversal en todo el país, pero tiene lugar de manera más explícita allí donde estos movimientos han tenido siempre más arraigo: Barcelona. Para decirlo rápidamente y que se entienda: es la escisión entre los partidarios de la vía Guanyem y la vía CUP, aunque los que defienden una u otra vía no deben estar encuadrados necesariamente en estas organizaciones. Algunos medios lo han presentado como una batalla entre independentistas y no independentistas. Pero lo cierto es que la cosa va mucho más allá, y la cuestión soberanista, si bien tiene un peso relevante, no es ni mucho menos el motivo central del conflicto.

La vía CUP conecta con la forma en que tradicionalmente han entendido la política los movimientos sociales desde la derrota de la izquierda radical al final de la Transición: priorizar el trabajo de base, acumular fuerzas y picar piedra en los barrios para transformar de abajo a arriba. La vía CUP nos dice que debemos estar alerta y no dejarnos deslumbrar por los focos de los platós, aunque hoy en día el discurso de la izquierda radical esté más presente que nunca en los medios. La vía CUP nos dice que primero hay que lograr la hegemonía social y después abordar las instituciones, porque dar este paso sin el apoyo de un movimiento fuerte que lo acompañe hará abortar cualquier transformación real, por la propia dinámica perversa del poder. La candidatura de la CUP al Parlament en 2012 fue un paso en este sentido: David Fernàndez, Quim Arrufat e Isabel Vallet son el caballo de Troya del movimiento en la Cámara catalana, pero es el movimiento el que controla las riendas. Lo decían los zapatistas: “Vamos lentos porque vamos lejos”.

Este análisis, hasta hace poco bastante unánime dentro de los movimientos sociales, de un tiempo a esta parte está siendo cuestionado por muchas de las personas que en algún momento se habían sentido identificadas con él. Son los partidarios de la vía Guanyem. La vía Guanyem nos dice que se ha abierto una ventana de oportunidad para tomar el poder que, ante los estragos causados por una crisis económica devastadora, sería irresponsable no aprovechar. El 15-M, donde se constataron las limitaciones de las prácticas movimentistas, supuso un punto de inflexión y un cambio de chip. La vía Guanyem quiere acelerar los tempos, apuesta para modular un discurso que huya de los tics panfletarios de la izquierda y, algo inédito, avala una estrategia en clave de frente popular. La alianza con formaciones como ICV o EUiA se ha convertido en válida en el contexto actual, siempre que el movimiento pueda ostentar la hegemonía del artefacto electoral que resulte. Esto es posible básicamente gracias al liderazgo mediático de activistas surgidos de su seno: en el caso de Barcelona, Ada Colau.

¿La CUP? “¡Sectarios!”. ¿Guanyem? “¡Reformistas!”

En los últimos meses, a raíz de las desavenencias entre la CUP de Barcelona y los impulsores de la candidatura de Guanyem (ahora rebautizada como Barcelona en Comú), el choque entre partidarios de una y otra estrategia se ha vuelto especialmente visible. Como siempre que hay un conflicto abierto, las simplificaciones han estado a la orden del día. Para algunos partidarios de la vía Guanyem, la CUP es una organización irresponsable y sectaria, incapaz de compartir espacio con otros proyectos y con un miedo infantil a hacer “política de verdad”. Los menos afines al soberanismo en el seno de la vía Guanyem añaden, frunciendo el ceño: “Estos de la CUP, mucho atacar a ICV y Podemos y, en cambio, a las primeras de cambio abrazan a Mas”. Para los partidarios de la vía CUP, en cambio, Guanyem son un grupo de pequeñoburgueses y profesores de universidad (o peor aún: politólogos) vendidos al reformismo ecosocialista. Les mueven, básicamente, las ganas de alcanzar la parcela de poder que les correspondería generacionalmente si los diplodocus de la Transición no siguieran copando todos los puestos de poder. Los que priorizan más el debate nacional en el seno de la vía CUP añaden, arqueando la ceja: “Estos de Guanyem pusieron todos los peros a la candidatura de la CUP al Parlament, y ahora a las primeras de cambio se alían con Podemos e Iniciativa… ¡Suerte que la independencia no era importante!”.

La ‘Vía Guanyem’: toda la carne en el asador electoral

En realidad, todo es bastante más complejo que esta caricatura. Tanto la vía CUP como la vía Guanyem presentan aspectos cuestionables. Los de la vía CUP tienen razón cuando reprochan a los de la vía Guanyem que sin un movimiento fuerte en la calle, que tensione y sea hegemónico, será difícil hacer políticas realmente transformadoras. Y, poniendo toda la carne en el asador electoral, corres el riesgo de desactivar la calle. A propósito de todo esto, hay que tener en cuenta que los ayuntamientos no son instituciones con capacidad de implementar cambios radicales de forma drástica. Será difícil, pues, que se perciban grandes avances. Por no decir que la campaña mediática de los primeros 100 días de un ayuntamiento gobernado por Guanyem dejará en anécdota el Dragon Khan del tripartito. ¿Están Ada Colau y compañía preparados para afrontarlo? Además, el teórico proceso de confluencia ha acabado pareciéndose mucho a una alianza de cinco partidos, lo que también ha generado cierto desencanto, especialmente en aquellos que veían con ilusión Guanyem si la CUP se integraba. Hay muchas posibilidades de que todo se vaya al traste a las primeras de cambio si el experimento fracasa. Un pequeño detalle: ¿alguien ha pensado qué pasa si Guanyem no gana?

La ‘vía CUP’: salir de la zona de confort

Al mismo tiempo, los partidarios de la vía Guanyem tienen razón cuando reprochan a los de la vía CUP que el lenguaje y las dinámicas clásicas de la izquierda radical son poco útiles a la hora de ensanchar la base social. El purismo ideológico permite dormir tranquilo por las noches, pero no sirve para avanzar en la construcción de mayorías. En este sentido, los partidarios de la vía CUP arriesgan poco y son felices conservando virgen su pequeño coto. Tiene un punto contradictorio, porque a la CUP, hasta ahora, le ha ido bien cuando se ha atrevido a salir -ni que fuera tímidamente- de la zona de confort. Antes del 2012, presentarse al Parlament era un anatema. El experimento con David Fernàndez, sin embargo, fue todo un éxito. En 2014, en cambio, decidieron no personarse en la convocatoria en el Parlamento Europeo, y esto dejó más margen de maniobra a Podemos para desplegar su propuesta. Es cierto que Podemos sacó votos en lugares donde la CUP no ha sacado nunca, pero también lo es que la CUP debería preguntarse por qué no saca votos donde Podemos sí sacó. Con Guanyem se ha impuesto de nuevo una opción conservadora. No integrarse es legítimo, pero puede generar un fenómeno similar al de las europeas a escala municipal. El mercado de voto contestatario existe, y si no está la CUP, alguien lo pescará. La candidata de la CUP en Barcelona, María José Lecha, es una activista de respetada y de dilatada trayectoria, pero sin tirón mediático. Habrá que ver cómo afecta esta apuesta al resultado en la capital.

Tomar el poder para transformar la realidad o transformar la realidad para tomar el poder.

Ganar para darle la vuelta o darle la vuelta para ganar. A estas alturas, la escisión ya es irreparable. Hay que empezar a verbalizarlo y asumirlo, como primer paso hacia encontrar fórmulas que permitan superar un escenario estancado y que no hace bien a nadie. En Cataluña se están configurando dos espacios políticos a la izquierda de la izquierda, herederos de las luchas de los años noventa y la primera década de los 2000: uno nítidamente rupturista y muy vinculado a las dinámicas de la izquierda radical clásica, y otro más plural, partidario de establecer frentes amplios que incluyan a sectores rupturistas pero también socialdemócratas. Ambos medirán sus fuerzas por separado durante este 2015, el 24-M y quizás también el 27-S. La clave es que estos dos espacios tengan la habilidad de consolidarse sin torpedear, crecer sin canibalizar, y busquen consensos a posteriori, en ayuntamientos y parlamentos. Unos puntos de encuentro que, si se trata de decantar mayorías, probablemente no tendrán que limitarse a estos dos mundos, sino que, vista la fragmentación del panorama catalán, deberán implicar un abanico aún más amplio de propuestas. Incluyendo, por supuesto, a ERC, que, según las encuestas, puede convertirse en el partido mayoritario de la izquierda en Cataluña, por mucha urticaria que ello genere a determinados sectores de la izquierda “de verdad”.

Si esto no ocurre, la alternativa ya la conocemos hace años. Se llama Convergència i Unió.



 
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